El pionero en materia de descansos, sin dudas, fue Dios, que creó el mundo en seis días y el "séptimo descansó" (desde entonces no hubo noticias que retomara el trabajo alguna vez, quizá satisfecho con el bolonqui que nos dejó). Lo cierto es que ese día lo creó para su reposo, no para el nuestro a quienes nos ordenó "ganar el pan con el sudor de nuestra frente". En el antiguo testamento claramente se establece que ese séptimo día era el sábado. En los diez mandamientos originales (Éxodo 20) se lee "Acuérdate del día del sábado para santificarlo"; de hecho así lo vienen practicando los judíos. Sin embargo, los cristianos consideraron que era un feriado móvil (como ahora) y lo establecieron el domingo. Por su parte, los musulmanes tienen su día de descanso el viernes. ¿Por qué? Porque Mahoma lo dijo.
Lo cierto es que, razones teológicas aparte, el reclamo por los descansos en el trabajo ha sido un compañero de ruta de las luchas sociales de los trabajadores, particularmente a partir de mediados del siglo XIX. De hecho la primera ley laboral argentina (N§4.661) del año 1905 contenía un solo artículo que decía: "Prohíbese el trabajo en día domingo"; pasarían 25 años más para que también se estableciera el llamado "sábado inglés". Para entonces ya existían numerosos estudios científicos que persuadían a los empresarios de la importancia de los descansos para mejorar la producción. Está claro que estas pausas semanales son indispensables biológica y socialmente para el ser humano, para su recuperación física, psicológica, y para relacionarse con sus familiares y amigos.
Pero además del descanso hebdomadario (semanal), tenemos otros de diferente duración. Los descansos pueden tener una duración corta, como las pausas entre jornadas, o ser de duración media, o larga, como licencias o vacaciones. Pueden originarse en la ley, en los convenios colectivos, en los usos y costumbres, en los estatutos especiales o en los contratos individuales de trabajo, y pueden ser diarios, semanales, anuales o excepcionales.
Dentro de la jornada laboral hay pausas para desayunar, almorzar o tomar un refrigerio, o amamantar al niño menor de un año. Estas pausas son consideradas dentro de la jornada laboral, aun cuando las destinadas al almuerzo son discutidas si la integran o no. Para la Suprema Corte de Buenos Aires la pausa de media hora cumplida durante la jornada, en la que los trabajadores descansaban o comían pero permanecían en el establecimiento sin poder salir de él, debía considerarse incluida en la jornada de trabajo y por lo tanto ese tiempo debía ser remunerado (SCBA, 7/09/93, "Vera, Carlos y otros c/ Finexcor S.A."). La Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo, en el 2010, llegó más lejos en el caso "Sanaberon, Manuel Alejandro c/ Maxiconsumo S.A. s/ diferencia de salarios", ya que consideró que una pausa de una hora para almorzar implicaba que el empleado no podía disponer en beneficio propio de ese tiempo, integrando en consecuencia la jornada de trabajo.
También se computan en la jornada los descansos impuestos por la naturaleza insalubre, penosa o riesgosa de la tarea (por ejemplo, una pausa para recuperar las fuerzas en el desempeño de una tarea pesada). Un tema que dejamos pendiente es el tiempo que se insume en tareas previas a la efectiva realización del trabajo.

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