Jacinto, el propietario del almacén, verdulería y frutería de la Deán Funes, era un sirio muy simpático y dicharachero, que le disputaba a don José, el carnicero, el título de gran piropeador.
En el barrio lo conocían como "el Turco Jacinto", por esa peculiar costumbre de los argentinos de meter a todos en la misma bolsa. Así llamamos "turcos" a los árabes; "gallegos" a todos los españoles, y "gringos" a todos los europeos cuando, como explicaba, en vano, el maestro Delmiro, solo corresponde llamar "gringos" a los estadounidenses, siempre y cuando sean blancos y rubios.
Pero dejemos ese asunto. Lo cierto era que al sirio Jacinto lo motejaban de Turco, y él ni pestañeaba.
Las señoras y señoritas clientes estaban chochas con el almacenero, etcétera, pues siempre tenía para todas y cada una de ellas una frase halageña y florida.
Pero no solamente en lisonjear a las damas se destacaba, compitiendo en eso, como se dijo, con el matarife. Tenía, además, cierta habilidad para la rima. Si bien hablaba un castellano, o español "berebere", como decía el vate Acuña, escribía aceptablemente en nuestro idioma. Escribía unos reclamos comerciales que resultaban "una delicia", según doña Eduviges. Veamos algunos ejemplos:
"Si la vida está muy dura,/
deje de ajustarse el cinto:/
todo tiene solución/ en lo del Turco Jacinto".
O este otro:
"No es por gusto de alabarme,/ digo siempre la verdad:/ lo que compra en otra parte/ aquí cuesta la mitad".
Con ese recurso, Jacinto cosechaba éxitos (de venta, aclaremos). Una de las más entusiastas favorecedoras del ingenioso comerciante era doña Eduviges Elizabide, que solía comentar, cuidando que el novio de su hija Doralba estuviese escuchando: -Ese hombre, el Jacinto, no es solamente un romántico, sino un hombre práctico. Un hombre con los pies sobre la tierra.
Otros versos
No como algunos literatos que pierden tiempo con versitos de morondanga. ­Oiga, vate! ¿Usted leyó la última y hermosa promoción que don Jacinto escribió? Escuche, yo me la aprendí de memoria. Escuche, y aprenda:

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