El presidente de Francia, Francois Hollande, encabezó en las últimas horas un multitudinario homenaje oficial a las víctimas de los atentados terroristas en París y Saint Denis.
Unas 2.000 personas, entre ellas familiares de la mayoría de los 130 fallecidos en los ataques, participaron en una ceremonia sobria, en la que también hubo miembros de la policía y los servicios de emergencia que trabajaron en la noche de los hechos.
Hollande prometió a las familias de las víctimas que "Francia hará todo lo posible para destruir al ejército de fanáticos que cometió esos crímenes".
La lengua francesa permite los juegos verbales, por ejemplo, la expresión "ejército de fanáticos" como dice Hollande o la de "Generación Bataclan", bautizada por la gente para recordar a sus víctimas jóvenes.
Pero hay otros chicos, los terroristas, que representan los ideales del amo, los del Estado Islámico, ese territorio llamado califato pero sin rasgo de libertad y humanidad, solo efecto de una teocracia tardía. Los chicos de esta ficción agresiva están satisfechos. Usan la violencia contra pares y franceses.
Los siervos del califato, una entelequia para el derecho internacional, sufrieron el desasosiego múltiple en Francia y su resentimiento les quitó la palabra. Ya no dialogan, ejercen la violencia suicida con explosivos y el homicidio con fusiles de guerra. Los chicos franceses que hoy sirven al califato son sin discurso, les falta un lazo social pacífico para residir en su país, solo están en combate para obedecer el ideal de la guerra santa.
Esos servidores revelan cómo es el ideal del yo que viven: sacralizan al terrorismo, a las pulsiones de muerte y a los valores del verdugo.
Están persuadidos de que hay que morir y matar de acuerdo al superyó del califato, un imperativo moral y religioso dirigido al placer de ver chocar a Alá con los dioses de Occidente, que no son pocos.

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