Durante el invierno, los vientos húmedos del anticiclón atlántico, precipitan en forma de neviza, nieve o granizo, pintando de blanco la impactante ladera occidental del Valle de Lerma. Ese contrafuerte montañoso que los antiguos salteños llamaban la Cordillera del Poniente, o sea el conjunto de cadenas que derivan como ramales longitudinales desde el tronco de montañas que es el Nevado de Chañi en Jujuy. Dando lugar a los cordones de Lesser, Nevados de Castillo y otros bloques montañosos que acompañan al Valle de Lerma por el occidente. Dichos relieves montañosos alcanzan alturas considerables que en muchos casos sobrepasan los 5.000 m de altura sobre el nivel del mar. Téngase presente que su nivel de referencia es el piso del Valle de Lerma, donde está construida la ciudad de Salta, que se encuentra en el orden de los 1.200 m sobre el nivel del mar. Esto representa un resalto del relieve de unos 4 kilómetros. Y más aún teniendo en cuenta que el bloque montañoso oriental del Valle de Lerma, esto es la sierra de Mojotoro, no supera en promedio los 1.500 m sobre el nivel del mar. Visto así estamos en presencia de un valle fuertemente asimétrico, producto de la evolución tectónica andina joven, con una cadena muy alta al oeste y una sierra baja al oriente. Esto marca también el régimen de lluvias y de allí que tengamos precipitaciones que superan los 1.200 a 1.500 mm anuales en San Lorenzo, Lesser, Los Yacones y otros sectores al pie de la alta montaña. Estas cadenas actúan como una barrera orográfica a los vientos húmedos. En el pasado geológico esa relación fue mayor ya que aún no se habían levantado las sierras que conforman la Cordillera Oriental y las Sierras Subandinas, las que actúan como un filtro al frenar parte de la humedad que se descarga en su mayoría en la selva húmeda tucumano-oranense. En el pasado geológico el frente de la barrera estaba situado hacia el oeste, en el borde de la Puna, ya que no se habían formado aún los cordones orientales o bien estaban en ciernes. Los hielos comenzaban desde los 4.500 m sobre el nivel del mar hacia arriba y verdaderos glaciares ocupaban las altas cumbres como se aprecia en los vestigios espectaculares que aún conserva el Nevado de Chañi. Se atesoran allí restos de circos glaciarios, valles en "U", morenas, turbas y otros elementos propios de ese tipo de ambientes glaciarios o periglaciarios. Y lo mismo ocurre en el resto de la serranía hacia el sur, en los sectores más elevados. Al igual que otros paisajes en Salta y el norte argentino, ellos representan un palimpsesto, esto es una "escritura geológica" superpuesta en numerosos planos. Palimpsestos eran aquellos escritos en papiros o pergaminos que se borraban y se volvían a escribir encima. Los criptógrafos han logrado descifrar las viejas escrituras que se conservan debajo de las otras escrituras más nuevas. Así nuestras montañas del oeste esconden grabado en el relieve la marca de los sucesivos ambientes que allí se sucedieron. Es una escritura geológica fractal que hay que saber descifrar. De allí entonces que sea muy distinto mirar el paisaje que ver el paisaje. Ver es aprehender y comprender el significado oculto que se esconde detrás de las líneas del relieve. Por ello la llegada del invierno y la caída de neviza o granizo representan un momento especial para contemplar el relieve que resalta y destaca tal como los objetos que se contrastan para ser fotografiados. Aparecen delicadas líneas en claroscuros donde se aprecian viejos rasgos glaciarios que fueron desplazados en el tiempo por la dinámica fluvial que es la que impera actualmente. Las nuevas generaciones de salteños y jujeños no han tenido la suerte de observar que hace solo medio siglo los hielos cubrían las altas cumbres del oeste. Y si nos remontamos a un siglo atrás, todavía estaban activos los collas hieleros que subían a buscar bloques de hielo a la montaña y los traían de noche a lomo de mula para abastecer a la ciudad. Uno de los tanto oficios extintos de la vieja Salta. De igual manera que el avance de los hielos que se registró en la "Pequeña Edad de Hielo" y que en líneas generales se la puede ajustar entre los años 1550 y 1850. O viajar más atrás en el tiempo hasta los momentos del Pleistoceno superior cuando se registraban los avances de las últimas grandes glaciaciones, y el Valle de Lerma, entonces muy distinto, estaba poblado por los grandes animales de la megafauna pleistocénica, tales como mastodontes, megaterios y gliptodontes. Para aquella época, la cadena montañosa occidental que limita al Valle de Lerma, estaba en promedio unos 250 a 300 m más abajo que ahora. Por ello es importante recordar que el relieve está vivo y fluye no solo en el tiempo geológico sino también humano. Tengamos presente que tomando en cuenta una vida humana de 80 años las montañas habrán crecido algunos centímetros desde el nacimiento hasta la muerte del individuo. La tectónica andina sigue activa hoy empujando hacia arriba y hacia el este a las cadenas montañosas. En ese proceso los valles orientales, entre ellos el de Lerma, habrán sido engullidos más temprano que tarde, hablando desde la relatividad de los tiempos geológicos. Lo cierto es que las montañas tienen caras y esas caras nos recuerdan por analogía a las de las personas. Caras con arrugas y surcos que a veces quedan resaltadas por esas nevadas contrastantes y otras veces por la diafanidad de la atmósfera.
Los relieves y el paisaje en general pueden mostrar rasgos de juventud, madurez o senectud.
Incluso luego de que soplan los fuertes vientos de agosto hay quienes dicen que es como si hubiesen barrido los cerros con una escoba gigante. Como si alguien le hubiese pasado el plumero a la montaña. Hay caras de montañas que responden a la roca y el color que les da origen, siendo macizas o estratificadas, duras o blandas, monocromáticas, policromáticas o abigarradas, inclinadas con diversas pendientes, etcétera. Así pueden lucir tal como los famosos cerros azules del oeste de Salta, o las caras rojas estratificadas de las montañas camino a Cafayate, o algunas con grandes planchadas amarillas por las calizas de la Formación Yacoraite u otras de caras con granos como las que forman parte de montañas graníticas y en donde Tastil es un buen ejemplo. Los relieves y el paisaje en general pueden mostrar rasgos de juventud, madurez o senectud. Dicha interpretación llevó a una larga contienda ideológica entre las escuelas geomorfológica alemana de Penck y la escuela norteamericana de Davis. Más allá de esa discusión de fondo, lo cierto es que hay montañas jóvenes que exacerban su kratosfanía, montañas maduras que van decayendo y, montañas viejas, de las cuales solo quedan algunas de sus raíces. Los Andes Centrales del Sur, donde se ubica el norte argentino, es un espacio vivo, en evolución geológica permanente, con montañas jóvenes formadas en los últimos movimientos tectónicos andinos y que fueron retrabajadas por la fuerza de los hielos y de las aguas corrientes en los últimos cientos de miles de años.

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