La patología del escrache

Francisco Sotelo

La patología del escrache

Un hombre fuerte del kirchnerismo, Carlos Zannini, hoy no puede viajar en avión de línea ni ir a la cancha sin que lo "escrachen".
El escrache es malo, siempre, y hoy Zannini lo experimenta en carne propia.
Le toca sufrir la bronca de un sector de la sociedad. Quizá esto le permita reflexionar sobre el precio que se paga cuando un gobierno abusa del micrófono para insultar. La tolerancia es inherente a la democracia y, entre bambalinas, Zannini alimentó la intolerancia.
Si una facción política considera que los problemas de la coyuntura se explican por la maldad de un grupo (los agentes del imperialismo, los empresarios, una determinada etnia, los inmigrantes, la masonería, el clero, por casos) el resultado es explosivo: desde las barricadas de la oposición y, mucho peor, desde el poder, al enemigo solo le cabe el exterminio.
Basta comparar los argumentos de Hitler y los del Che Guevara para medir el riesgo del maniqueísmo.
Los escraches criollos aún están muy lejos de los que engendró el fascismo de Mussolini, pero la izquierda argentina y el kirchnerismo los adoptaron, en dosis más suaves, aunque en forma sistemática. En un mismo día, el exdiputado Agustín Rossi y el presidente de la Sociedad Rural, Luciano Miguens, fueron "escrachados" en medio del conflicto rural.
La presidenta Cristina Fernández, en cadena nacional, se solidarizó con Rossi e ignoró el ataque a Miguens. Se sumó al escrache. Por entonces, Luis D'' Elía y Guillermo Moreno se paseaban por la ciudad rodeados de matones y haciendo exhibición de fuerza.
Zannini formó parte de la estrategia escrachadora. Hasta ahora, no se le escuchó una palabra de autocrítica. Él, como sus escrachadores, deben entender que por ese camino no vamos a ninguna parte.

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