El papa Francisco anunció en un video que no vendrá por ahora a la Argentina. Ese esfuerzo por explicar su ausencia demuestra que sabe acerca de la expectativa que su figura despierta en el país y relativiza el argumento de que su agenda de Pontífice va más allá de su condición nacional.
Que se sepa, a ningún otro país le avisó que no iría. De todos modos, es imposible interpretar esta ausencia prescindiendo del compromiso político que adoptó Bergoglio desde que llegó a Roma. El contraste entre su frialdad con Macri y las frecuentes reuniones con Cristina Fernández de Kirchner, -y con su séquito- descoloca a muchas personas que celebraron su consagración.
Siempre quedará como una incógnita la "conversión" de la expresidenta, que de ridiculizar su consagración como pontífice pareció refugiarse en la buena imagen (89%) del pastor. La idea del "perdón y la misericordia" tampoco alcanzan.
Hay una razón más poderosa, la razón política.
Francisco encarna a la perfección la doctrina social de la Iglesia. Esa doctrina, a lo largo de 125 años, ha tenido variadas interpretaciones. La de la "teología del pueblo" es una, la que sostiene Francisco y en la que lo acompañan los curas villeros, algunos de ellos kirchneristas. Es probable que esa posición lo distancie de Macri en un momento en que los escándalos de corrupción y los indicadores de pobreza, pero sobre todo la ineficiencia, parecen una lápida para la ilusión populista. El peronismo debe rendir cuentas de 26 años de hegemonía, con un balance muy negativo. Francisco, probablemente, se proponga colaborar para evitar el colapso y, seguramente, influir en la elección del nuevo líder peronista. Pero su visión política va más allá de la Argentina.
En sus viajes estuvo cerca: en Brasil, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Cuba y Estados Unidos. "Francisco pronunció 356 veces la palabra pueblo; democracia... apenas 10 veces; libertad... 73 veces, y en la mitad de los casos en los Estados Unidos. En Cuba... solo dos veces", observa el historiador italiano Loris Zanatta. Hay simpatías y antipatías ideológicas inocultables entre Francisco y el actual gobierno. También, es probable, haya una disputa de poder. Para Macri, Francisco es un jefe de Estado. El papa -y mucha gente- sabe que es algo más.

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