Cada día somos más ingobernables, en parte por nuestra necedad al diálogo sincero y a pactar con todos. Verdaderamente, cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Lo dice el refranero popular que es sabio. Debiéramos, entonces, profundizar en esto.
La irresponsabilidad social que padecemos actualmente hace que se acrecienten las desigualdades como en ningún otro tiempo.
Por desgracia, en lugar de discursos que nos hermanen, hemos activado el discurso del odio, con lo que esto conlleva de injusticia y discriminación. Este clima de venganzas, de violaciones de derechos humanos, no se pueden permitir. Los políticos deberán utilizar su pensamiento creativo, cuando menos para cambiar esta histeria de conflictos. Ya está bien de no trabajar juntos, de ser incapaces de consensuar gobiernos fuertes, que traduzcan sus palabras en un porvenir mejor para todos. Aquellos líderes ineptos para el consenso deberían irse y no presentarse jamás a elección alguna.
Sabemos que no es fácil gobernar un orbe en el que impera la dictadura de la economía sobre todo lo demás, lo que nos exige mucho más diálogo entre todos y menos rigidez del espíritu humano, que ha de ser más comprensivo y humilde con el pueblo del que formamos parte. Es valioso aprender a amarnos. No podemos caer en la resignación. Y en este sentido, los gobiernos de todo el mundo han nacido para gobernar, no para que sus integrantes se sientan cómodos, con un montón de privilegios, y con pocas ganas de avivar la concordia, pues lo que suele primar son los intereses, el egoísmo de cada cual.
El partidismo político, en ocasiones, es tan exagerado que genera todo lo contrario, discordia y enfrentamientos absurdos. A muchos dirigentes, hemos de reconocerlo, les falta ese sentido del deber para el logro de ese objetivo para el que se han presentado voluntariamente: el de regir a un pueblo.
Ante la magnitud de hechos delictivos que a diario nos sobrecogen el alma, la ingobernabilidad de los pueblos cuesta entenderla. Hoy más que nunca hace falta asociarse entre las diversas nacionalidades para defenderse y protegerse. Únicamente con la fuerza común de la humanidad coordinada se puede parar esta atmósfera de terror. Lo decía hace unos días, explícitamente, el Presidente de una de las instituciones europeas, Jean-Claude Juncker, tras los ataques sobre Niza: "Nuestra determinación sólo será igualada por nuestra unidad".
En efecto, si los bolsillos de los gobernantes han de ser transparentes, también la esencia de un buen gobierno viene dada por su capacidad de sumar apoyos en lugar de dividir. Esta es la cuestión, ser una piña de responsabilidad para que los sectarios huyan y tome gobierno una gobernanza democrática efectiva que mejore la calidad existencial de su ciudadanía.
Por ende, reitero una vez más, que la humanidad en su conjunto, sin tantas fronteras ni frentes, han de hallar caminos para superar las diversas contraposiciones entre sus ciudadanos. Además, pienso, que es un deber moral de que los gobiernos favorezcan toda iniciativa orientada a promover la asistencia humanitaria a quienes sufren a causa de este diluvio de conflictos por doquier. Está visto que todos a una, siempre se gana. Ya lo decía en su tiempo Confucio, el inolvidable filósofo chino, "arréglese al estado como se conduce a la familia, con autoridad, competencia y buen ejemplo". Igualmente, lo decimos hoy, gobiérnese a sí mismo y estará en condiciones de fomentar diálogos, tan necesarios cuando las partes están estancadas.

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