"Luego del crimen, huí del lugar, con el arma caliente en mis manos, me llevé la caja de balas y pensé en esconderme en el monte loco, donde hoy se encuentra el barrio Don Emilio.
Pero era de noche así que me refugié en la casa de un señor Flores, en los fondos de esa propiedad. A la mañana me halló, me dio un mate cocido y terminé contándole lo que pasó. Don Flores me entregó, pero primero me dijo: "No te va a pasar nada, ya sabe el comisario como fue''.
Al llegar a la comisaría Segunda, todos me miraban.
Me comenzaron a mimar. Aumenté en dos meses 10 kilos.
Sin darme cuenta, yo había ajusticiado a quien era un verdadero calvario para los policías. Había dado fin al más pesado del ambiente prostibulario de los changarines.
Fueron dos meses donde jamás conocí el calabozo. Dormía bajo una morera.
El comisario Trigo, cuando me indagó, porque antes la policía hacía la instrucción, me dijo: "bien hecho'', y tosió una carraspera de cigarrillos Clifton, "fue accidental, jugando. Ya sabés, el arma era de tu padre o padrastro, ya sabés''. Fui sobreseído por mi minoridad y por lo "accidental'' del episodio.
"Un niño jugando a los cawboy mató a su padre", publicó El Tribuno, en base a la verdad de la Justicia.
Hoy, 53 años después, quiero cerrar esta historia titulando en mi corazón arrepentido "Aturdido por la violencia de su padre, su hijo lo asesinó de cinco balazos''.
Hoy me encuentro viviendo en una propiedad que mis hijos litigan contra mí. En el 2007 alguien trató de asesinarme. Desde entonces les cedí todo. Casa, terreno y dinero con el fin de vivir en paz y dejarle a dos pequeños chicos nuevos la herencia que nadie me dio siendo niño. Confieso haber matado y fui condenado en vida. Hoy deseo la paz y la comprensión de aquellos que no saben que un crimen no se puede pagar con dinero".

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