La cuestión de las Islas Malvinas incluye una larga serie de anexos que los argentinos solemos pasar por alto.
En primer lugar, descuidamos en general que se trata de un conflicto por la soberanía territorial que incluye también a los archipiélagos de las Georgias y Sandwich del Sur, los espacios marítimos adyacentes y la plataforma continental.
Estos espacios en disputa están contenidos en una unidad mayor: el Atlántico Sur, y más específicamente, su porción sudoccidental. En segundo lugar, este conflicto -que nos enfrenta al Reino Unido desde la usurpación de 1833- también se proyecta a la Antártida.
Muchos se preguntarán: ¿qué importancia revisten estos espacios para la Argentina?
Desde el punto de vista geopolítico se trata de una zona crucial por varios motivos. Lo primero que debemos destacar es su dotación de recursos naturales vivos, que representan grandes oportunidades para la pesca comercial (principalmente en cuanto a especies como el langostino, la merluza común y el calamar), la acuicultura, la recolección e industrialización de diversos tipos de algas marinas para uso farmacéutico, cosmético y alimentario y los recursos genéticos de posible utilización industrial. No menos importante es la presencia de recursos no vivos: petróleo, gas natural, hidratos de gas, arenas y otros materiales de uso en la construcción y diversos minerales estratégicos, así como el potencial para la producción de energías renovables (undimotriz, mareomotriz, geotérmica).
Riqueza inexplotada
Excepto por la pesca, la mayor parte de estas riquezas de nuestro Mar Argentino se encuentran virtualmente inexplotadas, constituyendo una reserva estratégica que de ser aprovechada racional y sustentablemente podría resultar determinante en el futuro para el desarrollo económico de nuestro país y el bienestar de su población.
Vale mencionar en este sentido que, mientras la Argentina ha perdido el autoabastecimiento petrolero en épocas recientes y el crudo extraído de pozos offshore (costas afuera) representa tan sólo un 3% de la producción nacional, a nivel mundial una cuarta parte del petróleo se obtiene de la explotación de este tipo de yacimientos.
Aquí cobran importancia las noticias recientes sobre la ampliación del límite exterior de nuestra plataforma continental. Tras un trabajo interdisciplinario e interministerial científico, técnico y jurídico que se extendió por veinte años, el 11 de marzo pasado la Comisión de Límites de la Plataforma Continental (organismo que funciona en la sede de Naciones Unidas en Nueva York y está compuesto por veintiún expertos de diferentes países) adoptó por consenso las Recomendaciones sobre la Presentación argentina del límite exterior de su plataforma continental, realizada en 2009.
El espacio involucrado es muy importante: abarca una superficie de 1.782.500 km2, y se ubica entre las 200 millas marinas que representan el límite de la Zona Económica Exclusiva y el límite exterior de la plataforma.
Las cuestiones relativas a la plataforma continental de los países se encuentran reguladas por la Convención de Naciones Unidas sobre Derecho del Mar, aprobada en 1982 y en vigor desde 1994.
Según establece este instrumento jurídico internacional, el Estado ribereño ejerce derechos soberanos exclusivos a los efectos de la exploración y explotación de los recursos naturales del lecho y del subsuelo submarinos en su plataforma, incluyendo minerales, hidrocarburos y organismos vivos pertenecientes a especies sedentarias (como langostas, mejillones y vieiras).
A todo lo planteado hay que añadir la especial importancia estratégica de las Malvinas, en tanto constituyen un enclave desde el cual se puede controlar el tráfico marítimo y aéreo entre América del Sur, el Sur de África y el Océano Índico. Poseen además una ubicación privilegiada para el rastreo de satélites y una plataforma ideal para investigaciones espaciales, ionosféricas, meteorológicas y oceanográficas. Por último, el punto de vista militar representan una importante base operativa en el hipotético caso de un conflicto en el Atlántico Sur.
¿Queremos ser un país marítimo?
La pregunta que necesitamos plantearnos ante este panorama es la siguiente: ¿tenemos voluntad de proteger y explotar estos recursos?
En caso de ser afirmativa la respuesta: ¿estamos en condiciones de hacerlo?
Pareciera que se impuso con el tiempo ente los argentinos aquel desatino de Domingo F. Sarmiento publicado en el periódico El Nacional, en 1879: "No debemos, no hemos de ser nación marítima. Las costas del sur no valdrán nunca la pena de crear para ellas una Marina".
Nos urge revertir esta situación lo antes posible, a través del diseño e implementación de una política de Estado para la Argentina en el Atlántico Sur. Debemos revalorizar las riquezas y la importancia estratégica de nuestro mar en el contexto internacional del siglo XXI, marcado por el aumento de la población y la escasez de recursos.

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Sección Editorial

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