El asesinato de su madre y hermanito de 3 años, "hizo aparecer a Mía". Apareció recién ahora e irónicamente no es "nuestra" haciendo honor a su nombre.
Una pequeña, que como miles, vive y transcurre su vida (si no es asesinada antes) en contextos ultrajantes y violentos que ponen en severo riesgo su integridad y su vida y sin que la sociedad y el Estado, a través de sus instituciones, la sienta "suya" como para comprometerse y accionar para evitarlo.
Los niños invisibles, dolientes, ignorados, anónimos a fuerza de un sistema que no los visualiza y por ello mucho menos los protege.
En nuestra realidad fueron los hermanitos Leguina, Camila Avendaño, la bebé que fue masacrada por sus padres aun cuando todas las instancias instituidas por ley para protegerla habían actuado.
Las instancias
Intervinieron todas las instancias institucionales, pero ello no garantizó que hubieran actuado eficazmente para evitar el dramático y sin retorno, final.
Si así hubiera sido, hoy estos niños estarían entre nosotros, creciendo felizmente.
Hace poco aconteció lo de Thiago, otro niño invisible. Fue noticia cuando apareció muerto en manos de una familia "cuidadora". Allí tuvo rostro, pero ¿por cuánto tiempo?
Los niños para ser efectivamente protegidos deben ser conocidos, acompañados con efectivas acciones que neutralicen los contextos violentos y atentatorios contra su integridad.
No se puede proteger a los niños por intervalos. Hay que estar presentes, con continuidad y con efectivas medidas.
La infancia está en riesgo, más allá que se creen leyes, porque no estamos presentes.
Ausencia
Cuando nos ausentamos, a través de nuestra escasa capacidad cuidadora, con nuestro desconocimiento e indiferencia, un niño muere o crece bajo condiciones violentas que distorsionan y enferman todo su existencia.
Mientras no vemos o cumplimos ineficazmente las funciones que el Estado debería contemplar, miles de niños son violados, secuestrados, asesinados.
Los niños no solo existen cuando son noticia periodística y de la crónica roja.
Los niños nunca deberían ser protagonistas de estas páginas ni de estos crueles sucesos. Hasta estos tristes finales, parece que nadie los ha visto, como para salvarlos.
¿Nos debería alegrar que esta pequeña apareció "sana y salva", como dicen superficialmente los medios?
¿Estuvo sana y salva en un contexto que termino con el homicidio de su madre y hermanito?
¿Debemos acallar con esto nuestra conciencia y falta de compromiso y efectividad? ¿Quién garantiza que estará "sana y salva" a partir de ahora? ¿Si no lo estuvo antes?
¿Alguien piensa en el niño de 3 años muerto, asesinado?.
Cuando en la sociedad aparecen estos casos, producto de padres y familias victimarias, se pone en evidencia la ausencia de medidas efectivas del Estado.
¿Quién protegerá a estos niños?
Mi amplia experiencia y trayectoria de vida me demuestran que, detrás de todo niño/ a en peligro, hay un adulto que no cumple adecuadamente su función. Sea este familiar, estatal o social.
La violencia no es solo por acción sino por omisión, esto es, por no hacer lo que debería hacerse.
La situación requiere impostergablemente un sinceramiento estatal y social, un acto humanitario y ético de autorreflexión con auténtico deseo de revisar y funcionalizar el sistema.
­La protección de la infancia no es un acto partidario, es político! ¿Nos comprometemos o no a salvaguardar a nuestros niños/ as?
Probablemente de este modo la sociedad civil recibirá un claro mensaje testimonial y resurgirá el "instinto" orgánico de preservar a nuestra infancia, nuestra descendencia.
Nuevamente debemos hacer "aparecer" a esta niñez en riesgo, arbitrando eficaz y sosteniblemente medidas y acciones porque , caso contrario, los derechos humanos de los niños/ as seguirán siendo una mera declamación.

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Sección Editorial

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