"Las personas no son recordadas por el número de veces que fracasan, sino por el número de veces que tienen éxito", dice Thomas Alva Edison.
La Selección de fútbol de la Argentina está integrada por jugadores que son figuras en sus equipos y, como si eso no fuese suficiente, cuenta entre sus filas con el mejor jugador del mundo, Lionel Messi. Esta selección ha sido subcampeona en las dos últimas Copas América y en el Mundial del 2014.
Entonces, ¿por qué en Argentina se consideran un fracaso estos resultados? Quizás la respuesta la encontremos en la sentencia que dice "el segundo es el primero de los últimos", paradigma de nuestra mísera idiosincrasia triunfalista, quizás soberbio espejismo de un velado complejo de inferioridad.
Los argentinos somos adolescentes que no toleran la derrota, tanto es así, que incluso llegamos a sacrificar todo en procura de alcanzar la victoria; sacrificamos nuestros afectos, sacrificamos la moral, incluso sacrificamos nuestra dignidad.
Somos claros representantes de la idea maquiavélica de que "el fin justifica los medios". Y basados en este principio, que hipócritamente negamos, nos vanagloriamos de "la mano de dios" ante los ingleses o de como "le pasamos el cuarto a algún gil" o de "como evitamos hacer una cola". Nos pavoneamos de lo que en realidad es una vergenza, alardeamos de nuestra "viveza criolla".
­Incluso el truco, nuestro juego de cartas tradicional, se basa en la mentira y el engaño!
La falta de tolerancia del fracaso ajeno y la propia incapacidad de sobreponernos al fracaso propio, sumados a condiciones burocráticas laberínticas solo tienen un resultado, la paralización del desarrollo económico, científico y social.
Esta conjunción de elementos se transforman en una fabulosa máquina de impedir que nos convierte en personas abúlicas, en conservadores satisfechos en un mundo que se reinventa incesantemente y que día a día vemos más distante.
En su libro "Innovar o morir", Andrés Oppenheimer hace una descripción brillante de esta situación; si queremos subirnos al mundo debemos correr, el mundo no se va a detener para que lo hagamos.
Para ello, la política debe hacer su parte. Debe simplificar los procesos burocráticos, eliminar las trabas legales, terminar con las corporaciones sindicales y colegiales, acabar con los privilegios del Estado a empresas y personas, bajar los costos laborales e impositivos y facilitar la inserción en el mercado mundial.
Pero nosotros también tenemos el desafío de cambiar. Primero debemos permitirnos el fracaso propio, asumiéndolo como una posibilidad; Thomas Alva Edison desdramatiza el fracaso al asegurar que "una experiencia nunca es un fracaso, pues siempre viene a demostrar algo"; mientras que Johann W. Goethe sentencia que "el único que no se equivoca es el que nunca hace nada". Y Franklin D. Roosevelt agrega: "En la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada".
Por último, también debemos asumir los fracasos ajenos. Una persona, intelectualmente honesta, que ha fracasado y ha asumido su fracaso tendrá mucho más para ofrecer que aquel que nunca salió de su zona de confort.
También debemos aprender de nuestros fracasos como ciudadanos. En los últimos 100 años pasamos de ser el 8§ país del mundo a ser apenas una nación mediocre. No busquemos culpables en el extranjero, en las multinacionales ni en los políticos. Todos y cada uno de nosotros somos responsables de nuestro fracaso por inacción; en nuestra comodidad hemos cedido el manejo de la patria a los corruptos y demagogos; y ahora estamos pa gando las consecuencias.

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