La gran cineasta Lucrecia Martel ha desatado una notable polémica en estos días al afirmar en una entrevista: "El folclore me ha parecido siempre una categoría inútil cuando no peligrosa".
Estos dichos, eficazmente provocadores en una región orgullosa de sus tradiciones, a veces hasta el exhibicionismo, han agitado las redes sociales con todo tipo de comentarios, a favor y en contra, muchos de ellos emocionales, como si les hubieran insultado a un familiar cercano o como si, por fin, alguien se hubiera atrevido a decir que el rey está desnudo, y otros, más medidos, agradecidos de que se dé un debate largamente esperado.
A mí, que aspiro a encontrarme en este último grupo, aunque no estoy seguro, se me ocurren las siguientes reflexiones:
- No tiene mucho sentido discutir la existencia del folclore argentino como género musical; es un hecho, como lo son también, por ejemplo, el tango o la cumbia villera. Un género musical está, normalmente, integrado por uno o más ritmos y -más discutible- por una temática. En lo que respecta a los ritmos, el folclore argentino acepta subdivisiones en, por lo menos, norteño (a su vez divisible, con Salta y Santiago del Estero como principales referentes), litoraleño, cuyano y sureño.
En cuanto a la temática, parecieran predominar algunos de aquellos elementos que a Martel le parecen "peligrosos": la evocación de la tierra natal, una exaltación épica del pasado y de la tradición, la nostalgia por unos valores y costumbres rurales en vías de desaparición. Configuran, posiblemente, las reglas del género, así como la novela policial exige que haya un asesino y un muerto.
- Otra cuestión, siempre discutible porque entran a jugar los gustos personales, es si el folclore es buena o mala música y, avanzando un paso más, si el folclore actual lo es. Los géneros musicales, como todas las expresiones humanas, tienen sus momentos de esplendor y de decadencia, algunos hasta desaparecer. Así, por ejemplo, hay muchos que sostienen que el rock no ha producido nada que valga la pena desde los años 70; con el tango hay que retrotraerse aún un par de décadas más, con el epílogo raro de Piazzolla (¿es tango?) y hoy el, a veces, interesante tango electrónico, y con la ópera, posiblemente, debamos irnos hasta el siglo XIX para encontrar sus manifestaciones más trascedentes. Personalmente, el folclore de los últimos años, en general, no me gusta; me parece sin oficio en las letras y con excesivo alarde vocal en lo musical. Pero, claro, esta es solo una opinión.
- Por otra parte, es posible preguntarse si existe una ideología del folclore y si esta sería naturalmente reaccionaria. Algunas constataciones parecerían contradecir una generalización de este tipo: Atahualpa y Mercedes, por poner dos ejemplos, fueron comunistas. Durante los años 60 y 70, los izquierdistas fueron muy numerosos, cuando no mayoría, en la canción nativa tanto argentina como latinoamericana y esta corriente se extiende hasta el presente. Otros personajes más eclécticos, como el Cuchi o Jaime Dávalos, tampoco parecieran encajar fácilmente en el prototipo conservador.
- Finalmente, hay otra perspectiva posible, desde mi punto de vista la más interesante: la interacción entre las dos apuntadas anteriormente, la artística y la ideológica. ¿Importa la ideología en una expresión artística? ¿Una ideología incorrecta del autor hace mala su obra y viceversa, una obra puede juzgarse y salvarse por su ideología? Esta cuestión, evidentemente, no se limita al folclore y ha sido planteada infinidad de veces en otros campos.
Elia Kazan, director de obras maestras como "Nido de ratas", fue denunciante del macartismo. Celine, autor de "Viaje al fin de la noche", una de las principales novelas del siglo XX, fue antisemita y colaboracionista nazi. Es conocido el apoyo inicial de Borges al régimen militar del 76. Y sigue la lista. Los ejemplos de contrario (buenas intenciones, obras mediocres) también abundan y le dejo al lector la elección.
En la era de los asesores de imagen, músicos y compositores como los futbolistas y otros gremios políticamente expuestos han aprendido a hablar sin decir y a apoyar nobles causas solidarias o ecológicas. Nada dice esto, sin embargo, de la calidad de sus propuestas artísticas.
- Hace un tiempo, cayó en mis manos, no recuerdo cómo, uno de esos típicos CD recopilatorios de "lo mejor del folclore". Al ponerlo, empezaron a desfilar los habituales amaneramientos corales, sin "duende", o los modernos cuya única osadía consiste en introducir un bajo y una batería.
Poco a poco me fui desentendiendo de la escucha, ocupado en otros quehaceres, y la música quedó de fondo. De repente, un bombo recuperó toda mi atención. Era un sonido atávico y profundo como una gruta del paleolítico. Inmediatamente, le siguieron unas guitarras decididas y unos "changos" se largaron a cantar con una fuerza que volteaba las paredes. Era "Whole Lotta Love" en versión folclore; un Led Zeppelin desenchufado, de bombo, guitarra y voces, pero con la misma energía arrasadora. Corrí a fijarme en la tapa quiénes eran estos "changos" salvajes, que en dos compases habían hecho desaparecer todo lo anterior. Unos tales Chalchaleros, en una grabación juvenil, a juzgar por las voces. Veritas filia temporis.

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