La tercera asunción de Perón

Luis Borelli

La tercera asunción de Perón

Hace 42 años tuve la oportunidad de ser testigo de la tercera asunción del general Juan Domingo Perón. Me atrevo a decir que fue una de las ceremonias más importantes y esperadas del siglo pasado. Dejaba atrás 18 años de persecuciones, fraudes y proscripciones. Pese a ello, el clima era de fiesta y quienes participamos creímos, con absoluta sinceridad, que por fin la Argentina se encaminaría hacia un destino de grandeza.
De verdad estábamos convencidos de que en nuestro país ya no había espacio ni para el revanchismo ni para la venganza. Las palabras de Perón, "para un argentino no hay nada mejor que otro argentino" habían calado profundamente. Luego, el histórico abrazo con Ricardo Balbín y más tarde otra frase que marcó un tiempo: "A la Argentina la arreglamos entre todos o no la arregla nadie". Sin duda, un mensaje trascendente, que aún hoy, 42 años después, tiene plena vigencia. Las últimas elecciones conservan ese mandato que ahora la ciudadanía hizo suya.
Hace 42 años las tradicionales ceremonias de asunción se cumplieron con absoluta normalidad.
En el Congreso de la Nación, vi como el presidente provisional del senado, don José Antonio Allende, tomó el juramento de rigor al presidente Perón. Más tarde, en la Casa Rosada, el presidente provisional de la Nación, Raúl Alberto Lastiri, hizo otro tanto. Entregó los atributos simbólicos, banda y bastón, en un marco de absoluta normalidad. Después, Perón tomó juramento a su gabinete e inmediatamente se encaminó al balcón del primer piso de la Casa Rosada para cumplir con una vieja costumbre suya, interrumpida en 1955: hablar al pueblo en la Plaza de Mayo.
Era la primera vez que yo estaba en un evento de tamaña magnitud. Perón no salió por el balcón central del edificio como lo muestran fotografías de los años 40 y 50. Ahora aparecía borroso tras de un vidrio blindado. Estaba amenazado de muerte. A la distancia, solo se veía una silueta desdibujada, pero su voz era la de siempre. Por su mensaje de reconciliación y de trabajo era él. Pero hubo, al igual que ahora, quienes querían arruinar todo.
Cuando Plaza de Mayo era una fiesta en un día caluroso, aparecieron cientos de "voluntarios y voluntarias" arropados con guardapolvos celestes y blancos. Repartían gratis jugos de naranja en envases plásticos con forma de naranjas. Iban como nuestras "marchantas", con sus canastos colgando de sus brazos, llenos de apetecibles naranjas plásticas
¡¿Quien podía imaginar que estaban intoxicando a los compañeros sedientos?!
Más de 100 personas vimos caer ahí mismo, con vómitos y convulsiones. Y más tarde la cifra aumentó. ¿Quienes podían ser los que aguaban semejante fiesta donde el pueblo se reencontraba con su líder tras 18 años de ausencia? ¿Fueron los mismos que planearon el asesinato de Perón en Ezeiza? ¿Los mismos que en las elecciones de septiembre de 1973 plantearon el "contra voto" contra Perón? ¿Los mismos que asesinaron al secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci, pilar fundamental del Pacto Social?
¿Son los mismos que Perón echó de Plaza de Mayo?
Algunos de ellos, son los mismos. La diferencia es que ahora ingresaron a la Casa Rosada de la mano del kirchnerismo.
Son los mismos que hoy como ayer, desoyen la voluntad popular.
¡Pobres! Tan imberbes como hace 42 años.

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