Mientras ven a la gente caminar por el centro como un reguero de hormigas con los sentidos embargados por la furia del consumismo, se preguntan para quién comprarían ese regalo especial. Mientras reciben saludos de prosperidad y felicidad en los comercios, el transporte público y las calles, la piedad de los extraños les resulta insoportable. El Espíritu Navideño no llega a ciertos corazones que, por el duelo, sienten que la vida se les tiñó de gris.
El fin de año para ellos no trae aparejada la formulación de planteos acerca de las metas cumplidas o faltantes, la acumulación del estrés laboral y la incertidumbre por lo que vendrá. Sino que ciertas preguntas, en apariencia muy simples, les atenazan la mente. ¿Cómo vamos a celebrar las fiestas si estamos tristes por la pérdida de un ser querido? ¿Cómo afrontamos esta primera Navidad sin nuestro familiar?
La Navidad y el Año Nuevo, para bien o para mal, son épocas en las que los sentimientos cobran un rol preponderante. Suele suceder que, al reunirnos año tras año con la misma gente, tal vez con la familia a pleno, notemos con mucha tristeza la ausencia de alguna persona que falleció y no podamos esquivar la nostalgia. A esto se le llama el síndrome de la silla vacía.
Sin la esposa
La esposa de José Luis Juárez (64) falleció de un cáncer en agosto pasado, a los 58 años, y él se asume incapaz de superar su pérdida. "Llevábamos juntos casi 40 años, desde que ella tenía 19 y yo 23. Hacíamos todo juntos e íbamos a todos lados con los tres hijos que teníamos", recuerda. Desde su muerte, está en tratamiento psiquiátrico y toma antidepresivos. Su hijo menor vive con él y los dos mayores ya formaron sus propias familias. Añade que le da temor quedarse solo en su casa porque se viene abajo anímicamente. "No sé si será normal o no, pero ahora la echo más en falta que el día de su fallecimiento, porque cada día que pasa la quiero y la añoro mucho más. Su vacío no lo puedo llenar absolutamente con nada y eso que tengo unos hijos maravillosos y unas nueras y unos nietos que me ayudan todo lo que pueden y me vienen a visitar todos los fines de semana", relata. No quiere ni pensar en la decoración navideña, el pesebre y el arbolito, que continúan en cajas porque era ella quien ataviaba la casa de Navidad. No quiere ni oír acerca del menú para ambas cenas porque era ella quien supervisaba lo que iba a servirse desde el momento de la compra hasta la disposición sobre la mesa. Dice que anhela dormir el 23 de diciembre y despertar el 2 de enero.
Catarata de sentimientos
Según Lucila Guttman, coaching ontológica de salud y bienestar y especialista en tratamientos preventivos y terapéuticos antiestrés, en Navidad las ausencias y los vacíos en la mesa se notan -y mucho- a nivel emocional. "Tristezas que el resto del año quizá se tornan más llevaderas vuelven a doler de una forma especial en los días de fin de año. A la hora de sentarse a cenar, la ausencia de los seres queridos está más latente, se avivan los recuerdos de forma aguda y sentimos una catarata de emociones y sentimientos ante esa silla que queda vacía en el hogar", indicó Guttman, quien dirige Lugut (Gestión Positiva del Estrés).
De acuerdo con ella, en medio de la alegría y el festejo que suponen los encuentros familiares de fin de año o Navidad, puede pasar que la persona con un duelo irresuelto no tenga voluntad de reunirse ni de festejar. "El solo pensar que el ser querido ya no compartirá la mesa con nosotros nos entristece. La sola posibilidad de reunirse con la familia activa el recuerdo de esa persona y nos somete a todo tipo de sentimientos", definió. Es entonces cuando aparecen, de tiempo en tiempo, la desesperación, el llanto, la rabia, la soledad, la culpa y la negación.
Sin la madre
Carla Suárez (39) hace año y medio perdió a su madre y como hija única tiene a su cargo a su padre, un hombre de edad muy avanzada, pero que se conserva lúcido. "Vivimos los tres en la misma casa con mi esposo. Si bien es cierto que he ido aceptando la muerte de mi madre me cuesta aceptar que no haya sido por orden cronológico, es decir, primero mi padre, que era 16 años mayor que ella", dice al pasar. "Soy fuerte pero necesito ayuda para superar la ausencia de ella porque siempre fue mi cable a tierra, la persona que me daba el mejor consejo, mi amiga, con o sin diferencias. Mi eje y mi motor", continúa. Como José Luis, Carla reconoce que las fiestas de fin de año tenían signo materno. "Me ha costado mucho, mucho superar su muerte. Me da fuerzas una frase que me dijo dos días antes de partir: 'Si hasta aquí llega mi destino, quiero que estés tranquila'. Pensando en ello me perdono como hija si le causé algún dolor o angustia", expresa. Añade que en las fiestas los tres compran comida hecha y comen mirando el reloj, añorando que den las 12 para retirarse a dormir.
El proceso de curación de las heridas es extenso
Según Lucila Guttman, una pérdida provoca reacciones físicas, emocionales e incluso espirituales que forman parte del proceso de curación de las heridas. Emociones como estas pueden entrar en conflicto con el ambiente festivo en estas fechas. Pueden activarse recuerdos e incluso estar enojados por la ausencia.
"No hay una fórmula única para los que perdieron a un ser querido porque cada pérdida es distinta y cada uno muestra, oculta o siente el dolor de diferente forma. Cada quien resuelve el duelo como puede. No hay recetas. Lo principal es respetar el estado emocional de cada uno, y aquel que no tiene fuerzas para celebrar deberá ser respetado en su sentir. Se trata de enfrentar las ausencias como se puede", detalló.
Añadió que empiezan a abrirse espacios para la solidaridad y para la búsqueda de propiciar la felicidad ajena, que anestesia el propio dolor. Compartir la mesa con aquellos que están solos, que no tienen familia o que tienen carencias económicas puede hacer bien. "Es un acto de amor infinito que engrandecerá y hará renacer espiritual y anímicamente a quien atraviese el duelo", dijo.
"Es un momento que hay que pasar. No debemos huir o hacer como si no pasara nada. Algunos tratan de escapar como si nada pasara, se 'tragan' el dolor ante la ausencia del ser querido, fingiéndolo, para así evitarlo", sintetizó.
Para que las heridas se restañen es importante el acompañamiento familiar, el abrirse a una contención mutua. Así compartir fotos y contar una anécdota de la persona ausente puede ser aliviador. Para aquellos que tienen fe, realizar algún ritual espiritual o religioso también ayuda. "Si bien puede presentarse una discordancia entre la experiencia que uno está viviendo por dentro y los estímulos exteriores que de alguna manera dicen que hay que estar alegre, celebrar la Navidad no significa olvidar porque es posible recordar con cariño el tiempo compartido", concluyó Guttman.
Consejos para los que van a reunirse
1) Expresar y manifestar el sentir con respecto al familiar ausente: dejar aflorar los sentimientos, sean cuales fueren, incluso la alegría.
2) Buscar apoyo en familiares, amigos o terapeutas.
3) Establecer nuevos ritos y permitir que afloren las emociones son algunas de las recomendaciones para sobrevivir a las fechas que tanta gente detesta.
4) No abusar de sustancias que tapen los sentimientos.
5) Reforzar la contención de aquellos que más lo necesiten.
6) Apoyarse en emociones, palabras y acciones positivas.
7) Celebrar no es olvidar. Es posible recordar con amor el tiempo compartido con los seres queridos que se fueron para siempre.

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