Siempre que escuchamos hablar de La Rioja nos vuelve un sabor a la boca. Es que así es esa hermosa provincia del NOA: un despliegue de gustos únicos, con aroma a tierra fresca y colores de días soleados. Recordar a La Rioja nos permite recuperar el aroma de las frutas recién recogidas. Pero también de cuando ya se han hecho dulces caseros -aunque se vendan de manera industrial-; también las aceitunas, las nueces, los prodigios de las especies como nunca antes las veríamos. Y, sobre todo, una repostería regional que nos dejó para siempre la impresión de compartir un mate cebado con pastelitos de membrillos de la casa, como si fuera un instante en el cielo.
Todos los productos de La Rioja tienen esa magia. Es que La Rioja está poblada de ríos que riegan sus ricas huertas y ofrecen los mejores ingredientes para sus mejores platos de verduras.

Un símbolo

Por supuesto que en La Rioja se destacan los viñedos y los nogales en la región de Chilecito, y los olivares en el departamento de Arauco. En la zona de Patquia se producen frutas de pepita y carozo, y dátiles. Son tan buenos, que se exporta casi todo su aceite de oliva, de jojoba, aceitunas en conserva, ajíes, vino común a granel y fraccionado, etc. Estos productos han impactado en la gastronomía, dándonos una de las cocinas más interesantes del NOA. Como parte del noroeste argentino (NOA), La Rioja recibió la herencia prehispánica de la producción de maíz, papa, ajíes y pimentones, e inclusive la existencia del "taco" o algarrobo criollo. También es importante, ya en la época contemporánea, la influencia de una gastronomía andina y, aún más, libanesa y siria, tanto como la corriente italiana, conformando también en lo gastronómico un crisol de razas. Pese a que en algunos lugares aún se preserva la tradición de cocina a la leña, hay quienes en restaurantes y confiterías eligen las cocinas industrializadas pero sin dejar de aplicar la idiosincrasia norteña, en una región que tradicionalmente fue dotada de una gran base para lograr una importante variedad de platos. La historia relata que desde hace unos 3.000 años -a causa de la constitución de poblaciones agroalfareras en todo el norte del país- comenzaban a cocinarse los primeros guisos en la zona. La ganadería, tanto vacuna como caprina, ovina y porcina, es de suma importancia también en la elaboración de platos tradicionales como el asado, empanadas y embutidos, con la peculiaridad del condimento que aporta cada región. Hugo Véliz, reconocido chef riojano, es el embajador indiscutido de la gastronomía local, que traspasa la frontera provincial mediante sus creaciones con productos autóctonos.
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Desde cocinar en un marco totalmente natural hasta deleitar al más exquisito paladar lo llevaron a posicionar a La Rioja en buena parte del país. Véliz hace propias recetas y apuntes de abuelas y madres, aun de las más sencillas de las preparaciones conocidas del interior, y logra exaltar cada producto y consejo a la hora de presentar un plato.
Otro chef riojano, Isidro Albino Ferro, ávido de impregnarle excelencia a sus platos, creó recetas innovadoras entre aromas, colores y sabores, dándole sin embargo la impronta de regionalidad. Entre sus platos figuran la “Costeleta a la riojana”, “Peceto al horno con salsa de vino” y su “Bife a la pobre”, un corte de carne vacuna a la parrilla con huevos fritos, aros de cebolla, perejil y salsa portuguesa.
Para acompañar los platos tradicionales y las creaciones de sus chefs, La Rioja produce excelentes vinos, particularmente en el Valle de Famatina, entre ellos el torrontés, del cual los riojanos reivindican como originario de su tierra.
La Rioja atesora una gastronomía que se puede contar en miles de años: disfrutémosla.

Una receta de pastelitos riojanos

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Para el hojaldre hay que tener 500 g de harina, 300 g de manteca, 500 g de dulce de membrillo, aceite y 400 g de azúcar. Ponemos harina y sal en forma de corona, la manteca cortada en el centro para ir formando la masa. Agregar agua hasta tener una masa lisa. Dejarla unos 20 minutos. Repetimos la acción tres veces. Dejamos reposar. Luego, estirarla y cortar cuadrados. Para cada pastelito se usarán dos porciones de masa: en una va el dulce de membrillo y se cubre con la otra. Las puntas no deben coincidir para formar una estrella de ocho puntas. Se fríen y se espolvorean con azúcar. ¡Crocantes!

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