Laura Saiz, especialista española en deporte, belleza y bienestar, afirma que se puede seguir disfrutando del sexo muy pasados los 65 años.
La sexualidad no entiende de edades y se puede mantener una vida sexual activa a partir de los 50, de los 60, de los 70 y, por qué no, a partir de los 80 años. Así lo corrobora un informe de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC), que afirma que un 60% de los españoles mayores de 65 años mantiene relaciones sexuales una media de una vez a la semana.
Factores como el aumento de la esperanza de vida, variables sociales y cambios culturales han favorecido que el sexo en la tercera edad no solo deje de ser un tabú, sino que se practique con mayor frecuencia.
Como asegura Fernando Martín Ciancas, geriatra del Hospital Viamed Los Manzanos (La Rioja), el interés por el sexo no desaparece cuando se es un adulto mayor, pero para disfrutar de una sexualidad plena es preciso reconocer y adaptarse a los cambios físicos que se producen con la edad.
En opinión de este experto, hasta hace pocos años se identificaba el envejecimiento con una disminución del deseo sexual, sin embargo, ahora sabemos que esto no es así.
Es cierto que existen otros factores, asociados a la edad, que inciden directamente en la disminución de la libido, como pueden ser algunas enfermedades, e incluso los medicamentos que se administran para tratar ciertas patologías.
Ciancas asegura que el apetito sexual no caduca con la edad; es más, en ciertos casos aumenta con el paso de los años. El problema llega cuando lo que se desea y lo que se puede hacer choca, por lo que hay que buscar alternativas diferentes a lo practicado durante la juventud o la madurez.

Cambios en los hombres

Las relaciones sexuales se pueden ver influenciadas, en el caso de los hombres, por algunas alteraciones fisiológicas que se incrementan con la edad. Los principales problemas son:
Un menor riego sanguíneo que dificulta la llegada de sangre al pene y, por lo tanto, una erección completa.
El tiempo que el pene aguanta erecto es mucho menor y es más complicado tener una segunda erección en corto plazo.
La eyaculación llega antes y la cantidad de semen expulsado es menor.
La lubricación también es menor, lo que dificulta el contacto con la vagina.
Los orgasmos son más cortos y menos intensos que en años anteriores.
Se reduce el tamaño de los testículos, mientras que la próstata aumenta.
Desde los 60 años la disfunción eréctil afecta a un 30% de la población masculina. Las patologías prostáticas, ya sea la hipertrofia o cáncer, afectan la eyaculación y al orgasmo.

Cambios en las mujeres

Normalmente, la menopausia es un proceso fisiológico que las mujeres sufren a partir de los 55 años de forma más acentuada, aunque no es raro que los primeros desarreglos hormonales comiencen ya en la cuarentena. La menopausia conlleva una reducción de la cantidad de estrógenos (hormona femenina), lo que provoca también alteraciones en la zona genital femenina.
La vagina pierde elasticidad y puede que se produzcan molestias durante el coito.
Es normal que las mujeres sufran sequedad vaginal, lo que provoca una menor lubricación y, por lo tanto, irritación o dolor durante el coito.
La sensibilidad de la zona genital es mucho menor, por lo que es necesario una estimulación previa mayor.
Al igual que los hombres, los orgasmos son más cortos y menos intensos y puede disminuir el tamaño de la vagina.

Cómo tener sexo seguro también en la tercera edad

El urólogo Fernández Rosaenz opina que “mantener la actividad sexual es recomendable para la salud y contribuye a una mejor condición física y anímica, ya que mantiene procesos hemodinámicos y sensitivos que mejoran la vitalidad y la longevidad”. En lo que coinciden todos es en la necesidad de conocer los cambios que se producen en el cuerpo y ser conscientes de ellos para adaptar los hábitos sexuales.
1. Muchos mayores se preguntan hasta qué punto puede ser seguro practicar sexo en la tercera edad. Y es que no es raro oír extraños casos de personas que han muerto mientras mantenían relaciones sexuales. Aunque es cierto que puede ocurrir, son casi leyendas urbanas, puesto que el esfuerzo que supone un coito es similar al de subir dos pisos andando; si el corazón no se desboca subiendo escaleras, tampoco lo hará en la cama. No obstante, ante posibles dudas, y sobre todo en el caso de pacientes con enfermedades cardíacas, el especialista informará cuándo es posible reiniciar la actividad sexual tras un episodio cardiovascular y, en caso necesario, recomendará una prueba de esfuerzo.
2. Las enfermedades más comunes que pueden afectar a la sexualidad son las relacionadas con el aparato circulatorio, como la hipertensión, la diabetes, la angina de pecho, el infarto de miocardio, la hipercolesterolemia, la trombosis, la arteriosclerosis, etcétera. Y los fármacos para tratar estas u otras patologías también pueden tener consecuencias negativas sobre la vida sexual, ya que algunos efectos secundarios pasan por la alteración de la libido, o cambios en las condiciones de vasodilatación y del flujo sanguíneo.
3. Para mejorar la actividad sexual cuando se plantean problemas, hay que acudir al médico especialista, que es el que mejor puede ayudar al afectado. Hay diversas soluciones, y las terapias se deben individualizar atendiendo a las características propias del paciente, para que no haya contraindicaciones con los medicamentos que quizá deba tomar esa persona para tratar alguna patología.
4. Por lo tanto, liberarse de la vergüenza y preguntar en la consulta cómo arreglar determinado problema sexual es clave y, de esta manera, se evitará también adoptar pautas que incluso pueden poner en riesgo la vida del paciente (por ejemplo, algunas pastillas para la disfunción eréctil son incompatibles con cierta medicación prescrita para otras patologías que son del tipo cardiovascular).
5. Y es que los tabúes culturales o el pudor a hablar de ciertos temas que se consideran muy íntimos, hacen que mucha gente decida automedicarse para tratar de solucionar sus problemas. El récord de automedicación lo tiene, sin duda alguna, la disfunción eréctil, que desgraciadamente ha generado un peligroso negocio a su alrededor; cada año se venden (sobre todo por Internet) pastillas falsas contra la disfunción eréctil que suponen unos 3.500 millones de dólares.


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