El Gobierno boliviano acusó a un grupo de mineros cooperativistas de haber asesinado "cobarde y brutalmente" al viceministro del Interior de Bolivia, Rodolfo Illanes. "Lo secuestran, torturan y lo matan. Es imperdonable", dijo el presidente Evo Morales.
A Illanes lo lincharon, previas lesiones gravísimas. El funcionario fue a negociar a Panduro el conflicto de los cuentapropistas que reclaman reformas en la legislación minera del país.
Los hechos de Panduro dejaron perplejos a los lectores del mundo por la truculencia de las escenas contadas en la prensa. Las fuentes periodísticas fueron testigos cercanos a los sucesos, lo que reafirmó el patetismo de los sufrimientos relatados.
Si se analiza la noticia desde alguna problemática del ser individual de cada asesino a pesar de que el crimen fue en banda, hay un punto a destacar: la alevosía de cada uno cuando pierden la sana crítica.
El grupo linchador demostró tener sadismo (el nombre deriva del escritor y marqués francés Sade), esa subjetividad que no duda en mortificar al prójimo. Creó personajes con maldad extrema. Son antihéroes que usan las explicaciones descaradas y de aparente lógica para justificar los horrorosos actos perversos que realizan. Al portador del sadismo no le importa hacer sufrir al otro, sino busca provocarle una infinita angustia, deseo con el que goza.
Esa angustia soportó el cuerpo del viceministro boliviano antes de morir, y es por eso que a su padecimiento lo exaltó la prensa mundial.
El cuerpo torturado de Illanes fue un mensaje perecedero a la sociedad boliviana y también a los que otean el horizonte de su época, lleno de artificios institucionales y fachadas políticas sin consistencias personales.
De este mensaje, cada cual explica con sus propias interpretaciones el acto de los mineros homicidas.
El cuerpo del sacrificado funcionario sirvió para que sus verdugos implacables proyecten el odio y la anomia social, condimento necesario de las novelas del marqués de Sade.
El cuerpo habla y emite la Verdad. Los cuerpos dicen más de lo que quieren decir y a sus mensajes hay que escucharlos. En el caso del crimen de Panduro, los linchadores comunicaron que son los que poseen el monopolio de la justicia distributiva.
Los tormentos al político de acción iba a generar reacciones de todo tipo, además por la naturaleza misma del conflicto minero en el que el contexto económico carece de equidad. La tortura usada fue la ley de hierro del grupo que lo mató y que había optado por no tener atributos.
El síntoma individual del sadismo llevado a la política de la lucha social, crea los Panduros, límite perverso que da felicidad a los integrantes de la parte criminal del mundo del trabajo.
El cuerpo de Illanes yació en la ruta como un acontecimiento del miedo y con un mensaje sádico visible: "sabemos que están angustiados".
Al psicoanalista Sigmund Freud le preocupó las pasiones oscuras de la crueldad, las pulsiones de agresión y autoaniquilamiento. Y reflexionó que no es posible siempre el control de esa pulsión por su oquedad constitutiva. "Sobre este punto no existe consejo válido para todos; cada quien tiene que ensayar por sí mismo la manera en que puede alcanzar la buenaventuranza", escribió Freud.
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Sección Editorial

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Ernesto Ordoñez
Ernesto Ordoñez · Hace 3 meses

¿alguna diferencia con la barbarie economica que expulsa a las personas del sistema y los deja abandonados y sin recursos, listos para morir y dejar tambien sin recursos a sus descendientes? Los de Bolivia son bestias a la vista de todos, estos son bestias escondidos entre el poder financiero y el poder politico, visibles solo para los que los sufren y para los que quieren ver.


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