La reunión entre el presidente de la Nación, Mauricio Macri, y el conductor televisivo y empresario Marcelo Tinelli representa un retroceso en el objetivo de consolidación institucional en el que la mayoría de los argentinos estamos empeñados.
Sorprende el despliegue informativo oficial que se dio a este encuentro en comparación con la atención que merecieron, en la misma semana, la recepción al presidente de México, Enrique Peña Nieto, y la participación de Macri en la asunción de Pedro Pablo Kuczynski como presidente de Perú.
Tinelli es un ciudadano más y no hay razón para otorgarle privilegios. Mucho menos, para que el primer mandatario se preste a protagonizar un grotesco, como el "intercambio de caras" exhibido por la red digital Snapchat.
Un presidente no puede permitirse caer en el encandilamiento de las novedades mediáticas.
Se dio por supuesto que el motivo de la reunión había sido la sátira que del presidente hace el programa ShowMatch. En varias entrevistas publicadas en el fin de semana, Macri se había mostrado molesto por esa humorada. Ese tipo de molestias, humanamente comprensibles, no deberían nunca tomar estado público; ni siquiera, salir de la intimidad presidencial. La censura abierta o encubierta al humorismo es autoritarismo.
Vale un ejemplo histórico. Durante la última dictadura, el humorista Mario Sapag imitó, entre otros personajes notorios, a Jorge Luis Borges. Las autoridades lo censuraron. El escritor, que tenía sentido del humor y conciencia de su valía, se limitó a comentar: "Censurar es lo que le da sentido a la existencia del censor".
La tentación de aparecer cerca de las celebridades y el miedo a los bufones de esta época afecta a muchos políticos. Tinelli no es un político, pero las circunstancias lo terminaron colocando en un lugar político que no maneja con solvencia. La prueba está en su fracaso por convertirse en heredero de Julio Grondona en la anarquizada AFA. Sin embargo, el temor a sus sátiras llevó a Fernando de la Rúa a cometer uno de los más gruesos errores mediáticos de su carrera política, justamente, en el programa de Tinelli. Néstor Kirchner, poco después de asumir, también entró en ese juego y llevó al conductor a su despacho de la Casa Rosada para repetir aquella anécdota, con lo que duplicó el bochorno. En 2009, el creador de Ideas del Sur sumó sus sketches a la campaña electoral de Francisco de Narváez, que venía sacando ventaja en todas las encuestas y terminó derrotando a Kirchner en las elecciones legislativas. Pero los medios no ponen presidentes ni los sacan. Forman parte, simplemente, del escenario político, pero la ciudadanía vota de acuerdo a las certezas que les transmite la experiencia cotidiana.
Macri y sus asesores deberían haber mirado con atención la conducta de Raúl Alfonsín, cuando una plaza de Mayo desbordante como nunca celebraba el campeonato mundial de fútbol de 1986. El presidente recibió al equipo y les ofreció el balcón. Cuando Diego Maradona lo invitó a salir y compartir la ovación unánime, el presidente le respondió: "Este momento es de ustedes". Y se quedó en su despacho, tomando té.
No es conveniente que Macri haya recibido a Tinelli, además, porque el enojo por las imitaciones es el menor de los temas conflictivos. Cabe suponer que ambos hablaron sobre el futuro de la AFA, que incluye el manejo de las apuestas que podrían introducirse en el financiamiento del fútbol. Tinelli no solo no resigna sus aspiraciones de encabezar esa entidad, por ahora con autoridades transitorias, sino que aún comparte negocios con uno de los personajes más complicados de la era kirchnerista, Cristóbal López, dueño del grupo Indalo y, ahora, de Ideas del Sur, pero sobre todo, el propietario de la mayor cantidad de casas de juego del país. López es investigado por una escandalosa evasión impositiva, amparada por las anteriores autoridades de la AFIP. Es también propietario de medios que tratan de mantener vigente al kirchnerismo.
Los problemas de Tinelli deberían ser ajenos a la agenda presidencial. La extorsión, cuando existe, solo tiene eficacia con los gobiernos débiles. Cuando un presidente mantiene su lugar, las conductas extorsivas que dan al desnudo.
La ciudadanía sabe diferenciar entre el humor y la política posible. Los políticos deberían saberlo.

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