La inclusión social quedó a medias

Guido Zack

La inclusión social quedó a medias

La situación social recibida por Néstor Kirchner cuando asumió la presidencia en 2003 era alarmante, con una pobreza que alcanzaba a casi la mitad de la población y una indigencia de más del 20%.
Desde entonces la situación social de la Argentina mejoró sustancialmente, aunque cabe decir que Cristina dejó el gobierno con indicadores sociales que no presentan una gran diferencia con relación a la primera mitad de 1998, es decir antes de la recesión que culminó en el colapso de 2001 y 2002.
Estimaciones propias muestran que al segundo trimestre de 2015 la pobreza alcanzaba el 20% de la población, mientras que la indigencia el 4% [1].
La dimensión de la pobreza
Asimismo, la mejora entre 2003 y 2015 no fue homogénea, sino que pueden identificarse al menos 3 subperíodos. Entre 2003 y 2006 la recuperación fue muy fuerte, disminuyendo pobreza e indigencia a la mitad. A partir de 2007, si bien las mejoras continuaron, el ritmo se desaceleró, lo que habría sido consecuencia del efecto conjunto del aumento en la inflación y de la mayor precariedad estructural de la población pobre. A partir de 2013 la situación se estanca e incluso se deteriora en 2014, como resultado de la caída del ingreso real y la peor distribución consecuencia de la devaluación de enero.
Pero la tasa de pobreza e indigencia no son los únicos indicadores a tener en cuenta. De hecho, solo muestran la proporción de personas cuyos ingresos no son suficientes para adquirir una canasta básica, pero no dicen cuán lejos están de poder hacerlo. En otras palabras, indican cuánta gente es pobre, pero no dicen cuán pobres son. Para dar cuenta de ello se puede hacer uso de la brecha de pobreza y de la brecha de pobreza al cuadrado. La primera es la suma de la diferencia entre el ingreso y la canasta básica de las personas pobres. La segunda es también la suma de la diferencia, pero en este caso elevada al cuadrado, por lo que tiene en cuenta la distribución del ingreso al interior de la población pobre. En definitiva, la brecha y brecha al cuadrado de pobreza e indigencia siguen una evolución similar a las tasas, al caer fuertemente hasta 2006, para luego seguir disminuyendo a un ritmo menor hasta 2012, cuando revierten tendencia.
La brecha
Por otro lado, la brecha es también muy útil para ver la magnitud del problema de la pobreza y la indigencia desde otro ángulo. Cuando se afirma que el 20% de la población no tiene ingresos para adquirir una canasta básica, la sensación es que el estado actual de la economía no es capaz de permitir a todos un ingreso suficiente.
Sin embargo, al analizar el problema a través de la brecha se puede calcular qué porcentaje del ingreso total actual sería necesario para eliminar la pobreza, dando una idea diferente con relación a su magnitud.
En efecto, hacia 2003 era necesaria una transferencia equivalente a alrededor del 14% del ingreso total para eliminar la pobreza y del 2,4% para la indigencia. Al segundo trimestre de 2015, esos porcentajes habían bajado a 2,5% y 0,3%, respectivamente. Si en lugar de evaluar la brecha con el ingreso total se hace con el ingreso de los estratos más pudientes de la población, se obtiene que actualmente es necesaria una transferencia del 5,5% del ingreso del 20% más rico de la población para eliminar la pobreza y del 0,6% para hacer lo propio con la indigencia. Estos valores ascienden a 8,5% y 1%, respectivamente, si la transferencia proviene del 10% más rico de la población.
Ahora bien, ¿esta mejora en los indicadores se dio por efecto del crecimiento económico o por una mejor distribución del ingreso? La respuesta, naturalmente, es por ambos. Pero, ¿en qué proporción? Si bien se esperaría que en un período de crecimiento tan elevado, este fuera el efecto más significativo, solo para la tasa de pobreza es el de mayor relevancia (55%). A medida que se pasa a indicadores de brecha y brecha al cuadrado va perdiendo importancia (42% y 36%, respectivamente). Asimismo, para todos los indicadores de indigencia, el crecimiento explica una menor proporción de la caída en comparación con los indicadores de pobreza, al punto de que en todos ellos la distribución del ingreso es el factor más relevante. Así, el crecimiento explica el 33,2% de la caída en la tasa de indigencia, el 28,6% de la brecha y el 24,7% de la brecha al cuadrado, mientras que la distribución explica el restante 66,8%, 71,4% y 75,3%, respectivamente.
Mejoras, pero no recuperación
En resumen, durante los gobiernos kirchneristas Argentina ha logrado mejorar sus condiciones sociales en forma significativa, aunque no logró perforar el piso observado durante la década de 1990 y menos aún alcanzar los niveles de pobreza e indigencia de mediados de la década de 1970. Dicho esto, resulta de interés estudiar la sostenibilidad de esta recuperación, más aún en el contexto actual de estancamiento económico y elevada probabilidad de recesión. Para ello, a continuación se analiza el efecto asimétrico del ciclo económico sobre los indicadores sociales, a partir de las elasticidades ingreso de la pobreza y la indigencia. Esto significa identificar si la reducción de la pobreza y la indigencia ante un 1% de crecimiento económico es similar al aumento en caso de una caía del ingreso en la misma magnitud [2].
