Libia: el EI golpea las puertas de Europa

Pascual Albanese

Libia: el EI golpea las puertas de Europa

El Estado Islámico (EI) ha consolidado una base de operaciones en Libia, a escasos trescientos kilómetros de la costa italiana, en lo que constituye una amenaza directa a la seguridad europea y crea un nuevo foco de conflicto que, más temprano que tarde, requerirá una intervención internacional en un país que atraviesa un acelerado proceso de desintegración.
El enviado especial de Naciones Unidas para Libia, el alemán Martin Kobler, aseguró que el EI cuenta entre 3.000 y 6.000 combatientes en Libia, una cifra que casi duplica las estimaciones del año pasado.
Según Kobler, ese incremento obedece a la huida de milicianos del EI provocada por los intensos bombardeos de la coalición internacional en Siria e Irak.
Militarmente, el EI está siendo acosado en Siria e Irak. Las tropas iraquíes están a sólo cincuenta kilómetros de Raqqa, la ciudad siria que es la capital oficial del EI.
Mientras, en la ciudad de Mosul, en las proximidades de los principales yacimientos petrolíferos de Irak, el resquebrajamiento de una gigantesca represa hidroeléctrica amenaza con provocar una tragedia que anegaría un vasto territorio controlado por el Califato.
En Libia, el Estado Islámico se hizo fuerte en Sirte, la ciudad natal de Muhamar el Gadafi.
El periódico "Lybia Herald" denunció que allí el EI opera "con la impunidad suficiente para acribillar civiles acusados de espionaje y colgar sus cadáveres crucificados en las calles". Imágenes difundidas a través de las redes sociales muestran a la policía religiosa instruyendo a los pobladores locales sobre cómo vestir correctamente de acuerdo con su interpretación de las reglas islámicas.
Desde Sirte, las tropas del EI pujan por adueñarse de las instalaciones petroleras del Golfo de Bengasi, donde ya han perpetrado dos ataques en las últimas semanas.
Esa apropiación le abriría la oportunidad de participar en un mercado negro de petróleo y combustibles, como sucede en Siria e Irak, lo que aumentaría cualitativamente el poderío económico de la organización.
El titular de la CIA, John Brennan, en una reciente presentación ante el Senado norteamericano, señaló que "Libia se ha convertido en un imán para los individuos de todo el continente africano".
Brett McGurk, representante estadounidense dentro de la Coalición Global contra el EI, afirma que "sabemos, a través de sus propias publicaciones, que ahora están diciendo a sus combatientes: no vayáis a Siria. Id a cualquier parte. Id a Libia".
Abdul Qadir al-Najdi, quien se autotitula "emir encargado de la administración de las provincias de Libia", sostuvo que su acción estaba orientada a consolidar "la vanguardia del Califato", definición que implícitamente certificaría que el objetivo estratégico del ISIS es Europa Occidental. En una entrevista aparecida en la publicación "Estado Islámico Al-Naba", advirtió a los países vecinos de Libia que no podrán detener la expansión del EI: "Usted se está protegiendo de los detonadores con escudos de bambú y de la inundación con un anillo de madera", declaró.
Al Najdi, quien se ufana de estar "en constante comunicación" con las oficinas centrales de la organización en Irak y Siria, describió al EI en Libia como "aún joven", pero ratificó que "las provincias de Libia se han convertido en el destino de los muyahidines y un santuario para los oprimidos" y que "el número de inmigrantes se multiplicó en todas las áreas, a pesar de los intentos por parte de Occidente para prevenir su inmigración".
La venganza de Gadafi
El hecho de que el centro operativo para esta expansión del Califato Islámico sea Sirte, tradicional baluarte de Gadafi, donde se refugió luego de la intervención militar internacional que lo desalojó de Trípoli y permaneció escondido hasta ser detenido y ejecutado, permite establecer un sugestivo paralelismo histórico entre lo que ocurre en Libia y lo que sucedió en Irak.
