Durante décadas, las escuelas, las universidades y los medios de comunicación han instalado en el subconsciente de los individuos, una serie de conceptos que delimitan el espacio en el que uno puede pensar; fijando la demarcación de lo políticamente correcto.
Dos son los principales pilares sobre los que se asienta esta estructura. El relativismo moral y el bien social. Y los cimientos sobre los que estos pilares descansan son: el sentimiento de culpa y el confort.
Libertad, igualdad y fraternidad son los principios fundamentales que le permitieron al individuo ser dueño de su destino, tener los mismos derechos que todos, y respetar y ser respetado por su prójimo.
Estos principios liberaron el poder creador de las personas, las hizo responsable de sus decisiones y marcó el único límite real de convivencia, el respeto.
El postmodernismo entendió que estos principios eran imbatibles y con un giro dialéctico, maquiavélicamente brillante, invirtió el orden de los mismos; hecho que parece un ingenuo descuido, pero que dista mucho de serlo.
La fraternidad como primer principio, supedita al hombre a los intereses de la sociedad y como la sociedad es una entidad abstracta que no tiene intereses per se, el puñado de burócratas gobernantes "definen" cuáles son esos intereses, pues son ellos y solo ellos los capaces de "saber" cuál es el bien común.
Para poder alcanzar esa fraternidad, ese bien común, que no es otra cosa que el que todos seamos hombres comunes, sin peores ni sobresalientes; debemos hacer que todos seamos iguales. Suena muy bien ¿No? Todos iguales suena, incluso, hasta justo.

Todos iguales

El problema es que para que todos seamos iguales se nos debe tratar a todos distinto. O sea, el que tiene más dinero debe darle al que tiene menos; el que se saca 10 en la escuela es rebajado, aboliendo el sistema de calificación y bajando el nivel de exigencia para que todos sean "aprobados"; el que marcha derecho en la vida debe encerrarse entre rejas para que el que "se extravía" pueda tener la posibilidad de compartir la calle y así otros ejemplos.
¿Y cómo alcanzamos está igualdad platónica? Simple, poniéndole una mochila más pesada al más fuerte, atándole los pies al más rápido, limitando con la currícula de la educación al más inteligente, exigiéndole más a los mejores y más esforzados para que ayuden a sus hermanos. Le quitamos la libertad de levantar el peso que ellos quieran, la libertad de correr tan rápido como puedan, la libertad de pensar y crear tanto como ellos sean capaces.
Por eso, para hacer valer los verdaderos derechos humanos (no los manoseados), debemos recuperar el orden jerárquico de estos principios: Primero está mi libertad, la libertad de disponer de mi persona y de mis bienes según mi voluntad; luego la igualdad, que enmarca el derecho a tener la misma consideración y no la igualdad de ser considerados iguales. Y finalmente, todos y cada uno de nosotros podremos juntar nuestras manos para poder trabajar en forma fraterna por un mundo mejor.

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