El Bicentenario de la Argentina es un año crucial en la historia del país. Ha reaparecido en el sistema internacional después de 12 años de aislamiento y conflictos que le otorgaron una ubicación muy por debajo de su verdadera relevancia mundial.
La historia argentina de estos 200 años es la de un país joven, intensamente creativo, y volcado como siempre a sucesivos y hondos conflictos domésticos.
La identidad argentina, sin embargo, es profundamente particular, con características intransferíbles de personalidad. Para un país semejante, altamente politizado, la lucidez es una exigencia fundamental, ante todo para interpretar lo que sucede en la Argentina hoy, en un mundo convertido en una sociedad global, cada vez más integrada, cada vez más conflictiva.
Por eso es una exigencia de todos los argentinos, en este año en que se cumplen dos siglos de la independencia nacional, ser capaces de ver, lucidamente, lo que es la Argentina hoy, sus posibilidades y limitaciones.
El gobierno de Mauricio Macri tomó dos decisiones fundamentales en los últimos 6 meses: eliminó las retenciones agrícolas, salvo la soja, y terminó con los frenos y restricciones administrativas a la producción agroalimentaria, sumado a una devaluación de 35% en diciembre 2015/enero 2016 que permitió el pleno despliegue de su potencial y produjo un incremento de la producción de 30% respecto al año pasado.
Esto ocurrió cuando la Argentina enfrenta una demanda mundial de agroalimentos que se duplica en los próximos 15 años y encuentra al país convertido en uno de los 3 grandes productores mundiales agroalimentarios, y es el primero del mundo en la producción de granos para la alimentación animal (harina de soja), que es la que más rápidamente crece en el mercado mundial, debido a la transición dietaria que experimenta China (vuelco masivo al consumo de proteínas cárnicas).
La segunda decisión estratégica de Macri fue acordar con los acreedores hold outs, ratificada por el Congreso con el voto de 2/3 de sus miembros. Para eso emitió bonos soberanos por US$ 16.500 millones, que recibieron una demanda del sistema financiero internacional de US$ 70.000 millones, la más alta de la historia para un país emergente.
Esto se debe a que el sistema financiero internacional experimenta una situación de hiperliquidez, con las tasa más bajas de la historia. Más de 40% del PBI mundial está cubierto hoy por tasas de interés negativas, o entre cero (0%) a 1%. Nunca como ahora ha habido tantos capitales para las inversiones de los países emergentes. Esto sucede cuando se ha desatado una nueva revolución industrial en el capitalismo avanzado, que implica la digitalización completa de la estructura productiva y de servicios de la actividad manufacturera.
El resultado es una modificación de las condiciones de producción en el mundo entero, y también un cambio en la naturaleza del comercio internacional. OMC calculó que el comercio mundial (en valor), medido en dólares constantes, cayó 13% en 2015 (pasó de U$S 19 billones en 2014 a US$ 16.5 billones el año pasado). El factor crucial de esta disminución del intercambio global ha sido la desaceleración de la economía china (creció 6,5% en 2015 frente a +11% anual en 2007).
Este cambio responde a factores estructurales, no solo cíclicos. Se intensifica el flujo de información digital, vector principal del cambio tecnológico en el capitalismo del siglo XXI. Se duplicó entre 2013 y 2015 (alcanzó a 290 terabytes por segundo), y se volvería a duplicar en 2017. Este año es 20 veces mayor que en 2008. Lo que está ocurriendo es que el comercio internacional deja de ser primordialmente intercambio de bienes físicos y se convierte en transferencia instantánea de códigos digitalizados.
Se ha inaugurado una nueva etapa de la globalización, caracterizada por la extrema automatización y una creciente e intensa conectividad, que acelera y profundiza la integración mundial del sistema, quebrando en todas partes y al mismo tiempo el statu-quo, y al hacerlo, fija pautas de productividad exponencialmente superiores, a las que ninguna actividad puede escapar, so pena de irrelevancia y desaparición.
Por eso esta nueva etapa del capitalismo profundiza la especialización productiva de países y regiones, y es lo que le otorga un plus de relevancia estratégica a la producción agroalimentaria de la Argentina.
La Argentina es un país de instituciones débiles, con escaso poder político en su sistema de decisiones, frente a una sociedad intensamente movilizada, con tendencia a la acción directa en todos sus sectores sociales. Es el resultado de una historia de extraordinarias movilizaciones sociales y políticas, que le han dado a la identidad de los argentinos su característica hiperpolitización.
El 2016 muestra la aparición, en la Argentina, de un nuevo sistema político, con tres componentes: el gobierno de Macri, los gobernadores justicialistas y 2/3 del bloque del Frente para la Victoria en el Senado Nacional, encabezado por el senador Miguel Pichetto.
Cuando este trípode funciona, aparece la gobernabilidad en la Argentina (acuerdo con los acreedores hold outs); cuando se produce una ruptura (crisis de abril/ Ley de Despidos) surge una situación de potencial ingobernabilidad (virtual insurrección frente al aumento de las tarifas de gas de 1.800%/2.200%).
La Argentina ha cambiado en 2016, en un mundo que experimenta un cambio revolucionario (referendo británico para salir de UE, probable triunfo de Donald Trump en EEUU). La situación es excelente y es un privilegio vivir en esta época.

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