La crisis desencadenada en la Unión Europea a raíz del triunfo del Brexit en la consulta popular británica y la consiguiente alarma por su potencial repercusión a favor de Donald Trump en las elecciones estadounidenses, han puesto en vilo a la opinión pública internacional que observa asombrada las consecuencias políticas de un fenómeno estructural que viene remodelando el escenario mundial y que puede sintetizarse en que, por primera vez en cinco siglos, el Occidente desarrollado ha perdido su condición de centro del poder económico. EEUU y Europa estaban acostumbrados a vivir en un mundo dominado por ellos. Esa hegemonía ha terminado: más de la mitad del producto bruto mundial corresponde ya a los países emergentes. En 1990, ese porcentaje era del 30%. Desde entonces, al impulso de la globalización, se produjo un proceso de convergencia que, en apenas 215 años, rediseñó la geografía económica mundial, cuyo eje pasó del norte al sur, del este al oeste y del Atlántico al Pacífico. Durante la década del 90, los países desarrollados crecieron a un promedio del 2,9% anual y los emergentes al 3,6%. En la primera década de este siglo, el promedio de los países desarrollados, afectados por la crisis internacional de 2008, bajó al 1,9% anual y los emergentes crecieron al 6,2%. A partir de 2011 los desarrollados crecieron a un ritmo del 2,5% y los emergentes al 6,6% anual. Ese diferencial de crecimiento explica ese desplazamiento en la economía mundial.
Pero más alucinante que la foto es la película. El informe "El mundo en 2050", elaborado por la consultora británica Price waterhouse Coopers (PwC), sostiene que en 2030 las economías de los siete principales países emergentes (China, India, Brasil, Rusia, México, Indonesia y Turquía) superarán a las de las tradicionales potencias del G-7 (Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Canadá) y que en 2050 esa diferencia entre la suma de los productos brutos combinados se elevará hasta el 54% para el "nuevo G-7" y al 36% para los antiguos. Según ese estudio de PwC, la UE sólo mantendrá un papel relevante en la economía mundial si actúa como una entidad unificada. En 2050, el tamaño de las 27 economías de la Unión Europea sumados (el informe incluía a Gran Bretaña) podría compararse a China, Estados Unidos y la India, que en su conjunto generarán cerca de la mitad de la actividad económica del planeta.
En las estimaciones, ninguna economía de la Unión Europea figura entre las ocho primeras en 2050.
En cambio, China asciende del segundo al primer lugar, India del cuarto al segundo, Brasil del noveno al cuarto, México del undécimo al séptimo e Indonesia del décimo sexto al octavo. Un fenómeno semejante ocurre con la expansión de la clase media mundial. Según un informe elaborado por la consultora Ernst & Young, el Banco Goldman Sachs y el Wolfensohn Center of Development, en 2009 la clase media mundial se distribuía entre un 60% en el mundo desarrollado (36% en EE UU y 24% en Europa Occidental) y el 28% en el Asia Pacífico. El trabajo consigna que esa clase media mundial cambiará cualitativamente su localización: el 60% vivirá en el Asia Pacífico. Esta tendencia estructural, que obedece al efecto combinado del estancamiento demográfico de los países desarrollados y el avance económico de los emergentes, tiene relevancia estratégica porque marca la dirección en que avanza el aumento del consumo mundial y por ende el bienestar de las poblaciones. En 1993, un injustamente olvidado empresario franco - británico, James Goldsmith, conservador y euroescéptico, publicó su libro "La Trampa", donde alertaba sobre los riesgos que corría Europa con la globalización. Pronosticaba que el masivo traslado de las inversiones de las corporaciones transnacionales occidentales desde los países desarrollados hacia los emergentes perjudicaría a los trabajadores europeos en beneficio de los asiáticos. Esta referencia no es sólo bibliográfica: Goldsmith, fallecido en 1997, fue uno de los cofundadores del Referendum Party, creado en Gran Bretaña en 1994. Curiosamente, aquella prédica de Goldsmith, que salvo en algunos sectores marginales de la izquierda europea cayó en el vacío, coincidía temporalmente con el auge del "movimiento antiglobalización" en América Latina, que tomó impulso a partir de 1990 con la creación del Foro de San Pablo, inspirado por el Partido de los Trabajadores (PT). Las fuerzas de izquierda de la región se unieron para denunciar exactamente lo contrario: ese "nuevo orden internacional" signado por la apertura de las economías iba a incrementar la brecha entre los países ricos y los países pobres. Hoy, el péndulo latinoamericano gira en la dirección opuesta. América Latina mira más a Asia que a Europa. Cuba avanza en la normalización de sus relaciones económicas con Estados Unidos. La crisis terminal del régimen "chavista" liquida la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), que incluía a Venezuela, Cuba, Ecuador, Bolivia y Nicaragua. En la Argentina, Mauricio Macri promueve un acercamiento con la Alianza del Pacífico que, al revés del agónico "eje bolivariano" y del estancado MERCOSUR, propicia una mayor integración en la economía mundial.
En Brasil, el juicio político contra Dilma Rousseff desaloja al PT del gobierno y acelera el debate sobre la redefinición del Mercosur. En Perú, la segunda vuelta de la elección presidencial fue una competencia entre Pedro Kuczynski y Keiko Fujimori, firmes partidarios de la economía de mercado. En Colombia, la principal oposición al gobierno conservador de Juan Manuel Santos está a su derecha y es liderada por su antecesor, Alvaro Uribe. Curiosa ironía: cuando los latinoamericanos dejan de escuchar las diatribas "antiglobalización" del Foro de San Pablo, los europeos empiezan a prestarle atención a la prédica de Goldsmith, aunque todo indica que el impacto del Brexit terminará siendo mucho más simbólico que real y que, una vez descargada su frustración en las urnas, los británicos buscan licuar los efectos económicos de su decisión.

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