Los resultados muestran que, tanto para la pobreza y la indigencia, así como para la brecha y brecha al cuadrado, hay evidencia de un efecto asimétrico del ciclo. En resumidas cuentas, mientras que en períodos de crecimiento la elasticidad ingreso de la pobreza y la indigencia se ubica en ambos casos en torno al 1, en períodos de caída se sitúa alrededor de 1,5 y 2, respectivamente. Esto significa que las mejoras sociales generadas por un crecimiento económico del 10% pueden ser revertidas con una disminución del ingreso menor al 7% para la pobreza y del 5% para la indigencia. O, lo que es lo mismo, para revertir el deterioro social provocado por una caída del 10%, se necesita un incremento en el ingreso de alrededor del 15% para la pobreza y del 20% para la indigencia.
Por su parte, la mayor importancia de la distribución del ingreso para alcanzar mejoras sociales también se ve reflejada en el tamaño de la elasticidad. En efecto, la elasticidad distribución [3] de la pobreza y de la indigencia se sitúa entre 1,5 y 6, dependiendo de qué indicador se trate, y no muestra evidencia de la existencia de un efecto asimétrico. Así, siguiendo el mismo patrón identificado en los datos descriptivos, esta elasticidad es mayor para la indigencia que para la pobreza y también aumenta a medida que se pasa de las tasas a las brechas y a las brechas al cuadrado. En resumen, una mejora de 1% en el índice de Gini reduce la pobreza en 1,6%, la brecha en 2,5% y la brecha al cuadrado en 3,3%, mientras que para la indigencia estos valores son 3,3%, 5% y 6%, respectivamente. Como la elasticidad no varía según se trate de períodos de crecimiento o caída del ingreso, estos valores se mantienen, aunque cambiados de signo ante un deterioro del índice de Gini de 1%.
Avances frágiles
Todo esto nos lleva a pensar que parte de las mejoras sociales alcanzadas en los últimos 12 años corren serios riesgos de ser revertidas. El camino elegido por el nuevo gobierno de devaluar la moneda va a generar una caída en el ingreso y un salto en la inflación, lo que suele venir acompañado de un deterioro en la distribución del ingreso. El camino que proponía Daniel Scioli, de mayor gradualismo, hubiera mantenido la situación de estancamiento con inflación y atraso cambiario, lo que tampoco auguraba un buen escenario para la población menos favorecida. De esta manera, surge la pregunta acerca de si era necesario que el gobierno anterior mantuviera, e incluso profundizara en 2010 y 2011, las políticas expansivas para hacer frente a la crisis internacional de 2008-2009. Si bien estas políticas habrían mejorado las condiciones sociales de corto plazo, también contribuyeron a generar la situación de escasez de divisas y el atraso cambiario de los últimos años. Así, limitaron las posibilidades de crecimiento en los años siguientes y ayudaron a generar el escenario actual de estancamiento y elevada probabilidad de recesión.
En definitiva, el efecto asimétrico del ciclo económico sobre la pobreza y la indigencia hace pensar que la mejor política macroeconómica para mejorar las condiciones sociales no es aquella que potencia el crecimiento económico de corto plazo, sino la que aboga por una tasa de expansión estable y, especialmente, que evita las recesiones. Lamentablemente, la fase ascendente del ciclo no se aprovechó para generar una política más sostenible y es probable que en los próximos meses se revierta parte del progreso social alcanzado en los últimos años. Sin embargo, no debe olvidarse que hay instrumentos públicos para paliar esta situación. Más aun considerando que la distribución del ingreso en la Argentina parece tener un impacto más efectivo sobre la pobreza y la indigencia que las variaciones del producto.

[1] Como es de público conocimiento, a partir de diciembre de 2006 los datos oficiales de inflación fueron subestimados, lo que impactó en forma directa sobre los valores de las canastas básicas de alimentos (CBA; línea de indigencia) y total (CBT; línea de pobreza). De forma de corregir esta distorsión, a partir de dicho mes, las canastas se actualizaron mediante el IPC de 9 provincias.
[2] La metodología utilizada para la estimación de las elasticidades consiste en un modelo de corrección de error. Todos los datos se obtuvieron de la EPH continua, por lo que la periodicidad es trimestral y se abarca el período 3er. trimestre de 2003 - 2do. trimestre de 2015. A partir de la inclusión de una variable dicotómica, se testea la existencia de un quiebre en el valor de las elasticidades según si las observaciones son de crecimiento o caída interanual del ingreso.
[3] La distribución del ingreso es calculada mediante el índice de Gini.

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