Desde parejas infieles hasta periodistas de investigación y políticos, todos pueden ser espiados por medio de su celular, pero existen varias maneras de minimizar el peligro.
Hay una escena colosal en Todos los hombres del Presidente, la película de 1976 sobre el caso Watergate, en la que uno de los periodistas del The Washington Post se reunía en un garaje a media luz con una de sus principales fuentes (apodada Garganta Profunda) para recibir datos clave.
Si eso ocurriera hoy y los dos tuvieran un smartphone, y no se tomaran los recaudos necesarios, los servicios secretos del Gobierno norteamericano hubieran sabido rápidamente que se había producido tal encuentro.
Existen muchas maneras de que nos fisgoneen mediante un smartphone. Se puede saber a través de él dónde estamos, grabar nuestras conversaciones, conocer nuestros contactos, sacarnos fotos sin que nos demos cuenta, leer nuestros mensajes de texto, correos electrónicos o chats de WhatsApp.
Nadie está seguro. Todo dispositivo que maneja dinero, tarde o temprano puede ser hackeado. Y la información también tiene valor.
Hay virus para espiarnos que pueden costar desde menos de 1.500 pesos hasta una cifra cercana a los 250.000 dólares.
De nada sirve que cuando en una reunión de directorio o en un encuentro del periodista con su fuente se saquen las baterías de los celulares. En los instantes en que uno tarda en quitar ese componente del equipo, cierta información ya voló a nuestros fisgones virtuales. Si queremos absoluto anonimato, busquemos un recipiente o recinto de metal cerrados, que podría actuar como una jaula de Faraday.
Para empezar, sepamos algo: los virus de smartphones existen. Por supuesto que no son tantos como los destinados a notebooks y desktops, pero igual ya hay una cantidad que aconsejaría a utilizar un software antimalware en los móviles. ¿Cómo puede llegar a nuestro móvil un virus? De la misma manera que a una PC: por una red Wi-Fi abierta, por ejecutar un archivo o programa infectado o por navegar en un sitio que tenga un malware.
No se deben instalar apps desde sitios de desarrolladores que ni siquiera conocemos. Usemos Google Play y el App Store, que ofrecen un nivel de mayor seguridad. Tampoco usemos celulares de terceros que nos pudieran haber regalado, aunque se haya restablecido el equipo a como salió de fábrica. En la Argentina, según datos de la GSMA (Global System for Mobile Association) y de la Cámara de Agentes de Telecomunicaciones Móviles de Argentina (CATEMA), se roban entre 6.500 y 7.000 celulares por día. Después vamos a una cueva y lo compramos por una fracción de lo que cuesta nuevo. Y no sabemos qué software tiene en realidad instalado. Leamos bien qué autorizamos cuando instalamos una aplicación. Tampoco es aconsejable la práctica conocida como rooteo (modificar el sistema operativo original) ni el jailbreak (una manera de burlar las limitaciones impuestas por los creadores del software de origen). Es casi un mito urbano que si usamos un celular de la marca BlackBerry estaremos absolutamente seguros. Es tan inseguro como puede ser un Android o un iOS, según las medidas que tomemos o el ataque sufrido. Existen programas que permiten cifrar las llamadas de voz. Uno de estos es el Silent Phone, que tiene versiones para smartphones con Android e iPhones, y que además es gratis. Hasta hace poco, WhatsApp era un anatema para los que buscaban reserva, ya que no cifraba las comunicaciones de punto a punto, por lo que se recurría a apps de chateos como Threema (que no es gratis), Wickr, SilentText y TextSecure. Pero por favor, si usan WhatsApp y necesitan absoluta reserva no recurran a su versión web para ver el chat en la PC. Existen programas llamados keyloggers que almacenan las teclas que presionamos en la computadora, por medio de estos igual se puede conocer lo que hemos escrito.


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