Por Mónica Clark (*)
Como cada año desde 2007, el 26 de octubre se conmemora el Día Nacional del Daño Cerebral Adquirido (DCA) que ha aumentado su impacto en la población a partir del crecimiento de afecciones como accidentes cerebrovasculares (ACV), traumatismos craneoencefálicos o de la médula espinal (TEC o TRM), tumores, encefalitis de diferente origen y con el aumento creciente de accidentes de tránsito (principalmente en jóvenes), entre otros.
El daño cerebral adquirido hace referencia a las lesiones del sistema nervioso que ocurren luego del desarrollo normal del mismo. Un porcentaje alto de las personas que sufren un DCA no sobreviven al mismo. Los que lo logran, quedan con algún grado de discapacidad, de leve a grave.
La vida de esa persona (y de su contexto) no vuelve a ser la misma, ya que se compromete su independencia funcional y la interacción con su entorno.
Las causas que pueden provocar DCA están relacionadas con el estilo de vida actual: el tabaquismo, el sedentarismo, la alimentación no saludable, los trastornos del sueño, el uso de drogas ilegales, etc., todos constituyen hábitos no saludables que se transforman en factores de riesgo que nos hacen más vulnerables a enfermar o sufrir un accidente.
Según la OMS, más de mil millones de personas viven en todo el mundo con alguna forma de discapacidad; de ellas, casi 200 millones experimentan dificultades considerables en su funcionamiento; además se calcula que cada año 126 mil argentinos sufren un ataque cerebro vascular, y sólo una cuarta parte de ellos logra recuperarse por completo.
Para entender el cuadro vale mencionar que, sólo en Argentina, 21 personas mueren por día en accidentes de tránsito. Pero además de las 7.472 víctimas fatales por año (2015), quedan 120 mil lesionados de distinto grado y miles de discapacitados.
Además, en nuestro país ocurre un ACV cada 9 minutos -dos casos por hora son fatales-, lo cual está íntimamente ligado a la hipertensión y otros factores de riesgo.
Se calcula que cada año 126.000 argentinos sufren un ataque cerebro vascular, y que sólo una cuarta parte de ellos logra recuperarse por completo.
El resto, o fallece a consecuencia del episodio o queda con secuelas que afectan seriamente su calidad de vida, como limitaciones en el habla o en la movilidad. Por otro lado los últimos datos señalan que en la Argentina mueren más de 9.000 personas por TEC cada año y hay unos 100.000 lesionados, de los cuales el 3% quedará con secuelas graves.
El DCA repercute también en lo emocional, familiar, social y laboral, y tiene como consecuencia común alteraciones de la consciencia, movilidad, comunicación, orientación, memoria, comportamiento, y de las emociones.
Estas alteraciones, que muchas veces se presentan de manera conjunta, implican que el 68% de las personas con DCA presentan una discapacidad leve que afecta alguna actividad básica de la vida diaria, y el 45% en grado severo o total.
Las personas con DCA requieren de una terapéutica compleja que contemple la intervención de diferentes disciplinas, necesitando no sólo mejorar en los déficits, sino adquirir un nuevo sentido de vida e inclusión social.
El modelo de trabajo transdisciplinario que desarrollamos en Alunco, da respuesta a esta problemática compleja del paciente (y su contexto), para devolver identidad y restituir la integridad al mismo. Entre las intervenciones, el cambio de hábitos no saludables y una conciencia de enfermedad responsable son pilares fundamentales para lograr estos objetivos.

(*) Directora médica de Fundación Alunco Internacional.

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