Las imágenes de funcionarios revoleando dinero, expresidentes negando vínculos íntimos, funcionarios paseando por tribunales, arrepentidos, balanzas, fajos y fajos de dinero, nos han estremecido. Los cometeríamos un grave error si pretendemos, como sociedad, cazar corruptos sin ir a las causas profundas de la corrupción. No solo hemos estado gobernados por funcionarios "flojitos de ética" ni tampoco fue solamente nuestra desidia de aceptar todo lo que hacían aquellos que nos hablaban bonito y simulaban el robo sistematizado bajo las banderas más nobles. Todo eso influyó. Funcionarios hipócritas y una sociedad muy fácil. Al cóctel también podemos agregar una Justicia cobarde, controladores temerosos y fuerzas policiales y de seguridad también corrompidas. Inexorablemente, todos los actos de corrupción administrativa que vemos a diario se llevan a cabo en áreas del Estado que perfectamente pueden ser cubiertas por los particulares. No es que no exista corrupción entre privados. Sí la hay. Pero el mecanismo de mercado (precios, ganancias, valor de las acciones, contralor de los accionistas) es, más temprano que tarde, implacable. Sin embargo, cuando los actos de corrupción ocurren en reparticiones públicas, los incentivos llevan a la perpetuidad y a comprar voluntades para asegurar impunidad y ocultamiento.
Si la corrupción nos empobrece, nos amarga. Sepamos que cambiando de funcionarios hay alguna milagrosa posibilidad de no repetir la misma película. Pero si como sociedad queremos erradicar la causa de la corrupción, tenemos que minimizar el papel del Estado. Le confiamos al Estado todo. Los caminos, los puentes, las viviendas, las cunas de los bebés, los remedios de los jubilados, y nos encontramos con funcionarios millonarios, políticos hipermillonarios y los problemas sin resolver.

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