Hussein también había sido apresado en su ciudad natal, Tikrit, que con el tiempo se transformó en un bastión del EI.
Tanto en Libia como en Irak, el EI se nutrió con el aporte de los antiguos acólitos de los líderes nacionalistas derrocados por iniciativa de Washington.
Así como muchos dirigentes del Partido Baath y oficiales del ejército iraquí se plegaron al EI y propiciaron la creación del Califato Islámico y su posterior extensión a Siria, los partidarios de Gadafi encontraron en el EI una oportunidad para escapar de la persecución y resistir a la ocupación extranjera.
De hecho, las tropas libias de la denominada Brigada 166, que están en la primera línea de fuego contra el EI, tienen su asiento en Misrata, cercana Sirte, cuya población conserva fresca la memoria de su enfrentamiento con las milicias de Gadafi en las semanas previas de su apresamiento, en octubre de 2011.
Para ellos, hay una relación directa entre la guerra que libran hoy y aquellos combates de antaño.
Esa influencia de los partidarios de Gadafi y de Hussein genera inclusive algunos problemas intestinos entre los milicianos islámicos.
Acaba de conocerse que un yihadista desertor entregó a los servicios occidentales una lista de 22.000 nombres de combatientes de la organización, con sus datos personales, incluidos familiares en sus países de origen.
Fundó su desilusión en el hecho de que la cúpula militar del EI, a cargo de exoficiales del ejército de Hussein, no respeta las normas del Islam.
Muerte y resurrección
La expansión del EI en territorio libio tiene como trasfondo un cuadro de desintegración política.
Ninguna de las diversas facciones en pugna pudo ocupar hasta ahora el vacío de poder dejado por la desaparición de Gadafi, quien gobernó el país con mano de hierro durante más de cincuenta años.
Esos bandos en disputa aparecen más interesadas en combatir entre sí que en enfrentar a los milicianos
yihadistas.
Ese estado de anarquía obstruye también la posibilidad de una intervención internacional, que tendría que ser concertada con un gobierno legalmente reconocido.
En la actualidad, hay dos que disputan ese reconocimiento.
Uno es el Gobierno de Salvación Nacional, de filiación islámica, pero no vinculado con el EI, que tiene su asiento en la capital, Trípoli. El segundo, de tinte laico, se asienta en la ciudad de Tobruk.
La relación de fuerzas es pareja pero asimétrica.
Ambos gobiernos cuentan con fortalezas y vulnerabilidades.
Mientras el de Trípoli controla el Banco Central y la Compañía Nacional de Petróleo, lo que le otorga un fuerte poder económico, la administración radicada en Tobruk alberga al Parlamento, dirige el Ejército y cuenta con la simpatía de las potencias occidentales.
Las Naciones Unidas, a través de Kobler, trabajan activamente en acelerar las negociaciones para forjar un gobierno de unidad nacional.
Semanas atrás, esas tratativas parecían haber fructificado en un acuerdo, sacralizado en la vecina Túnez, que implicaba la formación de un gobierno provisional, con 32 ministros, en el que estarían representados los distintos grupos.
Pero el Parlamento de Tobruk rechazó el acuerdo, lo que obligó a reanudar las conversaciones para reformular los términos del entendimiento, que estaría en vías de alcanzarse.
El restablecimiento de un gobierno central facilitaría en las Naciones Unidas el consenso necesario para una intervención militar. Esa intervención oficializaría la acción que ya desarrollan clandestinamente en el terreno los agentes de servicios de inteligencia occidentales y tropas especiales francesas, que realizan una esforzada tarea de contención al avance del EI.
La perspectiva estratégica es el avance hacia una mayor internacionalización del conflicto.
Seguramente derrotado en Siria e Irak, el EI reaparece en Libia y muy probablemente lo hará también en otros países de la región en los que encuentre condiciones políticas adecuadas para su implantación. En la era de la globalización, irrumpe una "guerra de guerrillas" a escala mundial.

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