Un bicentenario no es cosa de todos los días, ni siquiera para todas las generaciones. Para algunos es un privilegio haber transitado la mitad del siglo pasado y ser protagonistas de este con la celebración de los principales, relacionados al surgimiento del estado nacional.
Nada más ni nada menos que el surgimiento de un nuevo país, resultante de la decisión política adoptada por hombres y mujeres en el marco de un complejo cuadro de situación, solamente entendible como determinación táctica de una estratégica voluntad soberana de manifestación Independentista que, después de doscientos años transcurridos, todavía busca su cimentación en el cuerpo y espíritu de su organización constitucional y la reafirmación ineludible e inclaudicable de su soberanía, que debe ser integral y permanente. Objetivos que respondieron y responden a un proceso abierto, dinámico, angustioso y traumático por complejidad. Edificado desde el pasado, pero enriquecido y fortalecido en el esfuerzo y el protagonismo sostenido de su pueblo.
Si errado es el diagnóstico, errada será la terapéutica. Disciplinada y organizadamente hemos confundido el estado con la nación misma, cuando el primero es solo una parte de la segunda. La decisión de generar un nuevo estado explicitó la conciencia de nación. No basta. Urge conocer y consustanciarse con los genes nacionales para poder encauzar el destino del estado. Si después de 200 años conocemos en forma rudimentaria las partes componentes del estado y su compleja ingeniería, nos encontramos en la traumática instancia de reconocer que es poco, o casi nada, lo que conocemos de la nación que no tiene menos de 8.000 años.
Una errónea, en ocasiones premeditada, lectura de los sucesos históricos, legado de los padres fundadores, nos llevó a no preocuparnos por estudiar lo nuestro y, en contrapartida, esmerarnos en el estudio y copia de experiencias ajenas. Así pretendimos instalar modelos organizativos externos como si los supuestos buenos resultados fueran consecuencias de cargar valijas con recetas luego aplicadas de manera coercitivas, por aquello de que "la letra con sangre entra".
Ojalá la civilización y el progreso fueran cosa de trasplantes y no de centenarios y sacrificados procesos. Si, como dicen algunos, "la política es el arte de lo posible" como todo producto artístico o histórico es único e irrepetible. En contrapartida nosotros nos dedicamos a copiar todo: modelo de construcción de ciudades, sistema educativo, hasta la constitución misma. La pregunta es por qué no nos dedicamos con la misma tozudez y ahínco a copiar la voluntad transformadora, la visión continentalista, la capacidad de entrega y sacrificio en pos de altos ideales políticos, el desinterés por el bienestar material individual postergando el colectivo, la talentosa virtud de saber leer lo conveniente al interés nacional, la maravillosa convicción de apostar a los sueños antes que ceder ante las tentadoras ofertas que recibieron para beneficiar a intereses sectoriales o personales, tantos otros valores que nos aportaron algunos de los padres fundadores, al menos los integrantes del trípode paradigmático (San Martín - Güemes - Belgrano) y todos aquellos que podríamos rescatar de los pueblos ancestrales y originarios.
Cuesta encontrar la fuente que nos convenció de que con la Declaración de la Independencia, el 9 de julio el 1816, concluía el proceso independentista. Como si la cuestión fuera cosa de una declaración, cuando en realidad a partir de allí comenzaba lo más difícil. Mejor que decir es hacer. Porque lo peor que nos puede ocurrir es autoconvencernos de que la obra está concluida. Por el contrario, el gran proyecto nacional de liberación está inconcluso. Es la gran deuda interna pendiente. La madre de otras como el recupero de la visión continental ya que el proyecto iniciado en 1543, cuando se crea la Confederación de Pueblos Diaguito Calchaquí con otros eslabonamientos fundamentales, dentro de los cuales sobresalen mayo de 1810, el posicionamiento del Segundo Triunvirato, El Éxodo jujeño, la Batalla de Tucumán, el Congreso Soberano y Constituyente de 1813, la adopción de un escudo, el Himno Nacional, la transformación del estandarte - insignia en bandera nacional concretada fácticamente el sábado 13 de febrero de 1813 en las márgenes del Río Juramento, la Batalla de Salta, la conformación del sublime trípode estratégico - táctico - Pro independentista en las figuras de San Martín - Güemes y Belgrano posibilitaron el Congreso independentista de Tucumán; todo ello, y mucho más, para desestructurar un proyecto de dominación colonial que ejecutó el poder imperial español, el que tuvo carácter continental y se manifestó en sus cuatro virreinatos y varias capitanías generales; por lo tanto el proyecto emancipador tenía y debe tener también carácter continental.
