Se llamaba Luna Ruda. Su papá, don Rudecindo, pretendió anotarla como Selene, pero doña Augusta, la mamá de la niña, quiso que se llamase Luna Nueva, pero don Rudecindo y los empleados del Registro Civil la disuadieron con argumentos tales como que "Nueva" no era un nombre sino el estado de, por ejemplo, una silla al ser adquirida. Así que quedó solo Luna.
El asunto fue que Luna creció y se volvió una señorita "papa", como dicen esos groseros que nunca faltan cuando quieren resaltar el estado físico de una dama.
Y aunque el vate Acuña no era grosero ni ordinario, en el fondo de su corazoncito la consideraba a Luna como la reina de esos tubérculos tan apreciados por el paladar de los nativos de casi todas las latitudes.
Soñaba con tenerla doradita en su horno de él, para él solo, ­Qué bocadito!, se relamía, fantasioso, por anticipado.
El vate tenía motivos para sostener esa aspiración erótico-
culinaria. La señorita Luna le había confesado al oído, con voz acaramelada, mientras bailaban apretaditos una noche en El Ateneo: "Vos, el único con el que me dejaría comer enterita. Mañana...".
Y dejó salir esta palabra como una promesa de cumplimiento seguro. Pero ese esperado "mañana" tardaba en llegar, y el afiebrado vate Oscar Acuña se comía impaciente el almanaque.
Cuando se encontraban, la señorita Luna lo saludaba cariñosamente, pero sin demostrar segundas intenciones. Su amigo y compañero en miles de barrabasadas, el maestro Delmiro, lo torturaba canturreando aquel tango que dice: "Has dicho mañana / y has vacilado. /Mañana es mentira, / no puedes negarlo...".
Lo que el ansioso vate ignoraba era que la señorita Luna tenía cambiantes estados de ánimo y de parecer, que bien podrían compararse con las mudanzas del satélite cuyo nombre compartía. Había ocasiones en las que la señorita Luna estaba en la fase de "luna llena", y entonces se mostraba osada y cariñosa, mimosa y complaciente (como esa noche en la que derramó en el oído del vate la promesa). Después menguaba su entusiasmo hasta llegar a la fase de "Luna nueva".
"Luna tenía cambiantes estados de ánimo, que se podrían comparar con las mudanzas del satélite cuyo nombre compartía".
En estos últimos períodos, la señorita Luna aparecía indiferente, distante, fría. Luego pasaba a la fase de condición anímica creciente y volvía a ser la muchacha que el vate quería. Hasta que alcanzaba la fase de "llena". ­La fase ideal!
Delmiro, perspicaz observador, había tomado nota de las singulares transformaciones que experimentaba la niña. Y le dijo al vate: "Mirá, quizás me vas a tomar por orate, pero tu señorita Luna, por no sé qué mecanismo astral, o lo que sea, es como la Luna de arriba, el satélite: tiene fases. Vas a tener que aguardar la que te sea propicia".
El vate Acuña, al escucharlo, pensó que a su amigo se le había reblandecido la mollera, o que pretendía gastarle una broma. Pero Delmiro insistió con argumentos fuertes y, como no hay corazón más crédulo que el de un enamorado, el vate fue convencido.
Y así los dos amigos se dedicaron a vigilar los cambios en la personalidad de la joven. Y, por lo que observaron, comprobaron que la señorita Luna se hallaba, en esos momentos, en la fase de creciente. Habían transcurrido tres semanas desde aquella noche en El Ateneo. Faltaba poco ya.
El vate se preparó a conciencia y, cuando llegó el momento, fue a buscarla. La invitó a salir, "a donde quieras", le dijo. La señorita Luna lo recibió alborozada. Delmiro vio a la pareja, ella y él tomados de la mano, alejarse hacia el centro de la ciudad.
Durante unos días la pareja de enamorados fue inseparable. Y después llegó la distancia que exigía el cambio de fase.
Delmiro y su amigo se encontraron en el bar de Los Tribunales. "¿Cómo te fue, contame?", quiso saber el maestro.
El vate se hizo el distraído unos minutos y después, con alguna reticencia, respondió: "­Qué sé yo! Esa mina es una lunática".

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