La inflación y la mano invisible

Eduardo Antonelli

La inflación y la mano invisible

El dilema de los prisioneros
Dos acusadas son incomunicadas, ofreciéndoseles a cada una confesar su participación a cambio de una condena menor, si la otra se mantiene en silencio, o la máxima condena para las dos si ambas confiesan; finalmente serán liberadas si ninguna lo hace. Claramente, lo mejor es no confesar porque en ese caso saldrán en libertad. Sin embargo, ninguna está segura de que su silencio sea correspondido, por lo que terminarán confesando, a la espera de que la otra no lo haga, siendo por tanto condenadas. Esta situación, denominada "dilema del prisionero" y el descubrimiento de que la misma viola la idea de la "mano invisible" de Adam Smith, quien sostenía que era la competencia, y no la benevolencia del panadero o carnicero la que lograba buenos precios y calidad en los productos, le valió a John Nash el Premio Nobel en Economía, a quien conocimos a través de la película "Una mente brillante" de algunos años atrás.

La mano invisible
Sin duda, escenarios en los que solamente dos protagonistas deciden en la economía, son infrecuentes, por lo que la analogía de la "mano invisible" es una razonable aproximación al mundo real. Sin embargo, en una economía sin intercambios con el exterior, las empresas en su conjunto tienen el "monopolio" de la oferta de bienes y servicios al no haber importaciones competitivas, en tanto los sindicatos tienen el suyo en cuanto a la fijación de los salarios. Como consecuencia, la "mano invisible" no se aplica como en los demás casos.

Prisioneros e inflación
De acuerdo con lo anterior, cuando se propone un pacto entre las empresas y los sindicatos para estabilizar precios y salarios, se está frente a una situación similar a la del "dilema del prisionero"; esto es, lo que les conviene a ambos, empresarios y trabajadores, lo mismo que a la sociedad, es "no confesar", o sea no aumentar precios ni salarios. Sin embargo, ambos advierten que si uno de ellos se aparta del pacto pero el otro no, se puede sacar ventaja de la situación, lo que lleva en poco tiempo a que todos incumplan los acuerdos y éstos fracasen, como lo evidencia -­cuándo no!- la Argentina con sus muchos y sistemáticamente violados pactos de este tipo.

Solución para la inflación
¿Cómo se resuelve entonces el dilema de la inflación? No con acuerdos, sino eliminando sus causas: los precios suben porque "pueden" subir, o porque "no tienen más remedio" que subir. Lo primero tiene que ver con la demanda conjunta de la economía, que es impulsada principalmente por un gasto público irrefrenable que en los doce años "ganados" subió a un ritmo muy superior al de la producción. Lo segundo, por subas de costos, que son básicamente salarios y tipo de cambio. La reducción de la inflación, por lo tanto, llegará de la mano de un gasto público que no debe aumentar más que la producción e incluso menos, lo que hará que su peso en el PBI se reduzca, a la vez que se debe estimular una mayor producción con más inversiones. Del lado de "no tienen más remedio", de una atenuación en los costos, cuyo primer paso se ha dado ya al estabilizarse el valor del dólar. Con respecto a los salarios, los nuevos valores deberán surgir de una discusión ampliamente descentralizada entre empresarios y trabajadores, de modo que las subas se correspondan, en lo posible, con una mayor productividad del trabajo y así se trasladen mínimamente a los precios.
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