La ofensiva militar desatada contra los bastiones territoriales de ISIS en Siria e Irak, unida al avance sobre su reducto en Libia, coloca al Califato islámico al borde del colapso. Pero lo que es una victoria indiscutible en el campo de batalla inaugura una nueva etapa de incertidumbre en la región. Nadie sabe a ciencia cierta cómo se reconfigurará el escenario de Medio Oriente, pero lo que es imposible es que se parezca al que existía hasta la aparición de ISIS. Lo que viene es un gigantesco rediseño geopolítico que modificará el mapa trazado arbitrariamente hace cien años en el tratado anglo-francés Sykes-Picot por las potencias europeas que resultaron vencedoras en la Primera Guerra Mundial. Gran Bretaña y Francia ocuparon entonces el espacio dejado vacante por la desaparición del Imperio Otomano, que durante siglos había impuesto su hegemonía en una vasta región pletórica de ancestrales rivalidades religiosas, étnicas y tribales.
El proceso de descolonización de la década del 60 alteró esas fronteras establecidas en la era colonial. El resultado fue que los flamantes estados independientes tampoco se correspondían con la singularidad cultural de los pueblos que albergaban en sus territorios. Dichas fronteras artificiales pudieron mantenerse relativamente intactas durante décadas en virtud de la unidad política forjada en la lucha contra la dominación extranjera.
Los movimientos independentistas de carácter nacionalista y laico lograron contener en su seno las diversidades religiosas, étnicas y tribales a partir de la mística política creada en el combate contra el enemigo extranjero y posteriormente por la férrea mano de los regímenes fuertemente autoritarios que impusieron en sus países tras la conquista de su independencia. Sin embargo, no pudieron suprimir el peso de las tradiciones históricas que, a modo de los ríos subterráneos, esperaban pacientemente su oportunidad para reaparecer. El eclipse de esos regímenes autoritarios comenzó en 2003 con la intervención militar estadounidense en Irak, que derrocó al gobierno de Sadam Husein, y se aceleró con la "primavera árabe", que provocó la caída de Hosni Mubarak en Egipto, Habib Bourguiba en Túnez y Muamar el Gadafi en Libia. El saldo de esas rebeliones triunfantes fue la aparición de un vacío geopolítico semejante, o mayor aún, que el registrado en la década del 90 en Europa Oriental tras la desaparición de la Unión Soviética, que determinó la reunificación de Alemania, la división de Checoslovaquia y la cruenta guerra civil que culminó con la disolución de Yugoslavia.
La irrupción de ISIS representó el punto culminante de un proceso de descomposición territorial en Siria, Irak y Libia. Significó también el estallido de una guerra civil intra-islámica entre los sunitas, respaldados por las riquezas de las monarquías petroleras árabes, y la minoría chiíta, apoyada por Irán. La derrota militar del califato, que Barak Obama pretende lograr antes de las elecciones del 8 de noviembre como tributo a la campaña de Hillary Clinton y refutación a las críticas de Donald Trump, no elimina las causas de esa situación. En todo caso obliga al ejercicio de pensar menos en la guerra que termina y más en las guerras que pueden sobrevenir.

Una caja de Pandora

Quienes percibieron más rápidamente esta nueva problemática fueron los israelíes. Efraim Halevy, exjefe del Mossad, advirtió que "la retirada de las grandes potencias de la región, dejando a Israel solo frente a Hezbolá e Irán, que poseen buenas habilidades de combate, pondrán a Israel en una posición difícil. Por lo tanto, tenemos que hacer todo lo que podamos a fin de no encontrarnos en esa situación".
Efraim Inbar, director del Centro Begin-Sadat de Estudios Estratégicos, fue mucho más allá: "la destrucción del ISIS es un error estratégico". Dijo también que Estados Unidos "debería ser capaz de reconocer la utilidad del ISIS para socavar las ambiciones de Irán".
Al margen de su carácter polémico, las aprehensiones de Tel Aviv tienen su razón de ser. La amenaza de ISIS promovió una modificación sustancial en la política de alianzas de Washington en Medio Oriente. La necesidad de enfrentar al califato llevó a Obama a abandonar la pretensión de derrocar al régimen de Assad y a acercar posiciones con Rusia y con Irán, en detrimento de sus vínculos tradicionales con las monarquías petroleras sunitas.
La propia dinámica de los acontecimientos hizo que Estados Unidos y Rusia concentraran sus esfuerzos bélicos en el bombardeo a los blancos de ISIS, mientras que las tropas de Assad, el Ejército iraquí, que responde al gobierno de Bagdad (de mayoría chiíta y próximo a Teherán), y los efectivos iraníes, junto a los guerrilleros kurdos, llevaran la responsabilidad del combate cuerpo a cuerpo, que es el que a la postre determina la posesión de los territorios. Días pasados, se informó oficialmente que aviones de la Fuerza Aérea rusa bombardeaban las posiciones de ISIS despegando de aeropuertos iraníes. Esta confirmación de la activa cooperación militar entre Irán y Rusia es un acontecimiento que está llamado a tener incidencia en la postguerra que se avecina.
Porque la primera consecuencia previsible de la derrota de ISIS será la consolidación en Siria del régimen de Assad, auxiliado por Irán, y el fortalecimiento en Irak del gobierno chiíta y pro-iraní. Por primera vez en varias décadas, Siria e Irak conformarán una alianza estratégica, patrocinada por Irán y con el respaldo de Moscú.
A tal efecto, Putin aprovecha todos los resquicios disponibles. Ahora, avanza en un acuerdo con el gobierno turco de Recep Erdogan, quien intenta compensar su aislamiento internacional y su alejamiento de la Unión Europea volviendo su mirada hacia sus antiguos dominios asiáticos y restableciendo vínculos con Rusia.
Todo indica que la postguerra que se avecina es apenas una "entreguerra". Con un agravante: nadie en Medio Oriente está hoy en condiciones de pronosticar cuál es la guerra que viene.

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