Hace poco más de 40 años, más precisamente el 24 de marzo de 1976, Carlos Godoy Monárdez llegaba a Tartagal para comenzar a ejercer lo que, desde sus años como estudiante universitario, o quizás mucho tiempo antes, era su pasión: la pediatría.
El 27 de octubre pasado, el Colegio Médico de la Provincia le entregó un merecido reconocimiento al profesional de 71 años de edad, quien nació en la provincia de San Juan, pero se considera un tartagalense más.
Godoy Monárdez, padre de 5 varones, son odontólogo, director de teatro, traumatólogo, licenciado en Biología Marina y licenciado en Marketing, sabe lo que implica tener una familia a la que asistir, trabajar y estudiar permanentemente en una profesión tan demandante como la medicina. Siendo estudiante universitario en Córdoba hizo amigos que eran oriundos de Tartagal, lo que seguramente determinó que se desempeñara por 40 años en el norte de la provincia.
Amar a los niños, darle esperanza y aliento a sus padres cuando llegan con un hijo enfermo, son sus sencillos postulados, pero hablan de los valores que deben imperar en quienes eligen esta profesión y que el conocido doctor Godoy sigue difundiendo.
Godoy Monárdez es muy querido y respetado en Tartagal y lanzó su mensaje a los pediatras de proteger, amar y respetar a los niños por sobre todo.
¿Cómo nació su vocación por la pediatría?
Cuando era estudiante universitario trabajaba en la terminal de ómnibus de Córdoba, frente al hospital de niños y vi durante mucho tiempo el movimiento y la angustia de padres y chicos. De allí creo que viene mi vocación. Según me contaron mis padres, al nacer fui un niño muy enfermo y el médico le dijo a mi mamá que me iba a morir. Considero que ese hecho me marcó, pese a no tener el recuerdo, porque creo que el médico pediatra debe dar siempre una palabra de esperanza, de aliento. A los 6 meses, tres médicos que me trataron me desahuciaron porque mi problema era la falta de lactasa lo que me producía una diarrea incontrolable. Un día mi padre los sacó corriendo a los médicos y me comenzó a dar como alimento leche de burra, que al igual que la de cabra no tienen lactasa. Fue así de simple y me salvó la vida. Seguramente, eso también fue determinante para que eligiera la pediatría.
¿Su padre también era médico?
No, él hubiera querido serlo, pero en San Juan no estaba la carrera así que estudió ingeniería. También a él le costó mucho recibirse porque trabajaba como maestro y estudiar le demandó un gran sacrificio. Quería que yo también fuera ingeniero y cuando tenía 7 años me llevaba para ayudarlo en las mensuras con todas sus herramientas. Pero de entrada le dije que no, que lo mío era la medicina. Cuando obtuve mi título de médico vine a la ciudad de Salta y allí el Colegio Médico me otorgó el certificado de especialista, luego de lo cual me vine a residir a Tartagal.
Antes de llegar ya conocía a varios tartagalenses...
Es así, eran compañeros míos en la universidad y con ellos hice una gran amistad. Yo digo que me cuidaban en muchos sentidos. Mis compañeros como los doctores Vargas y Sánchez, que regresaron a su pueblo a ejercer la profesión, sabían que yo entraba a trabajar a las 7 de la mañana y salía a las 2 de la tarde; me iba a dormir un rato y a las 6 y media comenzaba a estudiar con ellos hasta el día siguiente que me daba un baño para irme a trabajar. Me había casado a los 18 años, cuando llegué a Córdoba, mi hijo mayor nació cuando cumplí 21 años y me recibí de médico cuando cumplí los 27 siendo papá de 3 niños. Sin dudas que ese esfuerzo me produjo un gran desgaste, pero gracias a Dios logré lo que siempre había soñado. Cuando llegué a Tartagal había solo dos pediatras, uno de los cuáles estaba prácticamente dejando la profesión. Mi jornada de trabajo comenzaba temprano en la mañana y terminaba a las 2 del día siguiente porque la demanda era desbordante.
¿Cómo fue su experiencia como jefe del servicio en el área de salud pública?
El hospital Perón era muy concurrido por las comunidades aborígenes y muchas de las consultas las hacíamos con señas porque no nos entendíamos con las madres. A pesar de todo, estaba mucho más organizado que en la actualidad. Escucho que la gente se queja y, en temas de salud, lo peor que puede hacer un médico es tratar mal a un paciente o a sus familiares. Hay que tener un hijo enfermo para saber la angustia que los envuelve. En definitiva, como jefe del servicio traté de cambiar lo que me parecía que estaba mal, pero tenía un grupo de médicas muy rebeldes. Yo pretendía hacer revista de salas a las 8, pero ninguna llegaba antes de las 10, terminaban quejándose ante el director de turno y todas esas cosas perjudicaron al hospital como institución.
Las mamás que pasaron por su consultorio con sus hijos tienen con usted un reconocimiento eterno...
Eso me da mucha satisfacción, pero no soy el único que hizo algo para sacar a sus hijos adelante. Ellas han hecho el principal aporte. Sigo atendiendo a los niños, por supuesto que sin la frecuencia de antes y en casos especiales ni se me ocurre cobrar. Puedo detectar las patologías en ellos, pero cuando se trata de enfermedades congénitas es más difícil y no detectarlo a tiempo es una de las cosas que me hace sentir pésimamente mal.
Una anécdota simpática...
Cuando Sebastián, el cuarto de mis hijos, comenzó a hablar, me asusté porque hablaba con "g". "Egpegame un gatito", me respondía cuando lo llamaba. Lo llevé a una especialista y le dije que al parecer tenía problema en las cuerdas vocales porque no lograba articular bien las palabras, pero no podíamos descubrir el problema. Con el tiempo me di cuenta de que no se trataba de un problema físico. Su madre era profesora de francés y mi hijo escuchaba la fonética cuando ella le enseñaba a sus alumnos desde que estaba en la panza. Es una anécdota graciosa, pero es real.

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