Los clubes de fútbol tienen dueños: los socios, quienes generación tras generación aportamos trabajo, esfuerzo y dinero para su crecimiento, guiados por objetivos altruistas y principios de solidaridad, para el cumplimiento de fines deportivos, sociales, culturales y educativos.
Con estas bases conceptuales construimos, a lo largo de nuestra centenaria existencia, estadios, gimnasios, escuelas y foros culturales, en todos los rincones de la patria. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada barrio el club es un ámbito de formación y encuentro.
El capital de los clubes de fútbol es el sentido de pertenencia y el compromiso de su gente, que cuanto más de sí entrega, tanto más tiene. Es la lógica de los poetas, incomprendida por mercaderes.
Hoy existen iniciativas para transformarnos en nuestro antagónico: la sociedad comercial, cuyo objetivo es el lucro y no las personas, que quedan circunscriptas a su rol de clientes.
Se sustentan en realidades que nosotros desde hace años denunciamos: conducciones dirigenciales ineficientes o corruptas, electas por sistemas que no garantizan la participación democrática, que disponen de los recursos institucionales como si fueran propios, sin controles ni auditorías, ni rendiciones de cuentas, y que prohíjan a violentos disfrazados de hinchas.
Los clubes somos víctimas de nuestro propio crecimiento. Hemos atraído a nuestro seno a quienes rechazan nuestros valores y principios, se desinteresan del deporte recreativo y de actividades formativas, pero apetecen el dinero emergente de la pasión popular. El Estado nacional debe intervenir garantizando procesos democráticos, gestiones transparentes y la seguridad ciudadana, en defensa de los valores, principios, objetivos y patrimonio de los clubes de fútbol. Abogamos por una ley de Asociaciones Civiles Deportivas.

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Sección Editorial

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