Las últimas historias periodísticas pusieron de manifiesto la crueldad con que vive la actual sociedad. El goce del poder económico y religioso que coloniza al poder político de muchos países, empezó a sacrificar a la infancia, sin ninguna repulsión ante tremenda aberración.
Hay tres fotografías dignas de no olvidar: la del pequeño Aylan que lo mostró ante el mundo ahogado en una playa de Turquía al emigrar de Siria con su familia; los balazos a Marcos, el bebé mexicano de siete meses asesinado por narcos junto a sus padres que salían de un super y, la de Isa, "combatiente" yihadista de cuatro años que en Siria voló a tres supuestos espías haciendo detonar la bomba.
Estos chicos pertenecen a una infancia que vive el estado de excepción porque sus derechos de niños están suspendidos. Aylan no tenía hogar, Marcos, chivo expiatorio en la venganza contra sus padres e, Isa, que ya no juega porque está ocupado en la guerra santa.
El descubrimiento valioso que hizo el psicoanálisis de la agresividad humana es su forma ambivalente: el amor se puede transformar en odio y viceversa. Muchos actos violentos se disfrazan de amor: se ejerce la violencia en nombre del amor a la patria, a los padres, a los hijos, etcétera.
Socialmente hay relación entre el yo de cada uno y su prójimo y, a veces, existe desde la pulsión de muerte. Ese empuje puede hasta eliminar al otro. La guerra del poder que esté por encima de los sujetos crea el dilema mato o muero. El otro puede completar al semejante, caso contrario, estará la lucha a muerte y la falta del reconocimiento al prójimo.
El avatar xenófobo de Aylan, el crimen narco que sufrió Marcos y el adoctrinamiento a Isa para que sea un vengador teocrático, son ejemplos distintos de como el yo del adulto de esta época no tiene prohibición, ni ley y no regula la pulsión de muerte para crear una sociedad mejor.

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Sección Editorial

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