Marino Justiniano aún se mira a sí mismo como ese changuito que llevaba en alto varias prendas recién lavadas, planchadas y con perfume a jabón floral, evitando rozarlas en las calles de tierra. Con sus dos brazos como perchero, corría a entregarlas a ese lugar cuasi prohibido, especialmente para los niños, mirado con disimulo por los vecinos. Es la imagen que le quedó grabada a fuego y que con detalles, a sus 85 años, le cuenta a El Tribuno.
La ropa impecable que llevaba era para las "mujeres de la vida", aquellas que ejercían por entonces el oficio más antiguo en Tartagal como en cualquier lugar del mundo.
Vestidos de fuertes colores, con brillos, gasas, encajes y terciopelo eran los que cada tarde Marino salía a distribuir. Su mamá tenía el oficio de lavandera y, entre tanta ropa que recibía, estaba la de las chicas del cabaret, que funcionaba en aquella casa rodeada de bananales y cuyo fondo era colindante con el club Old Boys. Dos cuadras más abajo, en Belgrano al 600, estaba el tugurio que regenteaba doña Hortensia, una madame cuya pareja era uno de los músicos de la casa de citas.
Noches de cabaret
Como en todo cabaret, los músicos amenizaban esas noches con boleros, tangos, algo de blues y jazz hasta bien entrada la madrugada.
Según recuerda Marino, madame Hortensia era una mujer robusta que alojaba a las chicas en su propia casa, vivienda que a la noche se transformaba en el burdel más famoso de aquellos tiempos en la ciudad norteña. En las tardes calurosas salían a sentarse a la vereda para compartir unos mates y mirar pasar la vida. Algunas eran bolivianas -cruceñas, se decía- pero también de otras provincias. Seguramente muchas de ellas expulsadas por la pobreza, llegaron a una zona que muchos miraban con interés por las perspectivas que ofrecían el petróleo y el gas. Los más prejuiciosos decían que en realidad esas jóvenes llegaban en búsqueda de los "gringos" de la Standard Oil, que ya en aquellos tiempos ganaban fortunas comparadas con el común de la gente del pueblo.
Casi como de manual, Hortensia murió trágicamente víctima de los celos y el despecho de algún amante. El cabaret sobrevivió en otro local, ubicado en la misma cuadra y en manos de otra regenteadora, Constanza, a quien le siguió doña Sara, hasta que finalmente desapareció, al menos de esa cuadra, en la década del 60. Fue reemplazado por otros burdeles cuyas dueñas tomaban la precaución de alejarse del centro intentando mantener una condición de anonimato y menos expuesta a las miradas indiscretas.

Recuerdos y testimonios
Son muchos los recuerdos que Marino Justiniano atesora, entre ellos fotografías en blanco y negro de sus padres y de su abuela Rosa cuando lo acunaba en sus brazos. Las historias de su infancia pasan por el pueblo de casitas de madera, calles de tierra y de acequias que serpenteaban con aguas del río Tartagal. Justiniano muestra una foto chiquita de un baldío donde, años más tarde, el intendente Aníbal Nazar levantaría el mercado municipal. Recuerda la epidemia de viruela que asoló al pueblo alrededor de 1945: "A los enfermos se los atendía en la diagonal (República de Siria); allí se colocaron las carpas y los tenían aislados. Yo era chango, pero tengo muy presente que uno de mis tíos murió de esa enfermedad. Mi amigo Justino Flores, que hasta grande trabajó conmigo, se salvó, pero le quedó toda la cara picada. En esa epidemia ya no había dónde poner los cuerpos porque no alcanzaban las ataúdes".

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Un viaje de tres meses
Marino hizo la primaria en la escuela Coronel Vicente de Uriburu y no olvida a su maestra, Camila Akim.
Su abuela materna era Rosa Vargas Camargo, de Santa Cruz de la Sierra, y su abuelo era de San Luis, don Nepomuceno Amaya. Sumando recuerdos, Marino dice que su abuelo vivió durante su juventud en Río Negro, "pero no faltó quien lo tentara de venirse al norte. Nepomuceno agarró a su familia, la cargó en una carreta tirada por bueyes y emprendió su travesía hacia este extremo del país. Tres meses le tomó llegar hasta San Victoria Este. ¿Escuchó nombrar el paraje La Puntana?" pregunta y ofrece una explicación simple, pero tan valiosa para reconstruir la historia de los pueblos que hacen revalorizar estos testimonios, sin los cuales todo se perdería en el olvido.
"La hermana de mi abuelo también era de San Luis y cuando llegó al Chaco salteño puso una "sapeada'', un lugar donde la gente iba a jugar al truco y tomarse un vino. Con el tiempo la gente comenzó a convocarse a la casa de La Puntana y así le quedó el nombre a ese lugar".
Del lado paterno, que eran bolivianos, recuerda que el abuelo "Zoilo Justiniano vino huyendo de la guerra del Chaco y llegó a Tartagal el 17 de octubre de 1923 con un paisano, Mamerto Vaca. La esquina donde está ahora la agencia de El Tribuno era una panadería de un viejito de apellido Puga. Al frente, donde está la comisaría 42, había un baldío grande y por España casi Cornejo vivía la señora Sanmillán, partera del hospital".
Así, Marino rescata historias y vivencias del ayer de Tartagal que se anima a compartir para que la palabra escrita las proteja del olvido.

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Sección Editorial

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Juan j
Juan j · Hace 11 meses

Grande Marino tu historia tu sabiduria liberan tu mente sigue contando ese lado oscuro de Tu historia. Saludo y buen fin de año.


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