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Los problemas de la gente merecen diálogo y respeto
La Argentina vive hoy una jornada histórica, cuya proyección trasciende los desplantes y los caprichos de último momento de una presidenta habituada a actuar como si el poder fuera un atributo personal y el país entero, su propiedad.
La renovación de gobernantes es lo trascendente y valioso en una sociedad envenenada de autoritarismo, que durante más de medio siglo debió padecer una democracia tutelada, es decir, sometida a la amenaza latente de un golpe de Estado.
La mera posibilidad de que la Presidenta no vaya al Congreso resume el desconocimiento del orden legal y de la alternancia inherente a la democracia representativa.
Las mismas urnas que antes habían entregado el poder a Cristina Fernández de Kirchner, en el balotaje lo transfirieron a Mauricio Macri.
El protocolo y los deberes del funcionario público obligan a la Presidenta a organizar toda la ceremonia de acuerdo con lo que disponga en nuevo jefe de Estado garantizando la recepción y la seguridad de los representantes de otros países que concurran a participar de la ceremonia.
Al país no le interesan el humor ni las cuestiones personales de un reducido grupo de dirigentes en retirada.
El pueblo eligió a Macri. La inmensa mayoría, integrada por quienes lo votaron y por quienes no lo hicieron, repudian la intolerancia.
Las convocatorias del nuevo presidente son indicios de un cambio saludable. Al encontrarse con todos los gobernadores y luego con los candidatos que participaron de las elecciones de octubre, Macri privilegia el interés por lo que ocurre en todo el territorio de la Nación y coloca a las funciones del Estado por encima de las banderías. No se gobierna solo con discursos ni con gestos, pero unos y otros expresan las convicciones profundas.
La historia de un país es muchísimo más amplia y generosa que la mezquina visión de un grupo político o un gobierno. Lo mismo sucede con las ideas y los proyectos políticos.
El administrador federal de Inteligencia, Oscar Parrilli, dijo ayer que recordarle a la Presidenta que su mandato concluía a las cero horas de hoy era una suerte de "golpe de Estado". Con esa desafortunada comparación, frivolizó la memoria de la última dictadura y expresó la idea oficialista del poder y del gobierno como propiedad privada del líder, aunque haya sido derrotado. Esta es la esencia de la autocracia, en las antípodas de la democracia.
Desde el 22 de noviembre abundaron los gestos de descortesía y provocación, los nombramientos irregulares y la imposición de decretos y leyes; en algunos casos, todo fue rayano con la farsa, como ocurrió con la sanción de 96 leyes en 19 minutos, a libro cerrado. El sector radicalizado del oficialismo se mostró decidido a intentar erosionar la autoridad del nuevo presidente.
Este fenómeno, inédito en la Argentina e intolerable en un país normal, solo puede ocurrir por el divorcio de las autoridades salientes con el grueso de la opinión pública. También, por la instalación de la idea de que la democracia solo sirve para legitimar con el voto la voluntad personal de un líder, que llega incluso a pretender convertir al parlamento, la Justicia y el Ministerio Público en escribanías del poder ejecutivo. Ese es el modelo de democracia delegativa, propia de la situación de emergencia, concebida por los teóricos del autoritarismo para gobernar sistemáticamente por decreto o resolución, bajo la apariencia de leyes. Como figura institucional, el modelo nació en la antigua Roma, que en los casos de guerra cedía a un dictador todos los poderes de gobierno. La dictadura, en Roma, formaba parte del orden legal y era esencialmente transitoria.
Para la presidencia de Mauricio Macri, y para todos los argentinos, el gran desafío que impone el presente es el de construir una cultura democrática, que valore la representación ciudadana y la pluralidad de pensamiento, y que ponga en práctica el diálogo y la tolerancia al servicio de la convivencia.
Sin esas condiciones, será imposible que el nuevo gobierno pueda derrotar a la inseguridad, el narcotráfico, la pobreza y la degradación educativa, que son los problemas reales y más profundos de los argentinos.

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Sección Editorial

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