Don Apolinar Ergueta era un carpintero español que torneaba trompos para los changos del barrio. Tenía el cabello cano y la barba, siempre bien cuidada, no desentonaba. De contextura delgada, nervudo y fuerte, aparentaba menos edad de la que en verdad tenía.
El color de sus ojos era azul y su mujer, doña Elvirita, se miraba en ellos. Era carpintero, como se dijo, don Apolinar, y en el fondo de su casa se erguían dos enormes moreras.
Allí acudían casi todas las siestas los changos a juntar moras que, en baldes, llevaban para que la madre las volviese dulce. Don Apolinar disfrutaba esa bulliciosa compañía, y también recibía, a diario, la visita de un grupo de señores que, a los muchachos, les parecían "raros" pues hablaban de asuntos que ellos no entendían "ni por las tapas", como decía el Negro Luján.
Los visitantes eran corteses y conversaban, por lo general, en voz baja. En ocasiones alguien levantaba la voz y soltaba frases que a los changos le sabían a declaraciones de guerra.
Una vez el chango Oscar Acuña, futuro fatigador de versitos, se animó a preguntar quiénes eran esos señores.
Don Apolinar, sonriendo, le contestó: -Son mis amigos anarquistas.
Y aquél quiso saber más: - ¿Qué son los anarquistas? ¿Son carpinteros como usted? ¿Qué fabrican?
Don Apolinar ensanchó su sonrisa: -Algunos son carpinteros como yo, otros son albañiles, o mecánicos. Los hay también empleados del ferrocarril. ¿Sabes qué fabrican? Pues, todos fabrican esperanzas.
-¿Esperanzas? ¿De qué, para qué?
-De un mundo mejor, para felicidad de todos los hombres del mundo, se entusiasmó don Apolinar.
El muchacho volvió a la rueda de sus amigos. -¿De qué hablabas con don Apolinar?, le preguntaron. De nada, contestó, solo de anarquistas.
El payito Martínez saltó: -¿Anarquistas? A esos los meten presos. Dice mi tío Efraín que esos cosos tiran bombas, y que no creen en Dios y matan a los curas.
Cuando el Oscar le preguntó al viejo carpintero si era verdad lo que había dicho el payito, recibió como respuesta una invitación: -Mira, mañana habrá un acto anarquista en la plaza Antofagasta, frente de la estación de trenes. Acompáñame, y verás que no son tan ogros como los pintan.
Y el vate fue. Había mucha gente en la plazoleta. Lo que más le llamó la atención al pichón de escritor fue la presencia de un viborero que, con una serpiente enroscada en su cuello, promocionaba las baratijas que vendía. Más allá, sobre una tarima improvisada, los oradores anarquistas se aprestaban a iniciar el acto.
Cuando regresaban, don Apolinar le preguntó si le había gustado. "¿Escuchaste? ¿Entendiste lo que se dijo?", quiso saber. "¿Te gustó?".
-Sí, escuché todo. Me gustó mucho. Sobre todo el hombre de la víbora. ¿Vio qué bárbaro? ­La tenía envuelta en el cuello! ­Qué peligroso, no?
Don Apolinar Ergueta optó por silbar un aire de su tierra... Y seguir caminando.

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