La inundación pasó. Quedan el dolor y la desolación. Por enésima vez, salieron a la superficie las promesas incumplidas de los gobernantes y, como dato anexo y no menos impactante, la vulnerabilidad de las madres solas, que se potencia en estas crisis.
La tormenta del sábado pasado inauguró la temporada de lluvias con el peor de los presagios: más de 200 evacuados y las pérdidas que ello supone. Villa Juanita, en el sur de la ciudad, fue uno de los barrios más perjudicados, porque a la fuerza del agua que cayó del cielo se agregó el desborde del pestilente cauce a cielo abierto del canal Tinkunaku, que atraviesa el precario caserío y lo condena a la insalubridad y al peligro constante.
Allí, el centro comunitario que alguna vez construyó el desaparecido padre Ernesto Martearena en la calle Julio Argentino Roca al 1900 fue, y sigue siendo, el refugio donde los afectados -generalmente mujeres y niños- se protegieron de las inclemencias. Allí siguen esperando poder regresar a sus casas.
En ese mismo lugar está Martha, con sus desvelos y sus esfuerzos para responder al cúmulo de necesidades de la gente. Porque "la ayuda que recibimos del gobierno fue mínima", dijo la mujer para luego recordar que la Cooperadora Asistencial les llevó 20 bolsones de comida, 20 bolsas de pañales y un pack de limpieza. Nada más que eso para 253 personas hace tres días. "Es inhumano lo que pasa esta gente", remarcó Martha.
Ahora quedan 18 personas en ese refugio. Las demás volvieron a sus casas para intentar salvar algo de lo que el espeso barro les dejó en pie. Colchones y ropa de vestir intentan secarse al sol, en los patios; en el interior, heladeras, televisores, cocinas y muebles persisten estoicos, más o menos inutilizados.
La preocupación de la gente recién empieza. Todos saben que el agua puede volver en cualquier momento y otra vez deberán correr para poner a salvo las vidas mientras ven cómo todo lo que pudieron tener para vivir flota en las habitaciones, en los patios y hasta en las calles. Además, la amenaza de víboras, alacranes, ratas, está al orden del día.

"Los políticos no vienen"
"Ningún político viene, nadie del Gobierno responde cuando vamos a pedirles algo. Ahora, las elecciones ya pasaron, ellos ya vinieron a dejar los votos y a pedir que los votemos", coincidieron varias mujeres que ayer "hicieron cola" para mostrar a El Tribuno el desastre en el que se convirtieron sus precarias viviendas. Y sus atendibles temores porque entienden que están solas en esto. "A los funcionarios no les importamos, ellos prometen y luego desaparecen, como siempre", remarcaron.
Reciben, en cambio, ayuda de muchas familias de barrios vecinos, que todos los días llegan al centro comunitario de villa Juanita con sus bolsas con comida, ropa y pañales. Un gesto para resaltar en medio de tanta indiferencia oficial.

Pudo salvar el pesebre
Mabel (35) es mamá de Micaela, de 5 años. Vive con su madre Luisa y sus sobrinos Belén y Sergio. La fotografía de su casa es lastimosa, todo está mojado, sin funcionar, arruinado.
Sobre una tabla, a salvo, hay pastores, animales, un Niño Dios, sus padres y los Reyes Magos, que sobrevivieron a la inundación, y que desde anoche están dispuestos como pesebre, al pie del Árbol de Navidad. Pero Mabel sabe que no puede parar, tiene que seguir saliendo a la calle a vender chatarra, porque con eso vive y con eso deberá intentar reponer algo, por lo menos, de lo que el agua le llevó. Como en todos los casos, las heladeras han sido las más afectadas. Inclusive, en varios casos, tienen mercadería que en pocas horas más tendrán que tirar.

"¿Quién me devuelve?"
Yolanda (67) no tiene consuelo. Mira hacia un lado y hacia otro adentro de su casa embarrada, con todo arruinado, y se pregunta una y otra vez: "¿Quién me va a devolver las cosas que el agua me llevó? Todo ha sido comprado con muchísimo sacrificio". Cobra una pensión de su esposo de $350. Comparte la vivienda con un hijo y tres nietos. Ahora no tiene cocina, lavarropas, heladera, ropa ni comida. Todos los días va al centro comunitario a almorzar "porque en la casa no hay nada", aseguró. Y fue directa con las autoridades que dejan la intendencia: "Nosotros nos inundamos por la lluvia pero mucho, también, por el desborde de Tinkunaku que debería estar canalizado porque al intendente (Miguel) Isa le dieron la plata, pero nunca lo terminó. Ellos no viven acá, ­qué les importa...!".
En muchas de las casas se ven libros y cuadernos colgados de sogas, secándose. Algunos ya serán parte de la historia escolar de 2014; otros son indispensables para estudiar y terminar de rendir las materias de este año.
Victoria los necesita para sus estudios universitarios; Macarena para rendir la semana que viene una materia del secundario y Santi, como recuerdo del primer grado.
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<div>Volver a empezar: todo embarrado, todo amontonado, todo arruinado. Lucas Alascio</div><div><br></div>
Volver a empezar: todo embarrado, todo amontonado, todo arruinado. Lucas Alascio

Las madres solas
En el centro comunitario de villa Juanita abundan mujeres y niños. Algunas están ahí mientras sus parejas están trabajando o cuidando lo poco que el agua les dejó. Porque, como es sabido, estas ocasiones no están exentas de los robos.
Pero hay otras mujeres que están ahí con los chicos porque no pueden volver a sus casas. "Mi esposo me echó, no me deja entrar porque dormimos acá y cuando fui esta mañana me dijo que me volviera nomás", contó una joven.
Otra mujer tenía su casita en barrio Jardín, sobre la ladera del cerro, pero el agua la derribó. "Quedé en situación de calle, no tengo adónde ir y nadie me da una respuesta", dijo tras destacar que "menos mal que acá tenemos un techo, por lo menos, hasta que resuelva mi situación".
No son pocas las que en realidades similares acudieron a distintas áreas del Gobierno provincial en busca de ayuda, pero "nunca tuvimos respuesta. Parece que no entramos en la defensa de los derechos humanos de los que tanto se habla", coincidieron.

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Julian Centella
Julian Centella · Hace 11 meses

Cambiar Salta fue, y sigue siendo, el sueño de muchos. El desafío de transformar nuestra realidad y de eliminar lacras como la pobreza, el caciquismo, la corrupción y las violencias es gigantesco. Se trata de comenzar a caminar en esta dirección. De hacerlo aprovechando los carriles que brinda la democracia; incluso esta democracia decadente que tenemos. Marchar hacia metas esquivas, hace largo tiempo añoradas y pocas veces explicitadas. Metas que, aunque puedan ir saliendo de las inquietudes de los iluminados que en toda comunidad afortunadamente existen, sean asumidas y comprendidas por el conjunto de una sociedad compleja como la nuestra. No se trata de mejorar la vida de algunos, de cholulear con la informática, ni de maquillar la cotidianeidad para que nada cambie. DISFRASARSE DE GAUCHO EN JUNIO, de beato de día y de noche burro pardo, de cristiano en septiembre, de verde en octubre o de hombre bueno y sonriente cada dos años para conquistar votos mansos, es una tarea de gente aviesa que busca el poder para sus trapisondas y chanchullos. Para girar hacia una sociedad democrática, pujante, pluralista y libre precisamos, ante todo, hacernos cargo de nuestra cruda realidad. Sin tapujos, insultos ni descalificaciones. SIN INSTITUCIONES NO HAY FUTURO.


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