Suponer que tras una década de desmanejos económicos y desbordes de gastos, la salida sería fácil, era una simplicidad de voluntaristas, o el fruto del desconocimiento de los inexpertos. Y, como ocurre casi siempre en muchas de las situaciones críticas de la economía, son justamente los alimentos, uno de los principales termómetros del nivel de complejidad de lo que está ocurriendo.
En tal sentido, lo que sucede hoy es que los precios de la mayoría de ellos se "dispararon", y no se estuvo produciendo más. Ambos términos de la ecuación tienen sus justificaciones.
En el primero, porque evidentemente la demanda siguió convalidando los aumentos, y eso debido a que la emisión monetaria, aunque descendente, se mantuvo durante buena parte de los dos meses que lleva la nueva administración Macri. Ahora se debería estabilizar/debilitar la presión de la demanda y, por ende, tenderían a bajar o estabilizarse los precios en forma relativa.
Pero lógicamente no fue solo eso. El hecho es que en el ínterin también continuaron los aumentos de varios costos, incluyendo los combustibles, energía, precios de insumos importados ante el "blanqueo" del nivel del dólar, etc..
A esto se debe agregar la expectativa de un dólar por encima de los $ 13,50-$ 14 en los que se ubicó y, como nadie quiere perder, los eslabones comerciales se cubrieron, en tanto y en cuanto la demanda siguió presionando sobre los precios.
El segundo aspecto, la producción limitada, también responde a distintos factores, desde los estacionales que impiden ciertas actividades, hasta la duración de los ciclos de la naturaleza, pasando por el hecho para nada menor- de que productores e industriales de alimentos (usinas, polleros, frigoríficos, vitivinicultores, etc.), no tienen liquidez y, peor aún, están endeudados. No tienen con que producir más. No hay plata para invertir.
A estos factores "internos", hay que agregarle los condimentos extras, como el clima (que se está comportando en forma ambigua), y los mercados internacionales que, en el caso de los alimentos, están flojos en general, con la sola excepción de la carne vacuna, que sigue su tendencia levemente alcista en el mundo. En el extremo opuesto se ubica la leche, que en estos días atravesó, a nivel internacional, el umbral de los US$ 2.000 por tonelada, tras haber cotizado a casi US$ 6.000 en plena era Moreno (lo que se desaprovechó absolutamente).
En este punto hay que considerar, además, que la brutal caída de competitividad de los productos argentinos debido, entre otras cosas, al muy bajo nivel al que llegó a caer el dólar, además de las menores cotizaciones internacionales, determinó en algunos rubros la aparición de abultados stocks que ahora pesan sobre los precios de la materia prima local, caso el vino, la leche, etc. (aunque, aún así, no se registren "bajas" a nivel de los mostradores).
Si esto es correcto, lo que cabe esperar entonces es un aumento de la tensión, ya que el acomodamiento natural del mercado (si cae la demanda, finalmente terminan bajando los precios, o desapareciendo la actividad si no puede adaptar los costos) es siempre más lenta que lo necesario, lo que dispara la inmediata reacción de algunos funcionarios "voluntaristas" o "ansiosos", que pretenden ver en una eventual importación, la solución a los picos de precios. Esto ya se vio, lamentablemente, desde hace décadas, en el caso de la carne.
Sin embargo, al ser Argentina un país neto exportador de alimentos, esa posibilidad se dificulta. Por caso, ¿de dónde se podría importar carne en los volúmenes suficientes?, ¿de Australia?, ¿de EEUU?, ¿de alguno de los países vecinos? Pues en este caso, además de que todos los proveedores tienen bien definida su "clientela", los precios son muy similares a los locales, y si se le suman los fletes (por más que los internacionales bajaron mucho en concordancia con el petróleo), el valor del producto importado internalizado termina siendo superior al local.
Nada que agregar respecto al gusto y al tipo de carne que, en general, es de animales mucho más grandes y pesados que los que consume el mercado local, por lo que las importaciones pueden ser solo de algún corte excedente en mercados muy cercanos, pero no mucho más. Al respecto, se dice que el máximo que se llegó a traer de Uruguay fue de 10.000 toneladas. Por otra parte, el proceso llevaría varios meses de instrumentación.
¿Se puede importar trigo?. Brasil, un tradicional cliente de Argentina, tuvo que recurrir a Rusia o a Canadá cuando la producción local cayó a niveles que apenas alcanzaba para el consumo local, y con calidades cada vez más bajas.
En el caso de los granos, se podría agregar que los puertos argentinos están preparados para "cargar", no para "descargar", lo que implicaría hacer obras de adaptación a los nuevos requerimientos.
Otra. ¿Se puede importar fruta, mientras se siguen dejando miles de toneladas sin cosechar por falta de recursos?
Y tal vez es el punto central, ¿si no se puede socorrer ni estratégicamente a los sectores productivos más comprometidos, con que plata se va a importar?
Evidentemente, el Gobierno está "entre la espada y la pared". El ordenamiento es complejo, mucho más si el plan y los objetivos no parecen demasiado claros aún. Y, como siempre se dice, con plata lo hace cualquiera, el asunto es cuando hay que poner creatividad, nuevas herramientas, y un verdadero equipo en funcionamiento, además de un "relato" que le diga claramente a los consumidores y a los productores a qué es lo que se enfrenta y cuáles los sacrificios que habrá que afrontar para poder salir adelante, más allá de la coyuntura.

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Sección Editorial

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Erik Larsen
Erik Larsen · Hace 9 meses

Bastante bueno el artículo. Una rareza en este diario. Pero tiene un error conceptual muy grande: todas las consideraciones que hace para explicar que las importaciones no traerían beneficio al país, son consideraciones que deben hacer los EMPRESARIOS, no los funcionarios del gobierno. El empresario es, por definición, una persona que ve una oportunidad donde otros sólo ven problemas. Por ejemplo, la autora se pregunta de dónde saldrá la plata para importar. Muy simple, la plata sale de una pequeña inversión inicial de riesgo que pone un empresario de su propio bolsillo. El resto del dinero sale del giro del negocio. Afirma, además, que sólo podrían importarse determinados excedentes, como desdeñando este hecho, cuando la cultura carnívora argentina se basa justamente en esos excedentes (nadie quería costilla ni blandos comunes con los que al final aquí prepararon asado y carnes picadas para numerosos platos tradicionales). Afirma que los animales son más grandes y distintos de los del gusto de los argentinos, como pensando que los argentinos sólo están dispuestos a comer terneras, cuando la realidad indica que si el precio baja, la gente está muy dispuesta a comer cebú. Desde otro punto de vista, el gobierno no debería cerrar importaciones principalmente porque no es su función proteger a determinados productores a costa del bolsillo del resto de los argentinos; no debería hacerlo porque la norma en que se basan es el código aduanero (decreto ley de la dictadura de Videla y Martínez de Hoz), que faculta al Poder Ejecutivo a determinar lo que un argentino puede o no puede hacer con su plata, cayendo así en la caracterización del art 29 de la CN de "infame traidor a la patria" (todo aquél que formule, aplique, o consienta normas por las que la vida o la fortuna de los argentinos queden a merced de los dictados de una persona determinada).


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