La violencia está entre nosotros

Armando Frezze

La violencia está entre nosotros

Sobre el alzamiento armado ocurrido hace 40 años, muchos de los interrogantes que todavía provoca no se contestan si la mirada retrospectiva se detiene en el 24 de marzo de 1976.
Se necesita continuar hacia atrás la visión de la vida argentina, cada vez más y más atrás, para formar una imagen completa del contexto y antecedentes que podrían explicar la violencia que se desató ese año, tanto en contra de los habitantes como de las instituciones.
El resultado muestra que el siglo XX fue un siglo de violencia institucional en el país, repetido en ciclos variables, un promedio de 9 años para las rotaciones de poder realizadas con revoluciones militares.
La violencia contra las instituciones no solamente ocurrió cuando se inmovilizaba a algunas, como el Congreso nacional por ejemplo, también fue violencia institucional hacer que se esfumaran las garantías que la Constitución Argentina otorga a sus habitantes, como las de su seguridad, su libertad o su vida.
El alzamiento del 24 de marzo tuvo estas características en grado superlativo, pero fue el producto de impunes antecedentes violentos desarrollados durante el siglo XX, siglo enmarcado en dos conflictos a escala mundial, y numerosos a escala regional.

Violencia institucional

A toda institución de gobierno, los poderes y órganos del Estado, la Constitución y las leyes les imponen reglas para que procedan de manera ordenada y controlable, administrando así el país y ejecutando políticas fiscales, agropecuarias, viales, energéticas, educacionales, monetarias y muchas otras, que tienen como fin el bienestar de los habitantes y el progreso de la nación.
Establecidas inicialmente por la Constitución en 1853, las luchas internas demoraron su funcionamiento. El gobierno del presidente Roca logra finalmente ordenar su funcionamiento, que durará medio siglo, hasta la revolución de 1930. Pero la integridad institucional fue solo formal, aparente, la vigencia de la Constitución no era total, las garantías personales tuvieron quebrantamientos notables, como los centenares de manifestantes muertos que hubo en la ciudad de Buenos Aires a manos del Ejército, policía y civiles armados (Semana Trágica, 1919), el millar de trabajadores huelguistas que durante 1921 fallecieron en la Patagonia a manos del Ejército, o los más de 500 que ese mismo año mueren asesinados en Santa Fe durante la huelga de obreros y empleados de la empresa La Forestal, a manos de la policía y de guardias armados de la misma empresa.
Estos ejemplos corresponden a épocas de gobiernos democráticos con las instituciones en vigencia.
Corresponde la primera ruptura al año 1930: una revolución militar depone por la fuerza al presidente Hipólito Yrigoyen, instalando en el país la primera dictadura militar del siglo XX. Violencia institucional que se manifiesta al disolver el Gobierno y la Legislatura nacional, tener en prisión a personas solo por razones políticas (empezando por Yrigoyen) y dictar el estado de sitio. Actos para los que no tenía facultades el presidente de facto pero cuya legalidad fue reconocida por un pronunciamiento expreso de la Corte Suprema, a la cual no disolvió.
Nefasto procedimiento que se repite después con los gobiernos de facto emergidos de las revoluciones de 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976. La única diferencia es que algunos no reemplazaron a los miembros de la Corte Suprema de Justicia y otros sí.

Clase media e información

En el inicio del siglo pasado emerge una nueva clase social, la clase media que, consolidada, se inserta primero en el poder económico y luego en el político.
También se consolida la prensa como una institución de control, enraiza en los cimientos al acortar la distancia que separaba los espectadores de los protagonistas, los dirigentes de los dirigidos, los gobernantes de los gobernados. Al amparo de escasos tres artículos constitucionales, el 14, 32 y 75 inc.12, se consolida lo que en el siglo XIX fue la "libertad de prensa", que permitía publicar sin censura previa para evolucionar durante la centuria siguiente hacia el "derecho a la información".
El llamado cuarto poder señaló cuando correspondía la violencia institucional, y la sufrió en carne propia tanto en gobiernos de facto como constitucionales: medios y periodistas sufrieron prisión, censura, intimidación, confiscación, y hasta la muerte; José Luis Cabeza tuvo ese fin durante un gobierno constitucional.
Otro fenómeno que aparece en la segunda mitad del siglo son las nuevas tecnologías de las comunicaciones.
En 1969 se inaugura la Estación Terrena de Balcarce dando comienzo al tráfico de comunicaciones internacionales por vía satelital. Desde entonces el progreso tecnológico fue exponencial. Y el punto de convergencia entre ambos fenómenos -creciente número de clase media y aumento de las facilidades de información- permitió en Argentina la existencia de un control de la ciudadanía que llevó a esterilizar las revoluciones exitosas durante estos 40 años pero también a denunciar desde el llano la violencia institucional cuando fue necesario. Ello no significa que aquella desapareciera totalmente: la muerte de Alberto Nisman es un ejemplo actual y paradigmático.
Carlos Fayt en una obra publicada en 1995 expresaba un principio de respuesta a la violencia institucional. Afirmaba que "la Argentina no vivió realmente la democracia. La intolerancia, la mortal enemistad, el fraude las proscripciones, el terror al triunfo del adversario mostraron que las crisis, manifestadas en comportamientos, costumbres, preconceptos, enraíza en los cimientos". Y considera que "de lo que en realidad se trata es de la existencia de dos países diferenciados, que no son otros que Buenos Aires y las provincias. Buenos Aires, la ciudad puerto, opera como factor centralizante y unitarizante dentro de la vida política argentina, con su macrocefalia y su injusta distribución demográfica. Paradojalmente, con toda su potencia catalizadora se encuentra la impotencia de la vida política plena de la Capital Federal. Esta es otra de las claves de nuestra realidad política". Hoy la paradoja es lo contrario.
Cuando se celebraron las tres décadas de democracia esta columna manifestó que "con treinta años de democracia continua la realidad nacional hace que hoy esta fecha pueda recordarse con alegría, pero los festejos deben retrasarse hasta que la democracia sea plena, o casi; para cuando resulte un modo de vida más que un sistema de gobierno, enmarcado en un federalismo real y vigente, ese que vio nacer a la Argentina y la nutrió en su juventud". (El Tribuno, septiembre 2013).

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