El cambio de gobierno puesto en marcha hace poco más de dos semanas genera expectativas positivas en la gran mayoría de la población, incluso a pesar de que las primeras medidas adoptadas están dirigidas a una normalización de la economía que incluirá sacrificios.
Los primeros pasos del gobierno de Mauricio Macri avanzan en la misma dirección que habían trazado sus principales adversarios en las elecciones de octubre, Daniel Scioli y Sergio Massa.
El triunfo de la coalición Cambiemos fue precedido por categóricas victorias en las elecciones generales en distritos centrales y, muy especialmente en la provincia de Buenos Aires, que dejaron en el camino al entonces jefe de Gabinete, Aníbal Fernández y a los intendentes históricos de muchos municipios.
Nadie puede impugnar la legitimidad del actual gobierno. Sin embargo, hay indicios de insubordinación y algunas convocatorias apresuradas a la resistencia que no condicen con la cultura democrática.
En las elecciones se puede ganar o perder, pero ganadores y perdedores tienen la obligación moral y el deber republicano de poner la solidez de las instituciones y las necesidades de la sociedad por encima de los intereses mezquinos de un sector político.
Es muy difícil para nosotros, los argentinos, vivir conforme a los principios de la democracia, dado que llevamos demasiados años viviendo de crisis en crisis.
Hay intelectuales y dirigentes que relativizan el sentido de la Constitución y de la Ley; como consecuencia, la convivencia se hace muy difícil y se aleja la posibilidad de que coexistan visiones plurales, inherentes a la democracia.
De hecho, los partidos, especialmente el justicialismo, han sacrificado identidad e ideologías, carecen de debate interno y se convirtieron en aparatos de construcción de poder donde se confunden el líder, el partido, el gobierno y el Estado.
En esas condiciones solo puede esperarse el crecimiento de una cultura autoritaria.
Nadie, y esto debería considerarlo el Frente para la Victoria, tiene derecho a subordinar los supremos intereses de los argentinos al capricho o a la ambición sectaria. Los ciudadanos del país, especialmente los que pertenecen a los sectores más vulnerables, necesitan y merecen que los objetivos nacionales vayan más allá del plazo que establecen los turnos de la democracia.
La soberbia mesiánica está en las raíces de cada una de las crisis nacionales de los últimos 85 años, desde el golpe de Estado de 1930. El resultado social es magro.
Ningún gobierno puede enorgullecerse de dejar un país donde el 37 por ciento de sus habitantes dependen de un subsidio del Estado para vivir y donde la actividad productiva no alcanza a generar niveles razonables de empleo de calidad.
Los indicadores de pobreza son injustificables frente al potencial agroindustrial sub aprovechado y que permitiría elevar sustancialmente la calidad de vida de toda la población si la dirigencia respetara la ley y fuera capaz de acordar objetivos de largo plazo.
Necesitamos asumir que la Argentina lleva más de medio siglo de decadencia y que será imposible remontar la senda del desarrollo si la dirigencia actúa pensando, exclusivamente, con los plazos electorales. La gran revolución pendiente es la de recuperar los valores y los sentimientos de Nación, República y Democracia.
Nuestro país nunca fue un "jardín de rosas", porque su historia está jalonada de claroscuros. Pero si se toman en cuenta los procesos y los resultados podrá comprobarse que los ciclos exitosos en materia de desarrollo fueron coincidentes con la construcción del orden institucional. Esa constante puede ser verificada en todos los países desarrollados, especialmente aquellos que emergieron de la guerra, la pobreza y el analfabetismo.
Desde hace 32 años, la democracia es para nosotros un aprendizaje con marchas y contramarchas, preñado de dificultades. Cada elección y cada cambio de gobierno ofrecen la posibilidad de retomar el mejor camino. Hasta ahora no hemos sabido aprovecharla plenamente. Es hora, entonces, de cambiar las malas tradiciones y asumir el compromiso histórico que nos demanda el país.

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