La plena inclusión depende de la calidad de la escuela pública

La plena inclusión depende de la calidad de la escuela pública

El gran desafío que plantea el futuro para la Argentina es la educación. En esta prioridad hay una coincidencia casi unánime. Sin embargo, cuesta tomar la decisión de mirar sin prejuicios a nuestra escuela pública, compararla con la de otros países y revisar nuestra escala de valores al respecto.
Una escuela con nivel elevado de calidad educativa es el medio más poderoso de inclusión social. No basta con que los niños y jóvenes concurran a las aulas motivados exclusivamente por el almuerzo o el pago de la asignación universal. En la escuela deben incorporar conocimientos, hábitos y destrezas que les permitan desplegar sus potencialidades creativas y laborales a lo largo de sus vidas.
Vivimos en un país donde casi un millón de personas de entre 18 y 24 años sufren desempleo o empleo precarizado, y también quedaron fuera del sistema educativo.
Uno de los educadores de adultos con mayor prestigio en Latinoamérica, Paulo Freire, definía al quehacer educativo como la posibilidad de que las personas puedan "desarrollar su conciencia y expresar su palabra".
El matemático e impulsor de la informática en la Argentina, Manuel Sadosky, advertía en 1994 que "en nuestras villas hay genios con hambre". Él mismo era un egresado de la escuela y de la universidad públicas y ya advertía sobre la fractura profunda que se vislumbraba en el sistema educativo.
Domingo Faustino Sarmiento, al recibir los resultados del primer censo nacional, en el año 1869, supo que el 87% de los argentinos era analfabeto. De inmediato reunió a su gabinete y proclamó a la educación pública y universal como "política de Estado por un siglo". Esa medida, basada en la observación empírica de la realidad social, dio origen a una escuela argentina que marcó rumbos en el continente.
La calidad de la educación se mide a través de la evaluación, que debe informar si los alumnos desarrollaron los conocimientos, hábitos y destrezas que requiere el mundo contemporáneo. Si no los alcanzaron, no hay que cambiar la evaluación, sino modificar lo que se está haciendo.
Las pruebas internacionales ubican al rendimiento medio en pensamiento matemático y lectura comprensiva de los alumnos argentinos muy lejos de sus pares de la región y, también, muy por debajo de los niveles históricos del país.
Los estudiantes primarios argentinos tienen 720 horas de clase anuales, contra 1.100 horas, aproximadamente, de los alumnos de Estados Unidos y de Chile. No se alcanzó la meta de 190 días anuales efectivos de clases. La media en los países europeos supera los 200 días de clase, y en los países desarrollados de Asia se acerca a los 215 días. Tampoco se concretó el objetivo de fortalecer y modernizar la formación docente. Incluso, el incremento del presupuesto educativo, llevado a cerca del 6% del PBI, no ha servido para garantizar el normal dictado de clases.
Los países que obtienen buenas calificaciones en las pruebas internacionales planificaron una educación eficiente con la perspectiva de los próximos cien años. Tal es el caso de Singapur, Hong Kong, Corea del Sur, Japón, Taiwán y Finlandia, que encabezaron los buenos resultados de las últimas pruebas Pisa. Todos ellos coinciden en una convicción: todos los niños, sin excepción, están en condiciones de aprender si se les enseña. Un ejemplo que puede servirnos de inspiración es la humanizada escuela finlandesa. En ese país del mar Báltico, tal como ocurre con sus vecinos de Noruega y Suecia, se enorgullecen de que el hijo de un obrero de una multinacional sea compañero de aula del hijo presidente de la misma compañía. Desde hace 40 años, Finlandia desarrolló una transformación profunda cuyo resultado es hoy una misma educación pública de calidad para todos sin discriminaciones; con una jornada escolar de seis horas que incluyen el estudio personalizado y dirigido, y la evaluación permanente. Es esencial la valoración profesional de los docentes, a los que se exige para todos los niveles títulos de maestría universitaria, pero a quienes se les reconoce autoridad, creatividad y prestigio.
Tenemos mucho por hacer y hay que comenzar a pensar en la escuela como generadora de conocimiento. No es fácil, pero la calidad de la educación pública sigue siendo la cuestión más importante para nuestro país.

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