La irrupción de Donald Trump en la política ha generado de todo menos indiferencia. Es lo que es y lo que vende(n) de él, y también lo que muchos compran y quieren consumir en tiempos de Política altamente influenciable por los medios digitales: "algo" o "alguien" distinto, auténtico, carismático, extravagante, y contundente.
Es un "fenómeno" dentro de la arena política estadounidense que admira y espanta, por ser impredecible, demagogo y peligroso a la vez, al menos en -por ahora- sus dichos más que en sus acciones. Es todo eso y mucho más lo que lo convirtió en protagonista de las elecciones que se avecinan y furor en redes sociales (tiene nada menos que 24 millones de "seguidores" entre sus cuentas de Twitter y Facebook, contra 17 de Hillary Clinton; no obstante, no debe confundirse seguidores con votantes).
Es tan arrasadora su figura, que puede eclipsar uno de los escándalos más grandes y graves que hubo de conocerse en el durante de las últimas carreras por la Presidencia, y que, de haber existido otro candidato menos polémico -Ted Cruz por ejemplo-, hubieran dejado servida en bandeja la elección en favor de los republicanos.
El escándalo en cuestión -del cual nos enteramos una vez más vía Wikileaks- ha sido la utilización por parte de Hillary Clinton de servidores o "nubes" ("cloud servers") privados y paralelos a los que se encontraba obligada a utilizar para el almacenamiento del contenido de su casilla oficial de email como Secretaria de Estado.
Desde el punto de vista legal, si bien las agencias de seguridad norteamericanas dictaminaron la inexistencia de un delito federal por la utilización de un servidor privado, desde el punto de vista técnico y ético, la conducta es reprochable pues no sólo se introducen innecesariamente riesgos informáticos, en tanto los sistemas de información paralelos no poseen las condiciones de seguridad ni son auditables por el Departamento de Estado, sino que además da lugar a sospecha a que algo quiere esconderse. Clinton se defendió a medias, primero, asumiendo culpa y cargo, y, luego, publicando gran parte del contenido de los emails que no implican información clasificada. Pero la falta ya había sido cometida y, claro está, lo importante nunca saldrá a la luz si no es por un tercero.
Réplicas en debate
El escándalo por supuesto que tuvo sus réplicas en los debates, y dio lugar a fuegos cruzados: Hillary sostuvo que fueron hackers dependientes de las altas esferas del Kremlin los autores del ciberataque sobre sus servidores privados, y que, dada la simpatía de Putin por Trump, Rusia pretende influenciar el resultado de la elección en Estados Unidos; Donald, por su parte, acusó al esposo de Hillary, Bill, de haberse reunido con jerarcas del FBI y del Departamento de Estado para intentar "llegar a un acuerdo" y tapar la investigación con "diarios". Y, literalmente, terminó siendo así, pues, antes del segundo debate, se "filtró" -causal no casualmente- un audio de hace 10 años en el que Trump, haciendo alarde de los beneficios de su fama y dinero, se dirige de una manera despectiva hacia las mujeres, a quienes, según él, puede tocar libremente sus genitales por su condición de millonario.
Las encuestas, después de ese huracán que arrasó con la paridad que había alcanzado Trump, marcan que la balanza se inclina en favor de Hillary.
Claro, las encuestas parecen pendular de acuerdo al minuto a minuto propio de la dinámica de los medios digitales, para los cuales los escándalos son fundamentales pero también efímeros.
Pero, como alguna vez se dijo, la única verdad es la realidad, -hay quienes le atribuyen la frase a Perón, aunque otros dicen que el General nunca citó a Aristóteles-, y el próximo 8 de noviembre sabremos quién es el nuevo presidente de los Estados Unidos, sin dudas, el actor principal en la agenda política y económica global presente y futura.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora