Luis Adolfo Saravia: honrar la inteligencia

José Armando Caro Figueroa

Luis Adolfo Saravia: honrar la inteligencia

Hacia mediados de los años de 1960 tuve las primeras noticias de las sobresalientes cualidades intelectuales de Luis Adolfo Saravia Etchevehere, recientemente fallecido.
Supe entonces de su actuación dentro de la corriente que lideraba Ismael Viñas en Santa Fe, y de su amistad con Guillermo Estévez Boero. Constaté así una primera afinidad, importante para la Salta de aquel tiempo: Ambos habíamos actuado dentro de los centros estudiantiles inspirados por los valores de la Reforma Universitaria de 1918.
En el invierno de 1965 tuve la oportunidad de conocerlo personalmente; había venido a mi casa, siendo yo secretario de un juzgado, a dejar uno de esos escritos "de última hora" para evitar el vencimiento de plazos procesales. Inmediatamente, atraído por su personalidad y por su trayectoria, me animé a proponer una conversación fuera del trámite burocrático y de los asuntos rutinarios del derecho; conservo en mi memoria aquellas impresiones y los aspectos centrales del diálogo que me permitió aquilatar la formación y las inquietudes de Luis Adolfo.
A partir de entonces mantuvimos algunos intercambios de ideas, aunque pronto las decisiones de ambos nos fueron situando en terrenos políticos vecinos pero diferenciados, sin que nunca estas discrepancias quebraran nuestra joven amistad o derivaran en discusiones inciviles.
Ocurrió que, mientras Luis Adolfo era hombre de consulta de diversos actores de la Salta sesentista y setentista que se movía con sobriedad y discreción, yo era una especie de agitador que no desdeñaba ni la calle ni los pronunciamientos categóricos.
En este sentido, Luis Adolfo fue siempre un constructor de consensos, tarea para la que exhibió especiales aptitudes.
Intentó, por ejemplo, unificar al peronismo en los albores del Congreso de diciembre de 1972 del Partido Justicialista de Salta, en donde se eligió la fórmula Miguel Ragone-Olivio Ríos. Recuerdo claramente una cena en donde Luis Adolfo reunió a miembros de la Agrupación Reconquista con Eleodoro Rivas Lobo y otros representantes de la Lista Azul y Blanco. Lamentablemente no lo consiguió; entre otros motivos, a raíz de los radicalismos y personalismos, típicos del peronismo salteño de entonces.
Por ese mismo tiempo, siendo su director, logró que el diario "Norte" fuera un ámbito abierto a las más diversas expresiones políticas y sociales. E hizo de "Norte" un centro de debates alrededor de los principales problemas institucionales y económicos de Salta. Todavía hoy, consulto con provecho el material editado bajo su inspiración.
Recuperada la democracia Luis Adolfo asesoró al gobernador Roberto Romero en los asuntos jurídicos y políticos más relevantes. Y tuvo un papel central en los trabajos de la Convención Constituyente de 1986: su aporte fundamental que contó, según se sabe, con el firme apoyo de Roberto Romero fue el rechazo de las presiones de los "incondicionales de varios jefes" para instaurar la reelección del gobernador.
Si Salta dejara de lado su irrefrenable vocación cainita, reconocería a Luis Adolfo Saravia Etchevehere como uno de los "padres" de la Constitución que hoy nos rige. Pero esto es sencillamente impensable entre nosotros que vivimos en un irrespirable ambiente de furias y diatribas.
En una época donde hay pocos pensadores con capacidad de reflexionar sobre el presente y el futuro de Salta en el mundo, Luis Adolfo encontró energías para escribir dos libros de imprescindible consulta: "Salta: Esplendores y ocasos" (2000) -prologado por el eminente Julio Olivera- y "Notas sobre el poder. Dos estudios sobre el sistema político-económico de Salta" (2001). Por encima de algunas discrepancias que hube de señalar en su día, ambas obras muestran a un intelectual excepcional, muy por encima de los oportunismos y superficialidades presentadas en formato libro por otros autores y en la misma época.
Tengo para mí que Luis Adolfo Saravia Etchevehere fue un rebelde. Un hombre capaz de indignarse siempre por todas aquellas lacras que algunos presentan como formando parte de la "esencia de la Salta tradicional y bien pensante" (en realidad, poco pensante). Fue, seguramente, este talante rebelde el que le llevó a vivir en Buenos Aires y ale jarse de las inevitables pequeñeces que pueblan la vida provinciana.

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