Esta tarde, al conocerse el resultado del balotaje, los argentinos tendremos un nuevo presidente. Al cabo de un año electoral agobiante, en el que los salteños debimos votar en cinco oportunidades, el país pondrá en marcha una nueva etapa, luego de 14 años desde que estallara la crisis de 2001.
A partir de ahora, los años de la llamada "década ganada" o también "el kirchnerismo" quedarán ante el juicio de la historia.
Por lo general, la política y el periodismo abusan de adjetivos como "trascendente" e "histórico". La historia argentina ofrece una sucesión de acontecimientos traumáticos que produjeron periódicos virajes y que alteraron la continuidad jurídica, económica e institucional y que, por ese motivo, obstruyeron el desarrollo.
Un país no puede vivir reinaugurándose cada quince años, soñando en cada comienzo con una revolución.
Es hora de que los argentinos comencemos a vernos a nosotros mismos como un país con fortalezas y con vulnerabilidades, con una historia que tiene páginas de gloria y páginas de tragedia; que incluye acontecimientos dignos de orgullo y otros que nos avergüenzan, pero que somos una nación con futuro y que podemos cifrar nuestro sentimiento compartido en cosas mucho más importantes que los éxitos deportivos o la trayectoria internacional de algunos de nuestros compatriotas.
Es imprescindible erradicar los prejuicios maniqueos y simplistas, que pretenden atribuir nuestros fracasos a conspiraciones externas a traiciones o malevolencias de determinados grupos sociales o políticos. Esa forma de prejuzgar la realidad es violenta y anula la capacidad de autocrítica.
Sería importantísimo que quien resulte elegido hoy comprenda y acepte que el pueblo lo ha elegido para conducir el país, por cuatro años, estrictamente dentro de la ley, con objetivos colectivos, que consoliden las instituciones y aseguren a todos la libertad y la calidad de vida. Gane quien gane, sea Mauricio Macri y Daniel Scioli, debe saber que es solo un ciudadano común, a quien el voto, en ninguna circunstancia, lo convierte en monarca ni en depositario de la verdad absoluta; que tendrá que trabajar para hacer las cosas lo mejor posible, y que al culminar su gestión deberá rendir cuentas.
El mesianismo, que plantea la lucha política en términos absolutos, es muy nocivo para la sociedad y la democracia. La Argentina necesita que de una vez por todas empiece a gobernar el sentido común. Nuestros peores enemigos son la mediocridad y la desmesura. Hoy cabe hacer un balance de los 32 años de democracia y de los 26 años de preponderancia del Partido Justicialista. La ciudadanía evaluará la calidad del empleo, la educación, el sistema previsional, el aparato productivo y el servicio de Justicia.
Es decir, es hora de tomar examen a la política argentina. La política siempre genera pasión, pero requiere que las decisiones se tomen con sensatez. Más allá del contenido emocional propio de las campañas electorales, el ciudadano necesita elementos de análisis racional, que es incompatible con el golpe bajo o la apelación al miedo.
Esta elección llega precedida del primer debate presidencial, realizado hace una semana. Se trata de un instrumento que debería ser institucionalizado por ley, como una obligación ineludible de los candidatos; sin embargo, necesitaría cláusulas severas de tal manera que las preguntas obliguen a los postulantes a responder sobre sus proyectos e impidan el chicaneo y las evasivas; el del domingo, por no contar con esos resguardos, derivó en un espectáculo que no superó el nivel de los eslóganes de campaña.
La política debe ser proyecto y no mero show. De todos modos, para nuestra democracia se inaugura hoy una nueva época. Nadie puede predecir el resultado de la votación ni tampoco cómo desarrollará su gestión el nuevo presidente de los argentinos.
El ciudadano tiene la decisión en esta jornada, pero es importante que este voto se prolongue en un compromiso activo. El futuro del país no depende solamente de la idoneidad de los funcionarios, ni mucho menos de una ideología, sino básicamente, de una transformación profunda de la cultura política, que es patrimonio de todos.

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