¿Por qué Argentina no logra crecer sostenidamente? Vale la pena formularse la pregunta que implica poner el foco en un horizonte de mediano y largo plazo, sobre todo ahora que estamos inmersos en discusiones, relevantes sin duda, que no miran más allá del corto plazo.
Las causas inmediatas de la volatilidad y del consecuente bajo crecimiento promedio de nuestra economía son su bajo ritmo de acumulación de capital físico y humano y una productividad prácticamente estancada, en buena medida asociada a lo anterior.
En suma, la capacidad para mejorar las condiciones de vida de la población es limitada y temporaria porque nuestra tasa de inversión es insuficiente.
Pero si esto es así, ¿a qué se debe que Argentina invierta poco? Cualquier respuesta sencilla a este interrogante será seguramente parcial o directamente equivocada.
En los modelos tradicionales de crecimiento popularizados en la década de 1950 por el británico Roy Harrod y el estadounidense Evsey Domar se ensaya una primera respuesta: las bajas tasas de ahorro. En efecto, en los países del mundo emergente que han logrado converger a los niveles de vida de los países ricos, las tasas de ahorro han sido muy superiores a las registradas históricamente por la economía argentina. Aparece allí entonces un primer limitante al crecimiento sostenido: la brecha entre el ahorro observado y aquel requerido para lograr crecer sostenidamente.
Años después, cuando en las economías latinoamericanas la estrategia de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) comenzaba a mostrar sus fallas y las importaciones de bienes de capital no se reducían, Hollis Chenery y Michael Bruno popularizaron una segunda hipótesis. En esas economías las bajas tasas de ahorro no eran la restricción operativa que impedía aumentar la inversión. La limitación estaba más bien en la escasez de divisas disponibles para financiar esas importaciones.
El problema de la insuficiente inversión, desde esta perspectiva, era el estrangulamiento externo (o brecha externa).
Ésa fue la explicación apropiada al freno que, hasta fines de los 70, recurrentemente interrumpía el crecimiento basado en la ISI. Pero, a partir de la crisis de la deuda de inicios de los 80, el sobreendeudamiento externo, en su mayor parte en cabeza del sector público, cambió las condiciones de funcionamiento de muchas de esas economías.
Fue entonces cuando un conjunto de economistas sudamericanos, principalmente desde la PUC de Río de Janeiro en Brasil donde destaca el brasileño Edmar Bacha y el CEDES en Argentina con Adolfo Canitrot y Roberto Frenkel a la cabeza, percibió que bajo esas nuevas condiciones el enfoque de brechas debía ser ampliado para incluir una tercera brecha: la fiscal.
Dado que en países como Argentina o Brasil, donde no se exportaban recursos naturales en manos del Estado como el cobre o el petróleo, era el superávit comercial generado por el sector privado el que ahora proveía las divisas que necesitaba el sector público para pagar los intereses de la deuda externa, la brecha fiscal pasó a ser la limitante de la acumulación de capital.
En otras palabras, fue el desplome del ahorro público el que se convirtió en la restricción operativa de la inversión.
Recomponer ese ahorro, aumentando la presión tributaria genuina o el impuesto inflacionario, destruía los incentivos necesarios para la inversión privada y para sostener el imprescindible superávit comercial. Sustituir ahorro público por endeudamiento interno tampoco era posible para un Estado insolvente.
El único "remedio" posible era ajustar la inversión pública y, dadas las relaciones de complementariedad con la inversión privada (crowding-in), la inversión agregada. Ésa fue la principal causa del crecimiento negativo en la región durante la llamada década perdida. Una más

La década que pasó

Pero el poder explicativo del enfoque de tres brechas se evaporó en la primera década del nuevo siglo. Si nos enfocamos en Argentina, los términos del intercambio registraron en ese período sus máximos históricos y el Gobierno aumentó la presión impositiva en casi 10 puntos del PIB. Todo ello implicó una suba en la tasa de ahorro y un relajamiento inédito tanto en la brecha externa como fiscal. No obstante, la evolución de la tasa de inversión fue de todos modos decepcionante: apenas subió levemente, a niveles todavía insuficientes para lograr un crecimiento sostenido.
Si ninguna de las tres brechas resultó limitante, ¿qué fue lo que ocurrió? En el sector privado la bonanza de ahorro se agotó rápidamente y la inexistencia de instrumentos financieros con retornos reales positivos, en un contexto de apreciación cambiaria, alentó la colocación de los excedentes en activos externos en vez de alimentar la inversión nacional.
Del lado fiscal, la decisión fue utilizar la mayor presión impositiva no para aumentar la inversión pública y explotar las complementariedades con la privada, sino para incrementar el consumo (en particular la cuenta de subsidios a la energía y de gastos previsionales).
Si esto es así, parece necesario incorporar al modelo una cuarta brecha, asociada a extrema conflictividad que caracteriza la economía política argentina (la brecha de demandas sectoriales).
En un país con alta desigualdad y múltiples demandas insatisfechas, la capacidad de la sociedad para alcanzar acuerdos intertemporales que le permitan internalizar los efectos de las decisiones presentes sobre su futuro parece ser muy limitada.
Entonces, la bonanza se disipa a través del sobreconsumo y es poco lo que se canaliza hacia la inversión no sólo en activos físicos que se reflejan en la medición de la Inversión Bruta en las Cuentas Nacionales sino en capital social como educación, salud o saneamiento.

Una visión integral

En suma, para alcanzar una tasa de inversión consistente con el crecimiento sostenido no existen recetas simples.
En particular, es insuficiente promover políticas market-friendly (estabilidad macro, seguridad jurídica y/o regulaciones sensatas) que cierren la brecha entre ahorro e inversión. Hace falta también transformar una estructura productiva que limita nuestra capacidad de exportar (brecha externa), remover las rigideces fiscales que limitan el ahorro público (brecha fiscal) y, por último, pero no menos importante, canalizar constructivamente el exceso de conflictividad que nos impide alcanzar acuerdos mínimos sobre el país que queremos dejarle a nuestros hijos (brecha de demandas sectoriales).
* (Publicado en El Economista)

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