Las bisagras de la Argentina

Eduardo Antonelli

Las bisagras de la Argentina

En la campaña de 1983, Raúl Alfonsín insistía en que "había que ponerle una bisagra a la historia", haciendo referencia a la secuencia de gobiernos civiles y militares en la Argentina desde 1930, con sus secuelas de divisiones, enfrentamientos y tragedia. Con muchos tropiezos, fruto de largos años de veda política, circunstancias internas e internacionales adversas, todo ello unido a errores propios, una gran parte de los objetivos del primer gobierno democrático desde 1983 se alcanzaron: nunca más hubo golpes de estado en la Argentina y se logró recuperar la República, el federalismo y las libertades públicas, además de superar una dramática situación de beligerancia con Chile y eliminar otra hipótesis de conflicto, en este caso con Brasil.
Parecía que lo único que faltaba para que la Argentina se encaminara definitivamente al lugar que había perdido desde el colapso institucional de 1930 era corregir el rumbo en lo económico, y aparecía como razonable que esa etapa debía estar en manos de una alternancia política que, efectivamente y no sin costos sociales e incluso económicos, logró una larga etapa de estabilidad de precios y crecimiento económico, pese a las marcadas desigualdades sociales que se le asociaron y al creciente rechazo a ostensibles muestras de corrupción. Nuevamente entonces la alternancia mostraba el camino a seguir para lograr otro paso hacia el avance de la Argentina.
Sin embargo, el gobierno que surgió en 1999, con profundas inconsistencias internas y gravísimos errores políticos, tuvo que retirarse anticipadamente de la escena, y la etapa siguiente planteada desde la alternancia para completar el período 1999-2003, puso énfasis en la recuperación económica de la gran debacle originada en los errores del gobierno trunco y las propias primeras medidas iniciales de este nuevo gobierno, muy improvisadas y que generaron una fuerte caída del PBI y aumentos del desempleo.
El fracaso del Gobierno que no completó su período golpeó muy fuerte en la ciudadanía, y el que surgió de las elecciones de 2003, ya con las variables económicas y sociales encaminadas, interpretó esto como un cheque en blanco para cualquier tipo de improvisación política y desvarío en la economía.
El resultado fue un progresivo deterioro de los iniciales logros y un autoritarismo creciente de la mano de una gigantesca arrogancia y gravísimos hechos de corrupción, mientras nuevamente afloraban las manifestaciones de la decadencia argentina. Las elecciones del 25 de octubre, sin embargo, han proporcionado una nueva y esperanzadora bisagra para la Argentina, y aunque falta la instancia del balotaje, es altamente probable que una nueva alternancia surja en la Argentina. Este muy probable escenario para el 10 de diciembre deberá ser necesariamente de transición porque, aunque las ideologías no han muerto, la Argentina, previo a organizarse como cualquier país en dos grandes propuestas la centro-derecha y la centro-izquierda- debe corregir los vicios que han creado una nueva pendularidad, esta vez en términos de República por un lado y concentración antirrepublicana del poder, por el otro. Claramente, esta última es una falsa opción, por lo que el autoritarismo unitario debe ser corregido, toda vez que el respeto a la Constitución, la división de poderes y el federalismo no pueden estar en discusión ni depender de la buena voluntad de quien ejerza el poder.
Por otra parte, una razonable interrelación no conflictiva entre el estado y el sector privado tampoco debe estar permanentemente en disputa, lo mismo que el respeto por el equilibrio fiscal y la estabilidad de precios.
Si esta nueva alternancia consigue instalar este espacio de consenso, más adelante, con la República consolidada e indicadores sociales y económicos encaminados, será también la hora de los matices diferenciales que aporta la ideología y entonces, la Argentina, tal vez antes del centenario del nefasto golpe de 1930, habrá puesto la última bisagra para su merecida estabilidad y prosperidad.

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