Hace doscientos años, en Tucumán, veintinueve diputados representantes de una modesta ciudad y trece aldeas, a las dos de la tarde de aquel día martes exaltaron con su decisión política el gran apotegma: ¡Libres o muertos jamás esclavos! Posiblemente hoy la gran mayoría de los argentinos y americanos tenemos la voluntad de proseguir el camino trazado, concretar el objetivo inconcluso, marcado con claridad el 19 de julio de 1816, cuando esos mismos diputados agregaron a la histórica acta: “Libres de España, pero también de cualquier otra potencia extranjera”. Pero no se trata de apelar al voluntarismo, tampoco de recurrir a análisis mágicos ni de posicionamientos especulativos que tienen más de cercanía con chauvinismos o meras y mezquinas especulaciones propias de la ingeniería electoral. Se trata de asumir el pasado sin quedar sumergido en la complejidad de su acontecer; se trata de estudiarlo profundamente, de conocer y comprender el verdadero legado político institucional de aquellos jóvenes dirigentes que talentosamente, con audacia, con convicciones, con pasiones se enfrentaron al poder multinacional europeo, para manifestar hacia los cuatro puntos cardinales la decisión de generar un nuevo estado de carácter libre e independiente en el tablero de la política internacional, en el contexto de respeto al derecho a la autodeterminación de los pueblos. Los timoratos y especuladores tuvieron la oportunidad de enterarse de que las grandes empresas están reservadas para los grandes hombres. Es decir para que los que tienen visión de estadistas; para los que están convencidos de que amar a la patria es algo que está más allá de la grandilocuencia de las palabras y la ampulosidad de los gestos.
Porque ellos, hace doscientos años, cuando el fracaso de las aspiraciones imperiales de Napoleón Bonaparte dio lugar al recupero del poder monárquico, para entonces en el mundo solo quedaba en pie una república: los Estados Unidos de Norteamérica. En el momento más complicado, más difícil, para algunos el menos conveniente. Para ellos fue el momento político esperado, la hora justa. Nuestros próceres se animaron a soñar y luchar hasta dar la vida incluso, por el surgimiento de las nuevas repúblicas que hoy nos contienen. Ellos adoptaron las decisiones políticas que estuvieron al alcance de sus posibilidades en su tiempo. Hoy sabemos que fueron insuficientes, que la independencia proclamada fue parcial, tuvo más de política que de consonancias en las estructuras financieras. A partir de allí fuimos dependientes de quien dominó los mares y los mercados y por lo tanto fue nuestra principal compradora de materias primas y vendedora de productos manufacturados: Inglaterra y su revolución industrial.
Se podría decir que en cierta manera solo cambiamos de amo.

El país histórico
Lo que alguna vez fue denominado por los historiadores “El País Histórico”, actual noroeste argentino, al haber sido protagonista vital en la proyección del Plan Sanmartiniano ha sido reivindicado con el reconocimiento de prócer nacional a Martín Miguel Juan de Mata Güemes Montero. Debe entenderse su inserción en el panteón paradigmático de la nacionalidad junto a San Martín y Belgrano no solo como una valoración a su capacidad de estadista que sentó el primer precedente de un gobernante elegido por la voluntad expresa de su pueblo, luego reconocida por las formalidades propias de la época, que murió en pleno ejercicio de la alta investidura a la que dignificó estableciendo el primer precedente de derecho gremial en la historia del naciente estado a través del Fuero Gaucho, como también la férrea defensa de los derechos de mujeres y niños. El único general en jefe de ejército, en el período independentista que murió en combate; que supo despreciar más que atractivos intentos de sobornos para que rindiera armas. Uno de los pocos que supo leer, comprender, comprometerse hasta con la vida con el proyecto de carácter independentista, americano, revolucionario y nacional del padre de la patria, que nacido en una cuna dorada aceptó transcurrir diez días de agonía con una bala en su cuerpo y morir debajo de un cebil colorado. Eso y mucho más se le reconoce al comandante de milicias gauchas. Generador de una táctica de combate que todavía hoy sorprende a los especialistas. Pero sería una ingratitud y una injusticia si no ponemos el mismo empeño que pusimos para con Güemes para reivindicar e insertar en el reconocimiento pleno lo aportado por José Gervasio de Artigas. Entonces si tendremos la delantera completa para avanzar a la reconquista de la memoria colectiva delos americanos.


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