La figura de Juan Domingo Perón emerge cada vez más consolidada como referencia fundamental de la política argentina del siglo XX. A la misma altura se ubica Hipólito Yrigoyen.
No fueron lo mismo ni pensaron igual. Lideraron movimientos diferentes en momentos diferentes. Ambos pusieron el cauce para demandas insatisfechas y tendencias transformadoras que marcaban el clima social de cada época.
La formidable construcción de la Nación desde la Independencia y, sobre todo, desde la sanción de la Constitución nacional en 1853 se proponía una república democrática. La Argentina, que avanzó hasta convertirse en la quinta economía mundial, concibió un modelo de inclusión plena, la escuela pública, pero mostró dos flancos muy débiles e irritantes: la concentración del poder en pequeños grupos endogámicos y la ausencia de una economía de contenido social.
Esas vulnerabilidades eran bastante lógicas: la segunda mitad del siglo XIX fue turbulenta en Europa y en Estados Unidos. El Manifiesto Comunista y la Encíclica Rerum Novarum sirven como medida de la magnitud de la crisis.
La Unión Cívica Radical y el justicialismo fueron antagonistas, pero el abrazo postrero de Perón con Ricardo Balbín fue el legado definitivo, aún no asimilado.
El radicalismo encarnó la consagración de los derechos de la clase media plebeya generada por la inmigración. El peronismo, la formidable inclusión de los obreros en la vida política del país.
La construcción de la república democrática aún está en pañales. No hay golpes de Estado, pero falta respeto irrestricto por el orden legal.
La sociedad argentina necesita lograr el equilibrio entre el imperio de la libertad y la igualdad de posibilidades de acceso a la calidad de vida.
La UCR y el PJ perdieron mucho de su espíritu, pero aún está vigente el discurso de Balbín frente al féretro de Perón: "El viejo adversario viene a despedir al amigo".

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