En aquellos días los respectivos tagarates de la Virrey Toledo y de la Entre Ríos, simples calles de tierra que presumían por anticipado de avenidas, no estaban cubiertos ("tapados", decían las vecinas). Aún no había llegado el tiempo del gobernador Durand, que se encargaría de esas y otras obras.
Bien, esos tagarates, o canales como se dice ahora, eran un peligro en esas condiciones, pero también un lugar de entretenimiento y diversión para los changos.
Cuando llovía, los tagarates iban de bote a bote, sobre todo el de la Virrey Toledo, pues se le agregaba el agua proveniente de La Talita y de Tres Cerritos (todavía su urbanización era un mero proyecto).
Y cuando confluía el torrente de la Virrey Toledo con el de la Entre Ríos, el tagarate, hasta el río Arenales, era para tener más que cuidado.
Sin embargo, los changos, temerarios hasta decir basta, no se iban con chiquitas. Desafiaban el peligro con esa especie de estupidez propia de la edad. ¿Qué hacían? Pues, ustedes juzguen.
En esa época no existían los lavarropas ni nada que se le pareciera. En la mayoría de las casas lavaban la ropa en bateas (ya saben, una especie de bandeja de madera que los muchachos usaban como improvisadas canoas).
Por más que las madres estuviesen atentas, los changos se las llevaban igual. Y desde La Talita comenzaban la prueba, o lo que haya sido.
Y era de verlos navegar sobre las bateas, incontrolables, en las embravecidas aguas del tagarate hasta más allá de la Rural, donde un grupo de changos mayores los recataban.
­Era bravo el asunto!
El punto más riesgoso era la confluencia de los torrentes, donde todo era turbulencia. Más de un "navegante" tuvo ahí el final de su aventura y, como se decía, "casi quedan para que los soplemos como a pajaritos".
Y no era cuento. En las aguas del tagarate de la Virrey Toledo había caído Cocoliche, un personaje que acostumbraba a dormir bajo el puente, y no se supo nunca más de él. Similar suerte tuvo el Gordo Tabla, famoso ladrón de gallinas, que apostó que iría nadando hasta el río. Hasta el río llegó, pero él no se enteró de su "hazaña".


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Sección Editorial

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Walter LUNA
Walter LUNA · Hace 11 meses

Muchas veces me le escapaba a mi madre, para ir a bañarme en “La Talita”. Allí murieron ahogados un par de mis mejores amigos que aún hoy los recuerdo. Asimismo, cuantas cosas se hicieron con uno de los ilustres, y olvidados, hombres de nuestra Provincia: me refiero al excelente Gobernador Ricardo J. Durand.


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