Por primera vez desde su nacimiento en 1999, la reunión cumbre del G-20 se efectúa en China. En la ciudad de Hangzhou, los jefes de Estado de diecinueve países y el Comisionado de la Unión Europea debaten una agenda centrada en la innovación, con eje en la economía digital y en la nueva revolución industrial, como las claves para impulsar el crecimiento global. El hecho de que el encuentro tenga lugar en China constituye un acontecimiento político que simboliza elocuentemente la nueva realidad mundial. Por primera vez, las potencias económicas del G-7 (Estados Unidos, Japón, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia y Canadá) entendieron que era necesario convocar a los principales países emergentes para empezar a diseñar un sistema de gobernabilidad para un mundo económicamente globalizado. China, India, Rusia, Corea del Sur, Brasil, México, Australia, Sudáfrica, Indonesia, Turquía, Arabia Saudita y Argentina, más la representación institucional de la Unión Europea, pasaron a conformar un ámbito de decisión que fue ganando gravitación en las decisiones económicas globales, en especial tras la crisis internacional de 2008, que puso de manifiesto el hecho de que el mundo emergente, encabezado por China, se había erigido en la locomotora de la economía mundial.
Con los números de hoy, aquella evidencia que afloró en 2008 asoma como una realidad incontrastable. En los veinticinco años transcurridos entre 1990 y 2015, cuando despegó el proceso de globalización de la economía, el producto bruto mundial creció un 134%, pero con esta inédita particularidad: mientras los países desarrollados crecieron un 64%, los países emergentes lo hicieron un 206%. Las cifras muestran que el eje de la geografía económica mundial experimentó un triple desplazamiento: desde el norte hacia el sur, desde el oeste hacia el este y desde el océano Atlántico hacia el océano Pacífico. Esta mutación surge de las diferentes tasas de crecimiento. La región más pujante fue Asia que, con el liderazgo de China, creció un 520%. América Latina creció un 110%, una tasa de expansión inferior a la de Medio Oriente y África. Otro indicador clave, que revela la magnitud de estos cambios, es que en el 2000 los países emergentes tenían el 36% de las reservas monetarias internacionales, mientras que en 2015 llegaron al 65%.
En 1990, los países desarrollados albergaban al 18,2% de la población mundial y ahora ese porcentaje se redujo al 15,5 % y, según las estimaciones de las Naciones Unidas, bajará al 14,1% en 2030. Hay un nuevo ranking económico mundial. En 1990, las cinco naciones más importantes por su producto bruto interno eran Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia e Italia.
En apenas un cuarto de siglo, ese panorama cambió: Estados Unidos sigue en primer lugar, pero le sigue China y en los diez primeros puestos aparecen ya India y Brasil. De acuerdo con el estudio "El mundo en 2050", elaborado por la consultora internacional Price Waterhouse Coopers (PwC), lo que viene es la profundización de esa tendencia estructural. El informe establece que, a mediados del presente siglo, ese ranking económico mundial estará encabezado por China, seguido por la India y recién en tercer lugar por Estados Unidos. Aunque hoy pueda parecer una brutal exageración, el trabajo pronostica que el cuarto lugar de esa lista será ocupado por Brasil, que relegaría al quinto lugar a Japón.
Para PwC, el resto del "top twenty", entre otros, estará integrado por Rusia (6§), México (7§); mientras que Argentina ocupará el 20§ lugar. Si bien la brecha tenderá a acortarse sensiblemente, en 2050 el ingreso por habitante de los chinos será menos de la mitad de los estadounidenses y los indios ganarán en promedio un tercio de los norteamericanos.
Pero el ascenso de China e India supone el regreso a la situación histórica previa a la primera revolución industrial de los siglos XVIII y XIX, que supuso el deslizamiento hacia Occidente del poder económico mundial.
John Hawksworth, economista jefe de PwC, señala que China, que apuesta a cambiar cantidad por calidad y empieza a sentir las consecuencias del envejecimiento de su población, pagará un peaje temporal en términos de crecimiento, mientras que India se verá favorecida por la ventaja demográfica de contar con una enorme población de bajo promedio de edad. Tampoco Estados Unidos dejará de ser una superpotencia. Sus empresas multinacionales verán incrementadas sus oportunidades de negocios en los países emergentes. Sus empresas tecnológicas seguirán ejerciendo un predominio indiscutible a nivel mundial. Su poderío militar será incontrastable por varias generaciones. A partir de allí, ninguna cuestión global verdaderamente importante podrá resolverse sin el consentimiento de EEUU.
En este contexto, la reunión de Hangzhou, más que una ceremonia de transmisión del mando de una superpotencia en decadencia a una superpotencia en ascenso, puede interpretarse como un nuevo hito en la configuración de un G-2 (EEUU-China), que en los hechos constituye la plataforma de la gobernabilidad mundial.

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Sección Editorial

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Luis Romera
Luis Romera · Hace 2 meses

Hdmp anda a quien querés engañar entregador de patria

Jose Alberto Perez
Jose Alberto Perez · Hace 2 meses

¡¡¡ SIIIIIIII ! otra etapa de entrega económica, pérdida de soberanía política, endeudamiento al mango, entrega de los servicios públicos, vuelta a la bicicleta financiera, destrucción de la clase media y de los pobres, etc. ¡¡¡ esa es la otra etapa enla que entramos, caradura, siverguenza e hdmp !!!!


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