Adán Vignon, renombrado en esos años como "el Churro Vignon", vivía en el pasaje Beeche casi esquina Uruguay. En las vecindades funcionaba la boite (milonga, bah) El Peinapé, cuya propietaria, la Ñata, era muy amiga de nuestro héroe. Son del mismo palo, solían decir las comadres. A pocos metros abría sus puertas la despensa y almacén al menudeo El Diamante, cálido lugar donde se reunían las tardecitas los muchachos de la barra.
Adán era de estatura media, medio tirando a bajito era, pero lo disimulaba, y con creces, por la pinta y la facha que gastaba: traje gris oscuro, tamangos de color bruno, punta afilada y tacos que, sin ser "Elevantor", lo subían en la estima de las garabas, que al verlo suspiraban.
Además, Adán, llamado "el Churro" por las niñas del barrio, portaba una labia que las desarmaba. Con esa carucha suya a lo Alain Delon, y la pinta, borraba la realidad de su poco sobresaliente estatura.
Sobre todo, lo que las muchachas apreciaban, y alimentaba sus sueños, era su prestigio de varón dominador, su caminar canchero y sus mentas de llevar una vida escasamente recomendable.
Doña Eduviges Elizabide, que presumía de estar al tanto de todo, afirmaba, por ejemplo, que Adán era el fiolo de una pupila en el pasaje Chiclana (pasaje de nombre glorioso que la moralina de algún intendente amante de "las buenas costumbres" mudó en la nomenclatura urbana por el de un anodino Juan de los Palotes).
­Vaya uno a saber! Y más tratándose de doña Eduviges... ­Se dicen tantas cosas de los próceres! Pero, ¿quién era, de dónde era Adán Vignon? Por su acento y manejo del lunfardo, que maravillaba a los changos del barrio, por sus modos, por su porte reo, se podría haber dicho que era porteño. Pero no, no era de Buenos Aires. Pero la verdad de su origen era sencilla. El padre de Adán Vignon había sido un caballero francés que había llegado a nuestra ciudad como estrella de un renombrado circo (¿el de los Hermanos Parra?).
Se enamoró de una salteña, se casó y se quedó a vivir en esta cotópolis. Adán nació y creció en este valle de lágrimas y de Lerma.
El joven Vignon, con los años, fue tentado en varias y diversas ocasiones por ese engendro bíblico que es el trabajo. Pero él no aflojó.
Las muchachas lo seguían como dicen que siguen las moscas a la miel. Las comadres se preguntaban "qué le ven a ese vago, bueno para nada".
La respuesta les llegó como un chorro de agua fría: ­La pinta, señoras, la pinta!, las ilustró doña Eduviges. ­Eso le ven!
Como no hay nada que dure 100 años, ni la malaria ni la bonanza, el Churro Vignon se casó, y no exactamente con una princesa rubia de ojos verdes. Y aseguran las malas lenguas que lo han visto, pintor de brocha gorda, blanqueando las paredes de cuanto edificio público se le pone por delante.
Los timbos con punteras afiladas y taquitos mejoradores quedaron lejos. Como también están lejanos el jopo, la pilcha y la corbata haciendo juego, las trasnochadas, La Ñata y El Diamante.
Dicen esas lenguas malvadas que hoy gasta mameluco para laburar.

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